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Elvira Sastre ha hecho de sus palabras convertidas en versos un refugio para miles de lectores, dentro y fuera de nuestras fronteras. Comenzó su camino como escritora con apenas quince años, cuando decidió mostrar al mundo lo que escondía bajo su piel: sentimientos en estado puro. Un desamor muy sufrido la llevó a crear su blog, ‘Relocos y recuerdos’, el primer espacio en el que sus poemas cobraron vida. Hoy, tanto tiempo después, recupera esos “recuerdos” del nombre de su página web para dar forma a su nuevo poemario, ‘En defensa de la memoria’.
En este libro, la escritora recupera el pasado desde la poesía, pero también desde la fotografía analógica. 184 páginas de momentos que han marcado recientemente la vida de Elvira y que quedan plasmados sobre el papel para siempre: desde los secretos que esconden las fachadas de las casas de su pueblo, el duelo por la pérdida de un ser querido, la felicidad de un día en la playa o el proceso de congelar óvulos para ser madre en un futuro no muy lejano. Todos estos recuerdos, los vividos y por vivir, acaban conformándonos.
Cuando una lleva tantos libros publicados, ¿la emoción sigue apareciendo con cada nueva publicación?
Sigue estando. De hecho, con cada nuevo libro me pongo más nerviosa todavía. Es como un momento de mucha vulnerabilidad, de fragilidad. Sobre todo con los primeros libros, sentía que tenía menos miedos y creo que, a medida que una se va haciendo mayor, intentas refugiarte un poco más. Vengo también de una época de estar más replegada y esto, de repente, es todo lo contrario. Me muevo entre la fragilidad y la necesidad de ese amor que me da mucha gente.
¿Crees que esos nervios desaparecerán en unos años?
No querría porque me parece que reflejan la importancia que le doy a las publicaciones. Para mí, es importante porque tengo una manera de escribir en la que me vuelco mucho a nivel emocional. Es un proceso muy fuerte para mí, como si acabara de salir de terapia, y siento que se completa cuando se publica el libro, cuando logro verbalizar lo que llevo dentro.
¿Te sientes la misma Elvira que hace trece años cuando vio la luz tu primer poemario, ‘Cuarenta y tres maneras de soltarse el pelo’?
No. Justo el otro día leí que Paula Melchor o Elisa Fernández, poetas maravillosas, decían que ya no podían escribir esos primeros poemas con la libertad de pensar que nadie te va a leer. No puedo escribir tampoco igual porque no soy la misma. En ese sentido, sí que cambia mucho, pero en el puro acto de escribir y del vínculo que tengo con la escritura, creo que sigo siendo la misma.
Y si piensas en aquella adolescente de quince años que creó un blog llamado ‘Relocos y Recuerdos’ donde comenzar a dar a conocer sus versos, ¿cómo te ha cambiado la vida?
Estaba muy martirizada en aquella época. Estaba sufriendo por un amor imposible y la escritura era mi vía de escape. Recuerdo que escribía muchísimo, era como un vómito constante. Me dio muchas cosas; entre ellas, la confianza de los demás, de personas muy desconocidas de todas las partes del mundo que me animaban a que siguiera. Si no hubiera tenido ese impulso al principio, quizá no me habría atrevido a seguir compartiendo mi trabajo.
Cuando escribes un poemario, ¿escribes los poemas pensando en una idea concreta o prefieres dejarte llevar y buscar un hilo conductor al final?
En el caso de la poesía, no, la escribo de manera temporal. Responde a emociones que siento en el momento, a necesidades. Hay veces que escribo más, otras en las que no escribo ningún poema en meses y veces en las que la poesía no me sirve. Esto último me ha impulsado a buscar otros géneros y otras maneras de expresarme, así encontré la fotografía. Cuando de repente me doy cuenta de que lo que llevo escrito tiene una línea narrativa, tiene un concepto único, entonces es ahí cuando concibo el libro.
Los recuerdos son precisamente los protagonistas de tu nuevo poemario, ‘En defensa de la memoria’. ¿Te da más miedo olvidar o deformar los momentos que un día viviste?
Te diría que me da más miedo olvidar porque yo tiendo mucho a engalanar las historias. Sí que es cierto que con estos recuerdos más importantes siento que no pasa nada por transformarlos un poco porque al final son recursos para sobrevivir y para estar mejor. Para mí la fotografía es más como el recuerdo de la sensación, del día porque sí que siento que eso se va difuminando. Es una manera de anclarme a una emoción, a un recuerdo sin esa parte que involuntariamente se pierde cuando pasa el tiempo.
Escribes “Nos estamos quedando sin memoria”. ¿A qué crees que se debe?
Es una frase muy genérica, la podría aplicar a diferentes cosas. En este caso, responde a una imagen en la que estoy en la playa con mi chica y con mis perros, fue un momento muy feliz. Y de repente, un día no recuerdas ese día en el que estuviste en la playa, feliz, tomando el sol, sin preocupaciones porque todo estaba bien. A eso me refiero con que nos estamos quedando sin memoria.
¿Por qué ahora? ¿Por qué decidiste que era buen momento para abrir el baúl de la memoria y sacar a la luz recuerdos tan personales?
Creo que estaba preparada para hacerlo. He vivido una época de estar más replegada, de no querer que nadie casi que me mirase, y era una cosa mía, de necesitar estar un poco escondida. Hace unos meses me hubiera costado bastante y no sé si hubiera estado tan preparada, pero el propio proceso creativo de este libro ha sido bastante curativo.
¿Ha sido entonces fácil hacerlo, poner en palabras lo que ya quedó atrás?
Sí, aunque pasé una época en la que no me sentía muy capacitada para escribir. Las palabras estaban ahí, pero no representaban lo que yo sentía y eso me suponía un esfuerzo emocional bastante fuerte. Por eso la fotografía también apareció como una manera de canalizar todo eso que me estaba sucediendo sin tanto análisis. El proceso fotográfico ha sido maravilloso y luego me he tenido que reconciliar con las palabras.
La familia es uno de los pilares que sostienen los poemas que dedicas al pasado: las fachadas de las casas del pueblo, las canciones que escuchaban tus abuelos… ¿Crees que los momentos que vivimos en la infancia nos moldean para siempre la forma en que crearemos recuerdos siendo adultos?
Para mí sí, sin duda. Soy muy fiel a mis raíces, me han educado así. Esto conlleva su parte de sufrimiento, evidentemente. Yo, por ejemplo, me sostengo mucho en que todos los veranos de mi vida han sido exactamente el mismo hasta el año pasado: escaparme a un pueblo de Segovia, en una casita de campo con piscina con toda mi familia y echar ahí las tardes con mis perros. Es como que de repente llega el verano y todo es exactamente igual que hace 30 años y eso ahora mismo, en un momento como el de ahora, es como muy bonito. Saber cómo va a empezar tu verano y cómo va a terminar, a mí eso me da una tranquilidad tremenda.
Los gestos cotidianos vienen de la mano de María, Irene, Fran o Andrea. ¿Qué significa para ti la amistad, un tema muy frecuente en tus versos?
Fíjate, creo que esta manera de vivir la amistad viene dada por las ciudades grandes, sobre todo cuando es gente que viene de sitios diferentes. Acabas haciendo como círculos que se convierten en tu familia, y la amistad para mí trasciende. Si en algún momento soy madre, espero que mis amigas sean comadres de mis hijos. Van a tener muchos tíos y muchas tías, no de sangre, pero casi que son de algo todavía más poderoso. La amistad me parece vital para poder sobrevivir en el mundo en el que vivimos.
¿Y el amor?
Es un espacio seguro. Lo cuido mucho, lo busco también, lo espero y creo que lo sé reconocer, que eso quizá es lo más difícil. Cuando hay algo que me entusiasma y que me hace bien, lo quiero para todo el mundo, y lo quiero para mi vida. Es como que me obsesiono, y lo protejo mucho.
Eres una referente del colectivo dentro del mundo literario de nuestro país. ¿Has sentido libertad o, por el contrario, expectativas añadidas al escribir desde una identidad visible?
No, no siento ningún tipo de responsabilidad. Si hay algo increíble en la vida que te pueda dar un oficio como este, en el que también te dejas tanto, es que alguien te diga que eres su referente, ya sea como mujer escritora, como perteneciente al colectivo o como yo que sé, segoviana, lo que sea, o como treintañera. Para mí, todo forma parte de lo mismo, nada destaca por encima de lo otro. He hecho bandera de muchas cosas que me han parecido necesarias y soy muy defensora de ese activismo que tengo, pero siempre lo he llevado desde la normalidad.
¿Crees que la etiqueta “literatura LGTBI” ayuda o encasilla?
Ayuda, es fundamental. Me parecería como muy desconsiderado rechazar todo lo que nos ha llevado a que yo hoy pueda hablar desde la normalidad. Nunca he querido encasillarme, sino dejar que el libro se coloque donde la gente lo necesite y lo pueda coger. En un mundo ideal, ojalá no existieran las etiquetas y no hiciesen faltan, pero no es la realidad en la que vivimos por desgracia.
Hablas de otras personas que han sido o son importantes en tu vida, pero también te escribes a ti misma. Entre los temas que tratas, hablas de la maternidad, del intento de ser madre. ¿Cómo has llevado el proceso del tratamiento? ¿Ha sido duro?
Es un tema sobre el cual todavía no tengo un discurso bien construido, sobre todo cuando falta tanta información. Congelé óvulos pensando en ser madre en un futuro, primero porque tengo el privilegio de poder hacerlo porque es un tratamiento muy caro; también yo lo elegí. Por entonces no quería ser madre, pero de repente comienzas a agobiarte. Es gracioso porque, cuando llegas a la clínica y tienes más de 30, ya eres una persona muy mayor, pero cuando te empiezas a plantear el tratamiento del embarazo, con 30 eres muy joven. Todo te confunde bastante. Recuerdo que, al salir la primera vez de allí, me sentí vulnerable y confundida, rara.
Justo en el proceso también me descubrieron que tenía endometriosis, algo que desconocía hasta ese momento. Fue algo que me golpeó mucho porque pensé: “Vengo para algo diferente y me voy de aquí con otra enfermedad en mi vida”. Ahora mismo estoy con una pastilla que no me afecta a la diabetes, porque también soy diabética, y desde que no tengo la regla soy más feliz. Pero entonces fueron unos meses muy intensos, perdí la cabeza completamente; el último día del tratamiento estaba mentalmente ida.
¿Sigues intentando ser madre?
Sí, es algo que sigue estando entre mis planes, que me planteo y sé que me gustaría ser madre. Mi instinto maternal es algo que me han despertado bastante mis sobrinos. Me parece increíble estar con alguien que crece. Me quedaría horas mirando como un ser vivo crece sin intervenir en el proceso.
¿Qué lección te gustaría regalar a tus lectores a través de este libro?
La necesidad y el beneficio de estar presente en el momento, es algo que he aprendido mucho a través de la fotografía. También a proteger mucho la memoria, tanta la pasada, la presente y la futura, y es algo que me gustaría dejar en mis lectores.
Mencionas el futuro. Para terminar, si pudieras escribir un poema sobre un recuerdo que aún no has vivido, ¿de qué momento te gustaría escribir?
Pienso mucho en esos cuidados futuros relacionados con una posible maternidad. Es algo que tengo en mente también para un futuro libro. Me lleva mucho la atención el cuidado a un cuerpo embarazado, que si yo soy madre, seguramente sea mi chica la que geste.















