María Oruña, escritora: "Es agotador el pensar todo el rato cómo engañar al lector sin hacerle trampas"


Mirta Ojito lleva décadas encontrando historias en lugares donde la memoria se resiste a desaparecer: en esos viajes sin regreso, en los hogares abandonados y en las vidas que quedan suspendidas entre dos orillas. Ganadora de un Premio Pulitzer y un Emmy, la periodista y autora cubana ha hecho de la búsqueda en los orígenes, la identidad y el sentimiento de pertenencia una constante en su trayectoria profesional. Una trayectoria que también dialoga con su experiencia de exilio de Cuba a Estados Unidos hace 46 años.

Son estos temas los que precisamente atraviesan ‘La memoria de las olas’ (ed. Espasa), su primera novela de ficción, publicada el 17 de junio. Entre Canarias y Cuba, entre pasado y presente –1919 y 2019–, Mirta Ojito recupera el olvidado naufragio del buque Valbanera para construir una saga familiar sobre los secretos que sobreviven al tiempo, las mujeres que custodian la memoria y las huellas que deja la emigración mucho después de que el mar haya borrado el rastro de quienes lo cruzaron.

Espasa 'La memoria de las olas', de Mirta Ojito

'La memoria de las olas', de Mirta Ojito

Espasa 'La memoria de las olas', de Mirta Ojito

Toda una vida profesional dedicada a las historias. Historias reales, pero ahora también ficticias con ‘La memoria de las olas’, tu nuevo libro. ¿En qué momento das el salto a explorar otra forma de narrar diferente al tono periodístico?

No fue exactamente que un día sintiera que había llegado el momento de escribir una novela. Siempre me han gustado mucho las novelas y son, con diferencia, lo que más leo, aunque también disfruto de la no ficción. En realidad, este libro nació cuando encontré en Cayo Hueso (Florida), hace ya casi 20 años, una obra titulada ‘El misterio del Valbanera’, del malagueño Fernando José García Echegoyen. Al descubrir la historia, pensé que merecía ser contada porque, al menos en Estados Unidos, prácticamente nadie la conocía; tampoco en buena parte de España.

Sin embargo, el autor ya había hecho un trabajo extraordinario de investigación, por lo que no tenía sentido limitarme a traducir o reescribir lo que él ya había contado. Además, no existen fuentes vivas a las que poder acudir. Fue entonces cuando comprendí que la mejor manera de abordar este suceso era a través de una novela. Mientras aún estaba en mi hotel de Cayo Hueso, tuve una imagen muy clara: una mujer corriendo descalza por el barco, con el pelo suelto, buscando desesperadamente a su hija. Esa mujer sería Catalina, un nombre que tomé prestado de mi abuela materna. Aquella escena fue lo primero que escribí y, a partir de ahí, todo consistió en descubrir y construir su historia.

El naufragio del buque de Valbanera es el punto de partida. ¿Qué te llamó la atención de esta tragedia histórica olvidada para decidir escribir sobre ella?

Fue la tragedia en sí misma. Yo llegué a Estados Unidos en barco. Salí de Cuba en 1980, con 16 años, durante la Flotilla del Mariel, y desembarqué en Cayo Hueso junto a miles de personas que buscábamos una vida mejor. Por eso me impresionó profundamente la historia de los 488 pasajeros del Valbanera, que emprendieron ese mismo viaje de esperanza y encontraron la muerte en el mar. Siempre me ha interesado también la inmigración española a Cuba y el papel que desempeñaron los indianos.

Con el tiempo fui reuniendo todas estas inquietudes y experiencias personales hasta comprender que la novela hablaba de algo mucho más amplio: es una historia universal y atemporal sobre la emigración, la búsqueda de oportunidades y el deseo de construir una vida mejor.

Entre sus páginas descubrimos especialmente a dos personajes: Mara Denis y Catalina Quintana, bisnieta y bisabuela. ¿Por qué era importante contar esta historia desde aquí, a través de dos mujeres?

Desde el principio, tuve claro que la evolución de la trama ocurriría entre el pasado y el presente. Es una estructura que me gusta mucho porque introduce un elemento de misterio: cómo se conectan ambas épocas, qué huellas deja el pasado y de qué manera sigue influyendo en nuestras vidas. También sabía que las protagonistas debían ser mujeres porque somos nosotras quienes, en gran medida, conservamos y transmitimos la memoria familiar.

Catalina está inspirada en mi abuela, especialmente en su vida en Cuba, aunque gran parte de su historia es ficción; Mara, por su parte, no soy yo, pero sí comparte algo de mi mirada como periodista. Me fascina esa capacidad que tiene el periodismo para abrir puertas y permitirnos conocer las historias de los demás. Esa curiosidad, esa intuición que te dice que estás ante algo importante, es la que mueve a Mara durante toda la novela y la impulsa a seguir investigando hasta encontrar respuestas que acabarán cambiando su vida.

Somos nosotras quienes conservamos y transmitimos la memoria familiar

Esa investigación que comienza Mara para su reportaje transforma su vida, pero también la manera en la que entiende su identidad. ¿Todos estamos, en cierta medida, condicionados por lo que heredamos de nuestra familia?

No creo que nuestra identidad dependa únicamente de esa herencia; también nos moldean las experiencias, el entorno, las personas que conocemos y todo lo que vivimos. Pero sí estoy convencida de que la historia familiar tiene un peso muy importante y de que, en cierto modo, heredamos también los traumas de generaciones anteriores. En mi caso, a veces me pregunto si mi miedo al mar, por ejemplo, tiene relación con las experiencias y sacrificios asociados a la emigración de mis antepasados. Dejar atrás un país para empezar de nuevo implica una carga emocional enorme, y esas huellas permanecen.

De hecho, después de escribir la novela, descubrí que tengo raíces canarias y ahora me encuentro haciendo algo muy parecido a lo que hace Mara: investigando mi propia historia, buscando documentos y tratando de averiguar de qué lugar exacto de Canarias procedían mis antepasados.

entrevista a mirta ojito para cosmopolitan
Marcelo A. Villar

Hablando de familia y de raíces, tu abuela y tu madre han condicionado el libro porque sus vivencias y recuerdos están plasmados en él. ¿Ha sido fácil convertir una parte tan íntima de ellas en literatura?

Paradójicamente, esto fue lo más fácil del proceso. Todo lo relacionado con el Valbanera y con la historia de mi abuela surgía de manera natural porque estaba trabajando con hechos reales, un terreno muy familiar para mí como periodista. Me sentía cómoda narrando esa verdad. Lo más nuevo era la ficción: construir personajes, crear tensión y desarrollar la trama. El verdadero reto estaba en trasladar todas las herramientas narrativas a la ficción sin que se notara el oficio periodístico que hay detrás.

La migración es el gran eje de la trama. Más allá del contexto histórico, ¿qué emociones universales crees que comparten todas las personas que abandonan su hogar en busca de una vida mejor?

Todas las personas que se ven obligadas a abandonar su hogar cargan con una herida que nunca desaparecerá del todo. En mi caso, el dolor de dejar Cuba sigue conmigo y siempre formará parte de quien soy. A eso se suma otro desafío: reinventarse. Cuando llegas a un nuevo lugar, dejas atrás una parte de tu identidad y tienes que construir otra; ese proceso puede ser esperanzador o doloroso, pero siempre implica una transformación profunda. Esa experiencia de pérdida y reinvención es lo que se encuentra en el corazón de la novela.

En situaciones así, siempre ponemos la mirada en la parte política y económica, pero menos en su dimensión humana. ¿Piensas que hemos perdido la capacidad de mirar estas situaciones desde la empatía?

Los periodistas no. Trabajo en varios medios en Estados Unidos y nosotros siempre ponemos esa mirada más humana; tampoco sé cómo contar una historia de inmigración sin ella. A mí me fascina conocer a quienes lo dejan todo atrás para buscar una vida mejor: qué los impulsa, qué sacrificios hacen, cómo afrontan ese cambio... Emigrar requiere una enorme dosis de valentía, determinación y esperanza, por eso considero que los inmigrantes aportan una fuerza especial a las sociedades que los acogen: son personas dispuestas a asumir riesgos, reinventarse y luchar por un futuro mejor. Esa capacidad de esfuerzo y resiliencia es algo que siempre me ha impresionado.

Desde tu experiencia como inmigrante de Cuba a Estados Unidos, ¿qué no se entiende sobre quienes se ven obligados a abandonar su país?

Para entender la inmigración, hay que comprender las dos fuerzas que la impulsan: lo que empuja a una persona a dejar su país y lo que la atrae hacia otro lugar. Las razones suelen ser económicas, políticas o familiares, pero detrás de todas ellas hay una búsqueda de mejores oportunidades. Es lógico que alguien quiera ir a un país donde percibe más estabilidad, seguridad o posibilidades de futuro.

El dolor de dejar Cuba sigue conmigo y siempre formará parte de quien soy

¿Hay alguna idea o prejuicio sobre el exilio cubano que te moleste especialmente?

No me gusta hablar de grupos humanos como si fueran bloques homogéneos. Puede haber prejuicios en personas individuales, pero no se puede definir a una comunidad entera por las ideas o actitudes de algunos de sus miembros. El exilio cubano, por ejemplo, está formado por millones de personas con historias, opiniones, experiencias y realidades muy distintas. Reducir un grupo tan diverso a una sola visión es perder de vista toda su complejidad. Creo que, como periodistas, debemos mantener siempre la curiosidad y la capacidad de sorprendernos porque, dentro de cualquier comunidad, encontraremos personas que piensan y viven de maneras muy diferentes.

Para ti, ¿ha cambiado el significado de la palabra “hogar” a lo largo de los años?

Durante muchos años me identifiqué como cubana y solamente como cubana que vivía en Estados Unidos. De hecho, en febrero de 1998, después de regresar de Cuba, publiqué un artículo en ‘The New York Times’ sobre una experiencia que tuve al volver a mi antigua casa: fui a mi apartamento y encontré que había una señora viviendo allí. Le pedí permiso para entrar y pude visitarla; eso mismo es lo que hace Mara en el libro. Cuando regresé a Estados Unidos, escribí sobre aquello y sobre cómo había sido volver al único lugar al que, hasta ese momento, seguía llamando casa.

Con el paso del tiempo y, sobre todo, con la llegada de mis hijos, ese concepto ha cambiado. Ahora mi casa son ellos; es donde ellos estén, porque allí es donde voy a estar yo. Mis hijos han transformado completamente mi idea de lo que significa un hogar para mí. Ya no es una cuestión geográfica, sino emocional. Mi hogar son mis hijos, sin duda.

María Dueñas habla de ‘La memoria de las olas’ como una “conmovedora historia”. ¿Cómo reaccionaste al recibir esta crítica tan positiva de su parte?

Lo primero que hice fue enviarle un mensaje. Que una escritora de la talla de María Dueñas reconozca tu trabajo así y le guste es bonito, impresionante y conmovedor. Todo, además, se refuerza en esa relación literaria que ha acabado transformándose en amistosa durante los años.

entrevista a mirta ojito para cosmopolitan
Marcelo A. Villar

¿Dirías entonces que, como lectora, María Dueñas es el nombre de la literatura española al que siempre recurres?

Sin duda. Las novelas de María no solamente me gustan, sino que también me inspiran. Ella tiende a hacer mucha investigación para construir sus tramas y eso es lo que más me llama la atención porque lo que busco en una lectura es, además de entretenerme, aprender. Con ella siempre aprendo algo nuevo.

¿Tienes algún otro libro que te haya cambiado la vida o que siempre recomiendes?

Te voy a decir dos. Cuando era pequeña y aún vivía en Cuba, la guerra de Vietnam estaba muy presente y prácticamente todo lo que leíamos giraba en torno a ella: las historias de Ho Chi Minh, de Nguyen Van Troi... todo era Vietnam. Un día, le dije a la bibliotecaria de mi escuela que ya no podía más y que necesitaba leer otra cosa. Ella, que sabía cuánto me gustaba leer, me llevó a un rincón de la biblioteca dedicado a la literatura francesa y me puso en las manos un libro de cuentos de Guy de Maupassant. Yo tendría unos 10 u 11 años. Aquel libro me cambió la vida: me convirtió en lectora para siempre de Maupassant, me abrió las puertas de la literatura francesa y me reveló que existían otras formas de vivir y de imaginar el mundo más allá de la isla en la que estaba creciendo.

Respecto a mis recomendaciones, siempre digo la última que he leído. Ahora mismo sería ‘En lugar seguro’, de Wallace Stegner, que acaba de publicarse en español y me ha encantado. Pero eso no significa que sea la mejor novela que he leído en mi vida; simplemente soy el tipo de lectora que, cuando termina un libro que le gusta, se emociona tanto que quiere que todo el mundo lo lea. Y lo mismo me pasó con otra novela que leí justo antes y que también me gustó muchísimo: ‘La mujer de papel’, de Rabih Alameddine.

Los inmigrantes aportan una fuerza especial a las sociedades que los acogen

Después de todo lo que hemos hablado y de todo lo que tratas en más de 460 páginas, ¿con qué te gustaría que se quedaran tus lectoras al leer ‘La memoria de las olas’?

Me gustaría que se quedaran con mucha curiosidad por saber más sobre la emigración, especialmente sobre la española a Cuba, y que recuerden y honren más a las mujeres que, durante tantos siglos, han llevado encima el peso del hogar. También que piensen en las víctimas del Valbanera: no sé si existe en un monumento en homenaje a ellas en alguna parte del mundo, pero debería de existir por esas 488 personas que perdieron su vida buscando una mejor. Todos conocemos el Titanic, pero nunca nadie habla de este 'Titanic de los pobres'.

Para terminar, y haciendo referencia al título de la novela, ¿qué recuerdo regalarías al mar para que futuras generaciones se acuerden de ti?

Como le tengo tanto miedo al mar, no quiero que me recuerden a través de él. Prefiero que lo hagan a través de mis libros, los que he escrito y los que he leído, por todo lo que contienen y representan para mí.

Headshot of Lucía Núñez

Lucía Núñez ha estudiado el doble grado de Periodismo y Comunicación Audiovisual en la Universidad Carlos III de Madrid, aunque probablemente su verdadera especialidad sea vivir con una banda sonora de fondo y un libro en la mano mientras va de camino al cine. 

Madrileña de nacimiento y periodista en construcción, ve la vida a través de las letras. Devora libros, escribe sin parar y, cuando tiene un rato libre, se dedica a recomendar lecturas en su perfil de Instagram como si fuera una crítica literaria profesional. Aún no sabe si puede adueñarse de ese título, pero lo que sí tiene claro es que le encanta hablar de sus novelas favoritas sin parar.

Entre páginas subrayadas, listas infinitas de “libros pendientes” y visitas demasiado frecuentes a las librerías, también ha encontrado hueco para otra de sus grandes pasiones: la música. Tiene una ‘playlist’ para cada momento de su vida y la firme creencia de que cualquier situación mejora con la canción adecuada de fondo. Por eso no es raro verla hablando igual de emocionada sobre un libro que sobre una canción o un concierto. 

Casualidad o destino, estas aficiones le han llevado a trabajar desde el departamento de comunicación de la editorial Planeta, pasando por las teclas de COSMOPOLITAN o la redacción de LOS40.