Existen libros que se convierten en una especie de punto de partida, en un lugar al que regresar cuando queremos recordar por qué comenzamos a leer, a emocionarnos con mundos ficticios o a creer en ciertos personajes como si fueran reales, de carne y hueso. De hecho, redescubrir esos inicios también es una forma de entender todo lo que ha venido después, tanto en la vida de los escritores como en la nuestra propia.

En este sentido, ‘Un amigo gratis’ (ed. Planeta) es una de esas historias que funcionan como una puerta de entrada a todo un gran universo literario. Publicada hace siete años, fue la novela con la que Inma Rubiales dio a conocer su voz como autora. Desde entonces, y con miles de lectoras, se ha convertido en uno de los rostros más reconocidos de la literatura romántica nacional. Y todo ello, con una pluma destacada: cercana, emocional y capaz de conectar con debates que conforman nuestro día a día. Esto explica, además, que fuer ganadora de nuestro COSMOPOLITAN Influencer Award de literatura en 2025.

El próximo 13 de mayo, la escritora extremeña vuelve a las librerías con ‘Un amigo gratis’; vuelve, sí, pero lo hace editando, cambiando y actualizando detalles de la historia y añadiendo escenas que completan el camino de Eleanor y Nash, sus protagonistas. Como sabemos que esta parte más novedosa te tiene intrigada, tenemos un regalo para ti: ya puedes leer los primeros capítulos antes que nadie. Sólo tienes que registrarte en nuestra web a través del formulario que encontrarás en esta página y accederás directamente a este adelanto.

Conozcas o no a Eleanor y Nash, te refrescamos la memoria. Él es un chico reservado que no se siente cómodo en el instituto y al que su propia presencia le resulta difícil de gestionar. Sin embargo, su vida da un giro cuando aparece Eleanor, una joven optimista que le ayuda a ver las cosas de otra manera, aunque los dos arrastran sus propias heridas.

Editorial Planeta 'Un amigo gratis', de Inma Rubiales

'Un amigo gratis', de Inma Rubiales

Hoy, volver a esta historia no es sólo un gesto de nostalgia, sino también una oportunidad de redescubrir el origen de una autora que, desde entonces, no ha dejado de crecer y de sumar historias que han acompañado a toda una generación de lectoras. ¿Estás preparada para revivir el inicio de todo?

Cuentos para Sidney. Conocerla.

Conocer a Eleonor fue como accionar un sistema de autodestrucción en mi cabeza; ya sabes, como los que aparecen en las películas, conectados a dispositivos móviles, y se activan unos segundos después de que el mensaje secreto se haya desvelado.

La cuenta atrás comenzó de forma repentina. Dicen que el amor llega cuando menos te lo esperas. Lo curioso es que a veces llega y tú tardas en darte cuenta. Un día la miré y todo había cambiado. Pensé que me gustaban sus ojos. A ella le parecían comunes, pues eran grandes y marrones, pero yo podría reconocerlos en cualquier parte. Brillaban, porque así era Eleonor. Emitía luz siempre, sobre todo cuando sonreía, cosa que hacía a todas horas, como si supiera que había venido al mundo para iluminarlo.

Diez, nueve, ocho, siete, seis, cinco, cuatro... Lo que yo sentía creció y creció y, cuando quise darme cuenta, ya era demasiado tarde.

Pensaba en los últimos meses y se resumían en Eleonor y yo. Eleonor, con sus bromas; yo, con mi timidez. Eleonor, con su sonrisa; yo, con mis silencios. Eleonor, con sus miradas comprensivas, reparadoras. Eleonor, intentando ayudarme; yo, dejándome ayudar. Eleonor, abriéndose conmigo; yo, entendiendo que no era el único que sufría. Eleonor y yo, acompañándonos.

A pesar de todo, contra todo. Siempre.

Tres, dos, uno. La bomba estalló.

Perdí cualquier oportunidad de protegerme. Ya no podía echarme atrás, intentar alejarme, huir para no volver a verla nunca. Era demasiado tarde porque ya me había enamorado.

Descubrí que a veces el amor es como una bomba, una explosión. Y todas las bombas destruyen.

Sólo esperaba que esta fuera distinta.

Había muchas cosas que Nash Anderson odiaba de sí mismo. Las que encabezaban la lista eran su estatura, su timidez y su incapacidad para soltar respuestas ingeniosas. Con las dos primeras se sentía como el pescadillo que se muerde la cola; a Nash le gustaba pasar desapercibido, pero era un adolescente alto y desgarbado, todo huesos y articulaciones, que medía quince centímetros más que sus compañeros de clase y pesaba lo mismo que ellos. Iba siempre con la cabeza gacha, sumido en sus libros, como si eso pudiera volverlo invisible. Nunca funcionaba. Era problema de su altura, claro. A veces desearía medir medio metro menos. Quizá así le sería más fácil huir de los problemas.

Porque, cuando estos llegaban –cosa que ocurría a menudo–, Nash nunca sabía qué decir. Le sudaban las manos. Se le bloqueaba el cerebro. Se quedaba en blanco, como un lienzo listo para ser empapado con pintura.

Capítulo 1

–¿Quién es? –pregunté.

Olivia se apartó el pelo, decolorado y blanco como la nieve, de la cara antes de bajar la vista a su cuaderno y leer en voz alta el nombre del chico.

–Nash Anderson. Diecisiete años. Su mejor amigo le recomendó venir. Probablemente se aburra pronto y deje de asistir a las reuniones, así que tampoco le pongas mucho empeño.

–¿Nash qué?

–Anderson –repitió–. Nash Anderson. –Al ver mi cara de confusión, agregó–: Es normal que no te suene. No estaba en la lista que te di ayer, lo siento. Se me pasó añadirlo.

Continuó tachando y haciendo anotaciones en el listado de nombres y números de teléfono que había en su libreta. Se la veía agobiada, como a casi todos los voluntarios. El estrés iba de la mano de nuestra asociación.

Se me había ocurrido fundar Un Amigo Gratis a principios del año pasado, cuando me percaté de que había un gran problema de soledad entre los alumnos del instituto. Siempre que caminaba por los pasillos, me sentía rodeada de gente triste. La adolescencia es una etapa complicada. Uno se siente incomprendido. Pensé que quizá sólo necesitaban una mano amiga, alguien que los hiciera sonreír. Le conté mi idea sobre la asociación –que por ese entonces aún no tenía nombre– al orientador del instituto y le gustó tanto que se comprometió a ayudarme. Creyó que era una buena manera de fomentar el compañerismo entre los estudiantes. Habló en persona con la directora para que nos cediera una de las aulas libres y poder convertirla en nuestro centro de operaciones.

Todo fue increíblemente bien durante los primeros meses. Había decenas de voluntarios, algunos llenos de curiosidad por saber más sobre Un Amigo Gratis y otros decididos a entregarse por completo a la causa. El número de socios –Olivia y yo decidimos llamarlos así para tener un nombre con el que referirnos a ellos– aumentaba cada vez más.

Los voluntarios, también apodados "amigos gratis", se comprometían a reunirse una o dos veces por semana con sus socios para hablar con ellos, aconsejarles –siempre desde el punto de vista de un amigo; ninguno de nosotros era psicólogo– y hacerles pasar un buen rato. Olivia se había encargado de hacer las primeras listas de asignación, tarea que mantenía en la actualidad. De no ser por ella, todo sería un caos.

Pese a que yo, como fundadora, también tenía mucha carga de trabajo, nunca me quejé. Me gustaba saber que podía ayudar a la gente. Los voluntarios quedábamos con nuestros socios todas las semanas y teníamos la oportunidad de conocerlos mejor y formar vínculos que podían volverse duraderos.

Sin embargo, lo bueno había durado poco.

Con el inicio del nuevo curso, todo había empezado a torcerse. Muchos de los voluntarios se fueron a la universidad, otros comenzaron su último año de instituto y prefirieron dedicarse sólo a estudiar, y el resto decidió invertir su tiempo en hacer cosas más interesantes que participar en Un Amigo Gratis. Como consecuencia, habíamos tenido que ajustar nuestras agendas y rogar a los pocos voluntarios que quedaban que le dedicasen más horas a la asociación.

Al final, habíamos conseguido salir a flote con mucho esfuerzo. Sin embargo, si seguíamos tan escasos de personal, íbamos a hundirnos dentro de poco.

–El chico es algo raro –mencionó Olivia–. Siempre que lo veo en el instituto, está sólo. Creo que es un poquito asocial.

–A lo mejor sólo es tímido y le cuesta hacer amigos.

–Todo lo contrario a Jayden.

–Olivia, para.

–Pero si no he dicho nada...

–Deja al pobre chico en paz.

Ella soltó una risita, encantada como siempre de que me diera tanta vergüenza hablar sobre ese tema. Nos detuvimos frente a la puerta de la cafetería y me apoyé en la pared. Estábamos esperando al chico más impuntual del mundo: nuestro amigo Scott.

–Todo sería más sencillo si para ti tan sólo fuera "un pobre chico" –canturreó Olivia, que no se rendía con facilidad–. Estás coladita por él.

–Eres insoportable.

–En el fondo me adoras. Y me necesitas. Si yo no estuviera, ¿quién iba a obligarte a hablar con Jayden?

–Nadie. Te recuerdo que tiene novia.

–¿Y qué? Las parejas se separan. –Se encogió de hombros. Era tan políticamente incorrecta que solía bromear con que, si la metiesen en un 'reality', el público la cancelaría en el primer programa–. De todas formas, ya sabes que se rumorea que Grace y él han roto. Es tu oportunidad.

–¿Podemos no hablarlo aquí? Por favor.

Jayden me gustaba mucho, pero había un inconveniente: Grace. Era una de las socias a las yo que acompañaba en la asociación. Sabía de primera mano lo mal que lo estaba pasando con otros problemas que tenía en su vida, y sí, también había oído los rumores de la ruptura. Si de verdad habían roto, yo tendría que estar ahí para apoyarla. ¿Cómo iba a pensar en su ex de esa manera? Se suponía que éramos amigas.

A Olivia no le caía bien, de ahí que insistiera en el tema de Jayden. Decía que Grace se aprovechaba demasiado de mí y de mi buena voluntad. Quizá tuviera razón.

Olivia y yo éramos muy diferentes, por eso éramos mejores amigas. Todo lo que no tenía una sí lo tenía la otra. Olivia era atrevida. Atrevida de verdad; aunque yo también me consideraba una persona sociable, me desenvolvía bien con gente nueva y me gustaba hacer amigos, a menudo me ganaban las inseguridades. La confianza que Olivia tenía en sí misma no era fingida. Amaba llamar la atención. Si había que lanzarse, ella lo hacía sin paracaídas, ajena al miedo. Nunca se la veía titubear. Scott y yo le proporcionábamos un lugar donde poder relajarse y respirar. Ella, a cambio, nos animaba a dar un paso adelante cuando los miedos amenazaban con ganar la partida.

El ejemplo perfecto fue cuando tuvimos que preparar los carteles con los que empapelaríamos el instituto para anunciar la asociación. Una de nosotras iba a convertirse en la cara visible del proyecto y yo había decidido que tenía que ser Olivia. A mí mi pelo rubio y mis ojos marrones me hacían mona, pero ella, con sus ojos azules, su 'eyeliner' marcadísimo y su melena decolorada, llamaba muchísimo más la atención. Diseñé los carteles y se los mandé al orientador. En cuanto Olivia vio el correo en nuestra bandeja de mensajes, lo llamó, le dijo que borrara el archivo, vino a buscarme y me soltó una reprimenda que duró veinte minutos enteros. "Tienes que perderle el miedo a que te vean –me dijo–. Aplícate los consejos que le das al resto. Eres la fundadora. Si alguien va a aparecer en el cartel, esa eres tú".

Por eso la quería tanto. Porque me conocía bien. Porque nos ayudábamos la una a la otra. Porque todo el mundo debería tener la suerte de contar con una amiga como ella.

Incluso aunque a veces le encantara tocarme las narices.

–Sí, mejor que nos callemos, porque viene hacia aquí.

Así de rápido, el corazón se me aceleró.

Seguí su mirada hacia el pasillo. Jayden charlaba animadamente con Carl y Eric, sus mejores amigos, y estaban caminando en nuestra dirección. Carl tenía una lata de refresco en la mano. Estaba claro que en realidad no se dirigían hacia nosotras, sino a la cafetería. Olivia y yo sólo estábamos en medio. Aun así, cuadré los hombros, me giré nerviosa hacia mi amiga y me concentré en tratar de actuar con normalidad y, sobre todo, en no mirar más a Jayden. Era el novio, o el exnovio, de Grace. Ni siquiera sabía que yo existía y eso tenía que seguir así. Por el bien de todos.

Sin embargo, mi plan se fue al traste cuando Carl se paró delante de nosotras con su flequillo castaño caótico y una sonrisa amable para saludar a Olivia, ya que iban juntos a clase y solían intercambiarse los apuntes. Pronunció un "Hola, ¿qué tal?" o un "Hola, Olivia, ¿qué tal?" o algo similar en lo que no me molesté en fijarme porque me escupió.

Carl me escupió.

Sin querer, me escupió en la cara.

Y todo el mundo pudo verlo con claridad. Jayden y

Eric se taparon la boca con el puño para no reírse. Mientras tanto, mi mirada seguía fija en su amigo, que se disculpó atropelladamente. Parecía muy avergonzado.

Pues éramos dos.

Quería meterme bajo tierra. Hundirme y desaparecer.

Me limpié la mejilla a toda prisa y noté mojada la mano. Qué asco.

–Mierda, lo siento –estaba diciendo Carl–. No pretendía...

–Tengo que irme –balbuceé. Solía ser muy habladora, pero Jayden me ponía tan nerviosa que nunca me salían las palabras delante de él. Giré sobre los talones tan rápido que olvidé que estábamos en la entrada de la cafetería.

Choqué contra uno de los alumnos que salían. Uno que llevaba un bocadillo. De pronto una mancha de salsa de tomate se abrió paso por mi camiseta.

–Mira por dónde vas –me espetó el chico mientras retrocedía pasmada.

–Ten tú más cuidado –oí que le respondía Olivia, pero yo ya me estaba alejando por el pasillo.

La vergüenza me sacudía por dentro. No podía pensar en nada más que en irme de allí y esconderme en alguna parte. ¿Cómo podía haber tenido tan mala suerte? Sólo quería pasar desapercibida delante de Jayden y había terminado haciendo el ridículo de mi vida.

–Eleonor. –Olivia me seguía.

–Tengo que limpiarme. –Mi camiseta estaba arruinada. Y ese tal Carl acababa de ducharme delante del tío por el que yo llevaba años colada.

–Entra en el baño. Te espero aquí fuera.

El lavabo de chicas tenía una cola enorme, así que Olivia y yo fuimos al de chicos. Abrió la puerta, me dijo que haría guardia, que me tranquilizara, que no había hecho el ridículo, que con el tiempo recordaría este momento y me reiría, y yo entré en el baño.

Ahí empezó todo.

La primera vez que Nash vio a Eleanor

Fue en el baño de chicos del instituto.

Concretamente, en el más cercano a la cafetería. Nash sabía que era mejor evitar ese lavabo; se usaba más que los demás, pero se limpiaba con la misma frecuencia, por lo que siempre estaba hecho un asco. Además, al estar en una zona tan concurrida, corría el riesgo de cruzarse con gente que prefería no ver. La única razón por la que decidió entrar ese día fue porque esa gente estaba al otro lado del pasillo.

Levantó la vista de su libro, los divisó a lo lejos y, sin pensar, pasó junto a la larga fila de chicas que esperaba frente a los baños de mujeres y se metió en el de los hombres. Había una estudiante con el pelo decolorado en la puerta que estaba distraída pidiéndole con señas a Scott Mason que se acercara y no vio pasar a Nash.

Al entrar, él cerró la puerta a su espalda. No se oía ruido; quizá tuviera suerte y el baño estuviera vacío. Tenía la esperanza de disfrutar de unos minutos de tranquilidad antes de que se retomaran las clases. Estaba muy enganchado al libro que llevaba y sólo le quedaban unos párrafos para terminar el capítulo. Cuando a Nash le gustaba una novela, devoraba las páginas sin pestañear.

Pero entonces giró la esquina, el muro que había frente a la puerta dejó de bloquearle la visión y se encontró con lo último con lo que un tipo como Nash Anderson espera encontrarse en los baños de hombres más utiliza dos –y estadísticamente sucios– del instituto.

Una mujer.

Una chica, de su edad. Pálida, rubia, más bajita que él –cosa que no era difícil–— y concentrada en la tarea de lavarse las manos con una fuerza que a Nash le pareció desproporcionada. Se quedó quieto, observándola. Ella tenía la cabeza echada hacia delante; el pelo largo le caía sobre la cara y le impedía ver nada. Por eso tardó unos segundos en percatarse de la presencia de Nash.

Cuando la chica levantó la vista por fin, él, en medio de su conmoción, pensó dos cosas: la primera fue que era muy guapa.

La segunda se le olvidó.

–¡Oh! –exclamó ella, como quien se reencuentra con un viejo amigo–. Hola.

Cerró el grifo, sacudió las manos, hizo tres respiraciones frente al espejo –Nash las contó: una, dos, tres– y encendió la máquina de aire para secarse. Luego se estiró la camiseta y Nash recordó la segunda cosa: no se estaba lavando las manos, sino quitándose una mancha de la ropa.

–Están todos libres –dijo la chica.

–¿Qué? –A Nash todavía le funcionaba la boca. El cerebro igual no tanto.

Ella lo miró confundida, aunque no dejaba de sonreír. Señaló los cubículos. Todos tenían la puerta abierta. Nash pensó que su sonrisa era claramente forzada.

–Están libres –repitió. Después pareció caer en lo absurdo de la situación–. Ah, claro, estás esperando a que me vaya, ¿verdad? Perdona. No habría entrado aquí si no...

–Estás en el baño de chicos –la interrumpió él.

–Sí, es lo que estaba diciendo. Lo siento, había mucha cola en el otro y era urgente.

–¿Seguro que puedes entrar aquí?

–Lo dudo. Pero lo tengo todo a mi favor: fuera no hay nada que señalice con claridad que es el baño masculino. Usaré ese argumento si alguien, es decir, tú, se chiva y me riñe algún profesor. –Ella recuperó la sonrisa; estaba tratando de bromear–. Espero que no lo hagas, por cierto. No he entrado aquí por gusto. Esto está asqueroso. Hay menos hombres que mujeres en el instituto y aun así tenemos la misma cantidad de baños. Vaya injusticia, ¿verdad? –La chica terminó de secarse las manos y se alisó la camiseta. Hizo una mueca–. Menudo asco. ¿Alguna vez alguien te ha tirado encima un bocadillo después de que otra persona te escupiera en la cara?

Nash no tenía claro si hubiera preferido no entrar en el baño.

–No –titubeó–, creo que no.

–Qué suerte. Mantén una distancia de seguridad con todo el mundo. Nunca se sabe. ¿Cómo voy a pasearme por todo el instituto así? La mancha sigue viéndose.

Nash Anderson quería ser escritor, pero, fuera del papel, era un chico de pocas palabras. No se debía sólo a su timidez, sino también a su baja autoestima; sí que creía que carecía del ingenio necesario para decir cosas con sentido sin tener que pensarlas mucho primero. Al menos, hasta que cogía confianza. Eso, descubriría Eleonor semanas después, no le restaba nada de su encanto.

Sin dudarlo ni un segundo, Nash agarró la sudadera que llevaba colgada de la mochila y se la tendió.

La chica se quedó muy sorprendida. Nash se dio cuenta de que tenía los ojos marrones y de que eso encajaba a la perfección con el resto de su cara. También de que antes ella no le estaba prestando demasiada atención. Ahora era como si lo viera por primera vez.

–¿Me la vas a prestar? –vaciló la chica.

–Para que puedas pasear tranquila.

–Pero no me conoces. ¿Y si nunca te la devuelvo?

–Me harías un favor. Es horrible.

Ella soltó una risotada. Nash sintió un chute de adrenalina. Había sido ingenioso, ¿verdad? Y no le había costado tanto.

–Tienes razón –concordó. Era la sudadera oficial del instituto y el diseño era feísimo–. Aunque prometo devolvértela. Gracias... –Leyó el nombre de la etiqueta del cuello–, Mike.

–No soy... –empezó a decir Nash, que había heredado la prenda de su mejor amigo, pero la desconocida ya iba hacia la salida.

–Por favor, no te chives.

–Claro que no. No soy un chivato –precisar eso a Nash le pareció más importante. Nunca lo había sido y nunca lo iba a ser, aunque la situación a veces lo llevase al límite–. Aunque fuera sí que está bien señalizado. Lo de que es el baño de chicos –mencionó.

–Con el dibujo de un muñeco que lleva pantalones.

–Exacto.

—Yo también llevo pantalones, Mike. Igual deberían revisar el cartel. –Abrió la puerta y se dispuso a marcharse, no sin antes añadir–: Gracias por la conversación. Y por la sudadera.

Capítulo 2

–¿Cómo puedes tener tan mala suerte? –se burló Scott cuando me reuní con Olivia y con él en la cafetería.

Gruñí mientras me sentaba en nuestra mesa de siempre.

–Muy gracioso. Ha sido todo culpa tuya.

–¿Culpa mía por qué? –replicó enseguida.

–Porque has llegado tarde, para variar –le recriminó Olivia.

–Ya, no me lo recuerdes. Odio habérmelo perdido. –Scott suspiró con dramatismo–. ¿Y esa sudadera? –Me venía bastante grande, por lo que resultaba evidente que no era mía.

–Me la ha prestado un chico muy simpático al que he conocido en el baño. Un tal Mike. – Nuestro encuentro había arreglado, a medias, el día tan desastroso que estaba teniendo. Su amabilidad había sido como ver un rayito de sol después de la tormenta. Y eso que no nos conocíamos de nada. Aunque me sonaba de haberlo visto por el instituto alguna vez, nunca antes habíamos hablado.

–¿Mike? –Olivia frunció el ceño–. ¿Está en nuestro curso? No me suena.

–Ni idea –contesté.

–¿Esto significa que nos hemos olvidado de Jayden? –suplicó Scott–. Por favor, quiero que nos olvidemos de Jayden.

Le tiré una servilleta arrugada.

–Cállate.

Como respuesta, él levantó su cuchara en el aire y me señaló en tono amenazador. Unas gotitas del mejunje que estaba ingiriendo le dieron a Olivia en el brazo.

–Aparta eso –se quejó mi amiga. Se limpió con una mueca de disgusto–. Me va a dar urticaria.

–La sopa de la señora Duncan es la mejor que he probado en mi vida. Muestra un poco de respeto.

–Acabarás intoxicándote –le aseguró Olivia.

–Y moriré feliz.

Sonreí un poco. Scott era el único del grupo que ignoraba intencionadamente el rumor de que la cocinera reutilizaba la carne caducada para hacer la sopa. Olivia y yo tampoco creíamos que fuera verdad, pero lo usábamos como excusa para no tomarla. Estaba asquerosa. Para molestar a Scott, solíamos bromear con que, con suerte, si seguía alimentándose a base de la comida putrefacta de la señora Duncan, algún día se intoxicaría, sus padres irían a hablar con la directora y despedirían a nuestra cocinera de una vez por todas.

Llevaba soportando los maltratos de la señora Duncan desde la primera vez que puse un pie en la cafetería del instituto. Por alguna razón, aquella mujer me detestaba. Se había pasado dos cursos enteros cambiándome los cubiertos de metal por unos de plástico. Al final, la directora lo había solucionado, pero eso no había evitado que ahora el odio fuera mutuo.

Por si dos raciones tenían más efecto que una, siempre que la señora Duncan me servía un tazón de sopa, yo se lo cedía a Scott.

No podía arriesgarme a decirle a ella que no quería comérmelo y que volviéramos al plástico.

–Entonces, ¿un caballero misterioso ha aparecido en el baño y te ha prestado su sudadera para ocultar la mancha de salsa de tomate? –Scott retomó el tema–. Suena muy romántico.

–Totalmente. –Olivia le siguió el rollo.

–Ha sido amable, nada más. Deberíais haberle visto la cara. Se ha llevado un susto de muerte al verme allí –les conté. Había tenido un punto adorable, el chico. Parecía tan nervioso...–. De hecho, está ahí detrás.

Olivia y Scott giraron la cabeza como resortes. Un adolescente de pelo castaño, delgado y muy alto acababa de entrar en la cafetería. No se pasó por la barra para coger una bandeja y pillar el almuerzo, sino que fue directamente a sentarse. Abrió la mochila, sacó un libro y se puso a leer sin molestarse en buscar a sus amigos. Supuse que estarían al llegar.

Lo observé unos segundos, por si acaso levantaba la cabeza y hacíamos contacto visual. Tenía pensado sonreírle. Quizá saludarle con la mano. O verbalizarle otro "gracias por la sudadera" o un "por favor, no te chives" por lo del baño.

Sin embargo, él siguió absorto en su lectura.

–Es guapo, ¿verdad? Lástima que sea un asocial –oí decir a Olivia–. En fin, ¿dónde está tu chico del baño?

Fruncí el ceño y la miré confundida.

–Es él –contesté–. Ese es el chico del baño. Mike.

–¿Mike? Pero si se llama Nash.

–¿Un nuevo socio? –aventuró Scott.

–¿Cómo que Nash? –pregunté yo.

–Nash Anderson. Te he hablado de él esta mañana. Y sí, Scott, se acaba de apuntar a la asociación.

–Me ha dicho que se llama Mike.

–¿Te ha dado un nombre falso? –Scott arrugó la frente.

Olivia soltó un suspiro.

–Te he dicho que era un tipo un poco raro.

–No. Ahora que lo pienso, no ha llegado a decirme cómo se llamaba. –Sólo había leído el nombre de Mike en su sudadera. Aunque era cierto que lo había llamado así varias veces y él no me había corregido.

¿Así que ese era Nash? Vaya. Y yo le había soltado un discurso reivindicativo sobre los baños de hombres y mujeres y los muñecos con pantalones a los dos minutos de conocernos.

–¿Lo has asustado mucho? –Olivia me leyó la mente.

–Un poco. –Ahora que sabía que iba a tener que trabajar con él, desearía haber tenido un par de conversaciones triviales antes de ponerme en modo intensa.

Scott, que me conocía muy bien, se apartó su pelo rojizo de la cara y dijo:

–Ya se acostumbrará.

Me fijé detenidamente en Nash mientras mis amigos se sumían en su propia conversación. Los suyos no habían llegado. Seguía sólo en su mesa. En algún momento había sacado de su mochila una libreta pequeña, con la pasta dura y grisácea, y había empezado a escribir. No parecían deberes. ¿Sería su diario? Yo también tenía diarios. Empezaba uno cada nuevo curso y eran de lo más personales: en ellos apuntaba desde ideas de dinámicas para la asociación hasta lo que me pasaba cada día. Si éramos iguales en eso, a lo mejor nos resultaba fácil encajar. Quizá tendríamos más cosas en común.

Seguro que era un buen chico.

A fin de cuentas, me había prestado su sudadera sin conocerme de nada.

–¿A dónde vas? –preguntó Scott cuando, aprovechando que Nash se había agachado para sacar algo de su mochila, yo me puse de pie.

–Os veo en clase, chicos.

–Suerte –me deseó Olivia.

Crucé la cafetería hasta su mesa.

–Hola. –Me detuve al lado con una sonrisa.

Nash Anderson se volvió hacia mí. Tenía los ojos muy azules, del color del cielo en los días en los que hace pleno sol. Se traía los auriculares al instituto. Se quitó uno, el izquierdo, y, por si no me había oído antes, yo repetí:

–Hola. –Seguía sonriéndole.

–¿Qué hay?

Se puso de nuevo el auricular y volvió a lo suyo.

Mi sonrisa flaqueó.

¿Perdón?

Miré incómoda a mi alrededor. No me había invitado a sentarme. De hecho, me estaba ignorando. No entendía nada. Había sido muy simpático en el baño. Ahora el silencio se alargaba. Duró unos minutos que se me hicieron eternos.

Entonces Nash cerró la libreta y se quitó los dos cascos.

Supuse que lo hacía porque iba a hablar conmigo.

Por fin.

–¿Querías algo? –preguntó.

–Sentarme. Soy la chica del baño. Nos hemos conocido antes, ¿te acuerdas? –Me tiré de la sudadera para que la viera. No esperé respuesta y empujé su mochila, y por tanto a él, para ocupar la esquina del banco–. Gracias por la sudadera. Otra vez.

Nash frunció los labios. Tenía los hombros rígidos y pecas por toda la cara. Algunas eran tan visibles que parecían lunares.

–Sí, me acuerdo de ti. De nada.

–Te llamas Mike, ¿verdad?

–En realidad...

–Nash. Lo sé. Soy Eleonor, de Un Amigo Gratis, la asociación a la que te has apuntado. Se suponía que íbamos a conocernos esta tarde, pero el destino se nos ha adelantado. Qué coincidencia, ¿verdad?

–Sí. –Y regresó el silencio.

Nash se aclaró la garganta, incómodo. Volvió la vista al frente. Agarró de vuelta uno de sus cascos. ¿Iba a ponérselo y a ignorarme otra vez?

–¿No quieres que seamos amigos? –insistí. Me estaba viniendo un poco abajo–. Porque eso es justo en lo que consiste mi asociación.

–No, no es eso. Es sólo que...

–Vamos a empezar de nuevo. Hola, me llamo Eleonor. Eleonor Taylor. Mi segundo nombre es Frida. Puedes reírte, si quieres, sé que es horrible. Durante los próximos meses voy a ser tu amiga gratis. Siento que hayamos empezado con mal pie y que pienses que soy un poco rara. A mí me has parecido simpático. Y no sólo porque me hayas dejado la sudadera de tu amigo. Encantada de conocerte, Nash.

–¿Piensas que soy simpático? –cuestionó inseguro.

De todo mi monólogo, ¿eso era lo que había llamado su atención?

–Sí, claro.

Pareció relajarlo, sólo un poco. Me lo tomé como una pequeña victoria.

–No creo que seas rara –admitió.

–Bueno, todavía no me conoces del todo. ¿Cómo te llamas? –Quería que me siguiera el rollo con mi teatrillo.

–Nash. –Luego entendió lo que pretendía y añadió–: Anderson. Me llamo Nash Anderson. Y yo... bueno, también tengo un segundo nombre, pero no voy a decírtelo. El mío es realmente horrible. Frida es un nombre bonito, no sé por qué te quejas de él. –Se quedó callado, pensando–. Ah, y me gusta la música. Y los libros. Y el silencio. Me gustan la música, los libros y el silencio.

Me estrechó la mano. Su piel estaba caliente en comparación con la mía.

–Genial, Nash. Es un placer. No te preocupes por lo de tu segundo nombre. Conseguiré que me lo digas. –Nos soltamos la mano–. Soy bastante convincente.

–Ya. –Mi determinación se le hacía divertida–. Suerte con ello.

Me arrancó una sonrisa. Juraría que él estaba a punto de sonreír también. Iba a buscar una forma de seguir con la conversación cuando todo cambió de repente.

Nash vio algo detrás de mí, se puso tenso de pies a cabeza, se levantó y empezó a recoger sus cosas a toda prisa.

Metió el cuaderno en su mochila y cerró la cremallera.

–¿Qué ocurre?

No entendía nada.

–Tengo que irme –titubeó–. Lo siento.

Fruncí el ceño y seguí la dirección de su mirada. Al fondo del comedor no había nada fuera de lo normal. Vi a mis amigos todavía sentados en nuestra mesa y a un grupo de nuestro curso haciendo cola frente a la máquina expendedora de refrescos. Entre ellos estaban Jayden y Carl, el del escupitajo. Este último abrazaba a su novia Agatha por la cintura.

–¿Por qué tienes que...? –Me giré hacia donde antes se encontraba Nash, pero no terminé la frase. Él ya se había ido.

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Redactora jefe web: Paula Miranda (pmiranda@hearst.es)

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Directora de belleza: Mariana Portocarrero (mportocarrero@hearst.es)

Directora de moda: Carmen Martínez Pita (cmpita@hearst.es)

Editora gráfica: Beatriz Barrionuevo (bbarrionuevo@hearst.es)

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Redactora de actualidad: Marieta Taibo (taibo@hearst.es)

Community manager: Nerea Alhajas (nalhajas@hearst.es)

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