Es posible que nuestros días estén llenos de incertidumbre, pero tenemos una cosa clara: la literatura tiene esa capacidad mágica de hacernos vivir. Vivir mil vidas y mil aventuras sin movernos del sofá de casa o de nuestra cafetería favorita del barrio, por ejemplo. Podemos enamorarnos, perdernos, encontrarnos y volver a empezar tantas veces como páginas tenga un libro. Por eso, continúan siendo uno de los refugios más poderosos cuando buscamos emoción y belleza en lo cotidiano.

Dentro del panorama nacional actual, hay autoras que han sabido conectar con nuestra parte más humana; con esa sensibilidad que nos sobrecoge siempre, creando historias que se leen desde el corazón. Andrea Longarela es una de ellas. Con una voz cercana y honesta, ha logrado construir un universo propio con títulos tan reconocidos como ‘Te espero en el fin del mundo’ o ‘Cuando despierten las flores'.

Ahora, la escritora vallisoletana regresa con una nueva novela, ‘Todas las historias llevan tu nombre’ (Ed. Crossbooks), que llegará a las librerías el 13 de mayo. Así que, como intuimos que has entrado a este artículo porque eres una fiel lectora de todo lo que escribe Andrea Longarela –hasta de su lista de la compra–, tenemos una sorpresa: puedes empezar a leer su novedad en exclusiva. Sólo tienes que registrarte en nuestra web a través del formulario que podrás encontrar en esta misma página.

La vida de Lucy Dallas, la protagonista de ‘Todas las historias llevan tu nombre’, gira en torno a esos veranos perfectos en Mendocino, donde todo parece eterno hasta que una pérdida lo cambia todo. En medio del dolor, la llegada de Noah rompe las barreras de su mundo y devuelve el movimiento a una familia detenida en el tiempo. Entre recuerdos, ausencia y nuevas emociones, el amor encuentra la forma de permanecer incluso cuando todo lo demás se transforma.

Crossbooks 'Todas las historias llevan tu nombre', de Andrea Longarela

'Todas las historias llevan tu nombre', de Andrea Longarela

Crossbooks 'Todas las historias llevan tu nombre', de Andrea Longarela

Si tú también crees en esos libros que te hacen sentir y se quedan contigo incluso después de haberlo cerrado, nos puedes perderte este adelanto que hemos conseguido exclusivamente para ti. Sigue leyendo y déjate llevar: puede que esta historia también acabe llevando tu nombre.

HOY

San Francisco, California (2011)

–Lo quieres.

–Sí.

–¿Desde cuándo?

–Desde ayer. Desde siempre. Ni siquiera lo sé.

–¿Por qué no me lo dijiste entonces?

–Porque pensaba que tú también lo querías.

–Todos lo hacíamos, ¿no?

–Y después lo abandonamos. ¿En qué clase de personas nos convierte esto?

AYER. Los primeros recuerdos

Mendocino, California (1999)

Lucy

Todo empezó cuando escribí tu nombre en una hoja en blanco. No tenía una historia. No tenía una razón. Pero tu nombre estaba ahí en tinta negra, mirándome, desde el centro de todos mis cuentos por escribir.

Lucy

Los veranos de mi infancia huelen a uvas y mar. A hierba y sol. Al jabón con el que Marcela lavaba la ropa y la tendía en la trasera, y a los cigarrillos mentolados que Tris fumaba a escondidas.

Si cierro los ojos, puedo viajar hasta allí. Mendocino se muestra ante mí: sus acantilados, su verdor único, sus árboles milenarios. Siento la brisa en la cara, suave y húmeda, y el corazón se me expande. Es lo que sucede cuando un lugar se convierte en hogar. Puedes viajar muy lejos, pero la piel siempre se erizará ante los recuerdos.

Del mismo modo que se erizó la primera vez que lo vi.

Tenía trece años cuando Noah apareció en nuestras vidas. Estaba colgada de la rama de un roble. Piernas enredadas y torso bocabajo. Sangre en la cabeza. Niña murciélago. Sentía que las pecas se me desparramaban, se caían de mis mejillas hacia mi frente. Constelaciones perdidas.

Aproveché para observarlo desde mi posición. Zapatillas sucias. Vaqueros rotos. Camiseta gris. Pelo un poco largo. Boca trazada con pincel duro. Ojos esquivos. Había algo en él que invitaba a alejarse. Y, sin embargo, también vi lo demás. Fuera lo que fuera, vi la coraza, la vulnerabilidad que ocultaba bajo aquella mirada perdida. Quise acercarme.

Él tardó un poco más en verme.

Atravesaba el sendero hacia nuestra casa. La propiedad vacacional de los Dallas, mi familia, era una edificación de estilo victoriano de mediados del siglo xix, de fachada blanca a los pies de un bosque de secuoyas y bordeada en su parte trasera por un acantilado. El océano Pacífico nos daba los buenos días cada amanecer, un paraíso de ensueño, pero no un lugar para alguien como Noah.

–Hola.

Dio un brinco y alzó el rostro hacia mí.

No puedo saber qué vio él. Una niña, eso seguro. Una niña de peto vaquero, pies descalzos y pelo largo en cascada cuyas puntas le hubieran rozado la cabeza de haber seguido caminando. Una preadolescente que no quería crecer. Aún no.

–¿Quién eres? –me preguntó.

Su voz era áspera y suave al mismo tiempo. La primera contradicción de todas.

–No, aquí la pregunta es: ¿quién eres tú?

Curvó los labios y se metió las manos en los bolsillos. De los míos salían flores.

–Soy Noah.

Noah. Sólo Noah. Siempre fue sólo Noah, como si sus orígenes no importaran. Como si no llevara encima nada más que a sí mismo. Yo era Lucy Dallas. Dallas. Dallas. Dallas. Todo el mundo lo sabía. Nunca sería Lucy a secas. Era imposible.

–¿Y qué buscas en mi casa, Noah?

–Busco a Samuel.

Samuel era mi hermano mayor. Tenía diecisiete años, un cociente intelectual de 120 y un caparazón duro de tortuga en el que se escondía del mundo. Nunca nadie venía buscando a Samuel. A Tris, siempre. A mí, alguna vez. A Max habrían venido a buscarlo de seguir vivo. Pero ¿a Samuel? No, nadie buscaba nunca a Samuel.

Me di impulso para agarrarme a la rama y colocarme encima. El mundo volvía a estar en su posición correcta. Desde allí arriba, parecía otro. Más grande. Más complejo. Noah, desde abajo, me miraba con una sonrisa traviesa.

–Y, bueno, ¿vas a decirme dónde encontrarlo, monito?

–No soy un monito. Soy una chica murciélago. Él se encogió de hombros.

–No sé mucho de animales. Tampoco me has dicho tu nombre para poder dirigirme a ti.

Me aparté el pelo revuelto de la cara y le señalé la construcción abandonada que se distinguía al otro lado del sendero.

–Estará en el invernadero. Últimamente siempre está allí.

Noah asintió y lo vi marchar. Las hierbas altas le llegaban por los muslos según atravesaba el prado. Las flores le rozaban la tela vaquera. Me gustó que alargara la mano y las acariciara a cada paso, los dedos saludando a las florecillas amarillas que abundaban en la zona, llevándose el olor de mi casa en las yemas.

–¡Eh! –le grité. Noah se giró. El sol le daba en la cara y la brisa le desordenaba el cabello–. Lucy. Me llamo Lucy.

"Lucy", leí en sus labios, aunque no lo oí.

Los recuerdos

Nadie en la familia Dallas olvidaría aquel verano.

Susan no lo haría, porque sonreiría por primera vez desde que Max murió.

Frederick, porque vería en su primogénito algo que lo enorgullecería y no sólo carencias.

Tris, porque conocería a alguien que la respetaría por ser quien era.

Samuel, porque no se sentiría sólo.

Lucy, porque, despidiéndose de la inocencia de niña que ya no regresaría, se daría cuenta de que su vida nunca volvería a ser la misma.

Con los años, admitirían que el causante de todos aquellos recuerdos fue Noah.

Lucy

La nostalgia es un sentimiento extraño. Es dulce, pero duele. Como una indigestión de caramelos. Cuando pienso en aquellos veranos lo hago con un nudo en la garganta y el corazón caliente. Los veranos de la infancia siempre deberían ser un tesoro salvaguardado.

–¡Tris! ¡Tris! ¿Dónde estás?

Entré en la casa y subí de una carrera las escaleras. La moqueta rojiza me hacía cosquillas en los pies. Me choqué con el cuerpo de mi hermana en el pasillo del primer piso.

–¿Lo has visto?

–¿A quién? –le pregunté confusa.

–Al chico nuevo. Al amigo de Sam.

Alcé el rostro y me encontré con el de Tris. Ojos azules. Melena con flequillo. Paletas ligeramente separadas. Le brillaba la mirada como cuando tenía una cita.

–¿A Noah?

Me cogió de la mano y me metió en su cuarto. Olía a incienso y a uno de los perfumes caros de mamá que no le de-jaba usar. Se apoyó en el tocador y se pintó los labios de color rosa claro.

–¿Cómo sabes su nombre?

–Me lo ha dicho. Me lo crucé buscando a Samuel y lo mandé al invernadero. ¿Qué pasa con él?

Tris se rio.

–No pasa nada, Lucy.

Tris era once meses menor que Samuel, aunque parecía haber vivido mil vidas. A sus dieciséis años, no tenía ni idea de lo que quería pero actuaba como si lo supiera todo. Rostro angelical, alma inquieta y una mirada de cine. Una Jane Birkin de los noventa. Era espigada como esas modelos de la época que causaban furor, aunque no de un modo lánguido. Tris rezumaba fuerza. Tris era un volcán.

Salimos juntas por la puerta trasera y caminamos hacia el invernadero. Mis padres nunca se habían molestado en arreglar aquella parte de la finca. Decían que no merecía la pena ocuparse de ello cuando sólo pasábamos allí la temporada estival. Una excusa como cualquier otra, teniendo en cuenta que nunca dudaban en contratar a trabajadores para lo que fuese. A nosotros nos parecía bien, porque era un modo de cedernos aquella construcción acristalada y no habíamos tardado en hacerla nuestra.

Su base era rectangular, aunque las paredes acababan redondeándose en la parte superior, formando una bóveda de arcos. Sobre la puerta había vidrieras de colores que hacían de la luz de su interior un espectáculo iridiscente cuando caía el sol. La vegetación que aún crecía libre entre sus muros se agarraba a la fachada, enroscada como si aquel lugar le perteneciera y nosotros fuéramos los forasteros. A Tris eso le gustaba, decía que era una muestra de que los Dallas nunca podrían ser los dueños de todo, por mucho que mi padre lo comprara. Quizá, una metáfora de cómo se sentía ella misma. Abrimos la puerta con cuidado y nos colamos dentro. El olor a naturaleza encerrada me embargó. Las flores rojas de la esquina habían abierto sus pétalos. Había un pájaro apoyado en el agujero del lado izquierdo, un cristal roto por un balón que Max había lanzado mientras jugaba conmigo hacía dos veranos. Samuel y Noah estaban sentados al fondo sobre tocones de madera.

–Eh.

Ambos alzaron el rostro ante la voz de Tris. Yo la seguí, pegada a su espalda, escondida bajo la sombra de su perenne encanto. Noah se levantó y le tendió la mano.

–Noah.

–Beatrice Dallas, pero todos me llaman Tris.

Estrecharon las manos y observé el gesto. Sus dedos unidos. La palidez de mi hermana y el tono un poco más dorado de Noah. Samuel, detrás de su nuevo amigo, fruncía los labios. Tenía un libro en el regazo y las gafas deslizadas hasta la punta de la nariz. Su pelo rubio —sólo él había sacado ese tono casi irreal de mi madre— destacaba entre la penumbra que, al atardecer, daba un ambiente inquietante al invernadero.

–A Lucy creo que ya la conoces –dijo Tris. Noah sonrió al mirarme.

Quise escalar por las vigas, como el monito que él creía que era, y colgarme de las enredaderas. Verlos a los tres desde arriba. Ser testigo mudo de aquel primer encuentro que intuía determinante. Sin embargo, me escondí tras el cuerpo de mi hermana y esperé.

–¿A qué habéis venido, Tris? –Samuel rompió el hielo–. Estábamos ocupados.

Samuel a menudo se escondía allí para estudiar, pero siempre lo hacía sólo. Aquello parecía otra cosa. Aquello olía a secretos. Tris dio un paso hacia ellos y mi hermano cerró el libro con firmeza; entre sus páginas, sobresalía una hoja.

–¿Eres un bicho raro como Sam? –preguntó ella.

Noah volvió a sentarse, ladeó el rostro y entrelazó las manos en su regazo.

–Todos somos bichos raros, Beatrice Dallas.

Ella puso los ojos en blanco, pero yo me reí. No era muy habitual ver a un chico usando la ironía con mi hermana. Normalmente, cuando dejaban de balbucear, se mostraban directos. Enseguida le dejaban claro lo que querían y ella se lo daba. Tris era una chica fácil. O eso creía la gente. En realidad, no tenían ni idea. No existía nadie más complejo que Beatrice Dallas. Más inaccesible. Quien crea que por colarse entre las piernas de alguien lo hace más suyo es rematadamente imbécil. Tris se acostaba con mucha gente, pero dormía sola. Nadie lograba nunca velar sus sueños.

Antes de que Noah apareciera en nuestras vidas, ya sabíamos que aquel verano sería diferente. Nuestra familia había sido un bloque, un puzle de piezas insustituibles, pero de repente Max no estaba y todo había cambiado. Mamá ya no tarareaba durante el trayecto en coche a Mendocino cuando hacíamos las maletas para más de dos meses. Papá y ella ya no bailaban en el porche las noches de verano en las que no entrábamos en casa hasta la madrugada. Samuel se había convertido en el único hijo de los Dallas. Yo, de pronto, era la pequeña. Tris parecía que no sentía la muerte de nuestro hermano, vivía como si nada hubiera sucedido, lo que ya era un indicativo de que había ocurrido algo grande. Seguíamos siendo una familia a ojos de cualquiera y teníamos una relación buena, pero había fisuras. Descosidos invisibles en los costados de la prenda que formábamos y que, aunque ignorásemos, se sentían.

La pérdida de un ser querido no es sólo dura porque lo eches de menos, sino también porque el peso que deja su vacío es insoportable la mayor parte del tiempo. Te agota. Te aplasta. Te consume lentamente.

Yo a menudo me preguntaba cuánto más lo soportaríamos sin que nos destrozara del todo.

–¿Qué clase de bicho eres tú? –preguntó mi hermana con altanería.

Se cruzó de brazos y miró a Noah con suficiencia. En mi cabeza, Tris era una mantis orquídea. Samuel, una hormiga. Max siempre había sido un escarabajo rinoceronte. ¿Qué sería Noah? Los imaginé conversando transforma-dos en insectos y me mordí los labios para no romper a reír.

–Supongo que tendrás que descubrirlo.

Un reto. Noah se había convertido en un reto que Tris había aceptado con un sutil pestañeo.

Rodeó a los chicos y se subió de un salto a una de las estanterías metálicas que quedaban en pie. Le faltaban baldas, así que a menudo nos tumbábamos sobre la más baja una a cada extremo. Sacó la pitillera pegada con cinta adhesiva bajo el estante y se encendió un cigarrillo. Noah negó su ofrecimiento con un gesto sin dejar de mirarla.

Me pregunté qué sería Noah, qué clase de insecto podría haber sido en otra vida, y crucé los dedos a mi espalda por averiguarlo.

¿Y yo? Me sentía una oruga dormida, una pulga insignificante, un bicho sin forma ni nombre aún por descubrir.

Me alejé tan despacio que no se dieron cuenta. Regresé a la entrada del invernadero. Me arrodillé sobre los parterres abandonados. Metí las manos en la tierra húmeda y jugué a removerla. Sobre mi antebrazo, se posó una mariquita. La acaricié. Le presté mi dedo para desplazarla. La dejé sobre una hoja de dedalera.

Me sentía pequeña, incluso más que ella. Tal vez aún lo era. La mariquita batió las alas y sus puntos negros desaparecieron bajo mi mirada inquieta.

Noah

La primera vez que vio a los Dallas supo dos cosas:

  1. Quería ser parte de ellos.
  2. Nunca lo sería.

Tris

Noah fumaba. Tris lo supo en cuanto lo vio. No fue un olor ni el amarillo de unos dedos teñidos por la nicotina, era muy joven como para llevar marcado aquel vicio en su piel, fue otra cosa. Fue la certeza de que la había rechazado. Le había ofrecido un cigarro y él había dicho que no. Lo había dicho sólo con un gesto, sin palabras y mirándola a los ojos, dejando claro que la negativa englobaba mucho más que únicamente habían comprendido ellos dos.

"No".

Tris odiaba que le dijeran que no. No sabía si porque, aunque no siempre le gustara la carga de su apellido, era una Dallas y portaba en la sangre la incapacidad para darse por vencida, cualidad que había llevado a su padre a convertirse en quien era. Tal vez, simplemente, era una caprichosa acostumbrada a conseguirlo todo y, cuando eso no sucedía, el ego actuaba por ella. Quizá todo se resumiese en que le fascinaba ganar.

Por un motivo u otro, Noah le había dicho que no y Tris había sentido una sacudida.

Y, con la misma intensidad que Tris odiaba que le dijeran que no, se enganchaba a todo lo que lograba despertarla.

Lucy

Mis padres compraron la casa cuando yo tenía nueve años. Antes de aquel mes de julio soleado y perfecto, no guardo apenas recuerdos de las vacaciones. Han sido borrados, sepultados bajo la perfección de los que estaban por llegar.

El primer verano que pasamos allí lo vivimos con la intensidad de las primeras veces. Carreras en la playa. Salidas en bicicleta. Manos manchadas de jugo de melocotón. Noches sobre la hierba contando estrellas. La magia se respiraba bajo nuestras miradas ingenuas.

El segundo verano olía a crema solar y loción antimosquitos. Samuel se rompió un brazo. Tris usó sujetador por primera vez. A Max se le cayó un diente y lo perdimos en el bosque; lo sustituimos por un canto de la playa que colocamos bajo la almohada y que se convirtió en una pistola de agua. Inauguramos los atardeceres de obras de teatro y helados. Yo fui muy feliz.

El tercer verano Tris se enamoró y desenamoró de un vecino, Samuel empezó a construirse un caparazón con silencios y vacíos, y Max me enseñó a hablar con los árboles. Fue un verano bonito, aunque los mayores comenzaron a distanciarse; la adolescencia se instauró con fuerza en la villa y lo hizo con pequeños dramas cargados de hormonas y nuevas experiencias que ni Max ni yo entendíamos.

El cuarto verano Samuel se transformó en una tortuga, Tris se acostó con un chico –y después con otro, y con otro más– y Max murió.

El quinto verano regresamos a Mendocino sabiendo que nada volvería a ser lo mismo. La casa aún olía a mi hermano. En la arena de la playa buscábamos sus huellas. Marcela de-jaba su silla libre en la mesa. Oía a las secuoyas llorar al atardecer. Samuel se había convertido en un extraño que se pasaba el día dentro del invernadero. Tris vivía como si fuera el último día sobre la faz de la tierra, como si nada importara más que el instante exacto en el que se encontraba. Yo me sentía sola y únicamente hallaba consuelo subida en las ra-mas de los robles.

Ese verano también conocimos a Noah.

Lucy

Los veranos en Mendocino nunca eran iguales y, aun así, durante ellos nos mecíamos en una rutina plácida.

Para nosotros, acostumbrados a las estrictas normas de los colegios privados de San Francisco, aquella casa era sinónimo de libertad. La única responsabilidad que teníamos era dedicar una hora diaria a algo constructivo. Esas habían sido las palabras de mi padre y no había necesitado explicarnos más. A Frederick Dallas le gustaba que sus hijos desarrollaran su pensamiento crítico dejándoles a menudo la toma de decisiones; al menos, en lo que, en realidad, no importaba. En otras cuestiones nadie osaba desobedecer a mi padre. Nos movíamos entre un autoritarismo disimulado y una educación reflexiva en la que se nos dejaba hacer preguntas, investigar y equivocarnos. Tris solía decir que durante el curso escolar mi padre era un comandante del ejército y en Mendocino, un jubilado.

Yo madrugaba cada día; odiaba perder el tiempo. En cuanto oía a Marcela trastear en la cocina, bajaba descalza y la ayudaba con el desayuno. Me gustaba verla pelar la fruta, el olor de la naranja chispeándome en la nariz, sus dedos rollizos morados por los frutos rojos. Me sentaba en la isleta, con las piernas colgando, y picoteaba como un pajarito. Ella silbaba y sonreía. Silbaba, me guiñaba un ojo y sonreía. Adoraba a la señora García, aunque hacía mucho que ya nadie la llamaba así. Marcela tenía cuarenta y cinco años, dos hijos en Colombia y un marido del que nunca pronunciaba su nombre por si, como en una maldición, se le aparecía. Me dejaba caramelos sobre la almohada antes de acostarme y me hacía trenzas de espiga al caer la tarde.

Cuando los demás se levantaban, la mesa estaba puesta, el zumo recién hecho brillaba bajo el sol que se colaba por las ventanas abiertas y yo ya me había comido dos bollos de leche.

Tris siempre era la última en bajar. Lo hacía con marcas de las sábanas en las mejillas, pero perfectamente vestida y peinada. El pijama sólo era para dormir; otra de las normas implícitas de los Dallas que todos habíamos interiorizado sin darnos cuenta. Papá levantaba el rostro y le sonreía. Sus sonrisas eran diferentes cuando se trataba de Tris. Mamá decía que todos éramos iguales, pero eso es mentira. Los padres nunca se comportan igual con sus hijos, y entre mi padre y Tris había un vínculo especial que ni su evidente rebeldía debilitaba.

Samuel era el primero en retirarse. Cogía sus libros y se iba al invernadero o, simplemente, desaparecía en dirección a los acantilados. A veces, subida a un árbol, lo veía pasear por la playa, ajeno a todo. Samuel estudiaba, leía y acompañaba a papá a los viñedos. Sus responsabilidades estaban más que cubiertas. Yo, en cuanto acababa de desayunar, me sentaba con mis tareas escolares. Si terminaba a tiempo –las tenía perfectamente programadas para que me durasen todo el verano–, sacaba una de mis libretas y escribía. Escribir me gustaba. La capacidad de dar forma a una historia que sólo estaba en mi cabeza. En muchas de ellas hablaba de mis hermanos; sobre todo, de Max. En otras sólo eran mundos inventados. Bosques de secuoyas parlantes que luchaban por la libertad de un reino. Ejércitos de cangrejos que dominaban la playa. Príncipes presos por princesas malvadas. Cuentos que después Samuel adaptaba para que pudiéramos escenificarlos. La hora se me pasaba rápido. Max solía elegir puzles. Ni siquiera Tris se saltaba aquella regla y, aunque en ocasiones acababa haciéndolo cuando la luna ya iluminaba el cielo, siempre cumplía. Cosía, practicaba yoga en el jardín o recitaba poesía. Algunas noches, tocaba la guitarra. Era la única de la familia que tenía oído musical.

Todos, a nuestra manera, encontrábamos un equilibrio entre lo que éramos y lo que mis padres consideraban que debíamos ser, aunque lo hiciéramos a través de elecciones propias que nos iban definiendo y que le decían a mi padre quiénes, pese a sus intenciones, podríamos acabar siendo.

El resto del tiempo era nuestro. Eterno. Elástico. Moldeable. Dale a un niño todo un verano y hará de él un mundo. En aquella casa no había horarios. No explícitos, aunque nunca nadie faltaba a la cena. No había restricciones de distancia, aunque ninguno de nosotros se alejaba más de un par de kilómetros de la finca. No había prohibiciones, aunque sabíamos lo que suponía un veto, una falta, algo imperdonable. Mi padre había asentado tan bien las bases de nuestra educación, los valores por los que se regía nuestra familia, que todos los conocíamos sin leyes escritas.

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