Los últimos resquicios de verano siempre van acompañados de la nostalgia. Los días comienzan a ser más cortos, las ciudades vuelven a acoger el frenesí de unas rutinas que se van reactivando y el regreso a la realidad asoma poco a poco en el horizonte, llamando a la puerta de nuestros calendarios. Pero antes de despedir definitivamente las vacaciones, todavía queda tiempo para regalarse unas horas más de desconexión, y pocas cosas hay mejores para hacerlo que sumergirse entre las páginas de un nuevo libro.

Si eres amante del género más oscuro, del ‘thriller’ psicológico, hay un nombre que probablemente te resulte muy familiar: Freida McFadden. La autora estadounidense se ha convertido en uno de los grandes fenómenos editoriales de la última década gracias a novelas como ‘La asistenta’, 'Querida Debbie', ‘El recluso’ o ‘El novio’, entre otras, que han conquistado a millones de lectores en todo el mundo gracias a su pluma inigualable y al uso de una fórmula infalible: personajes llenos de claroscuros, giros de guión imprevisibles y una tensión que crece y crece hasta estallar en un final completamente inesperado.

El próximo 3 de septiembre, Freida McFadden estará de vuelta en las librerías de nuestro país con ‘La inquilina’ (ed. Suma de Letras), una nueva historia que promete poner a prueba nuestra capacidad para descubrir la verdad antes que sus protagonistas. Así que, para celebrar esta gran novedad literaria, desde COSMOPOLITAN queremos que seas una de las primeras personas en adentrarte en esta aventura tan misteriosa como emocionante. Para ello, sólo tienes que registrarte en nuestra web a través del formulario que podrás encontrar en esta misma página.

En ‘La inquilina’, conoceremos a Blake Porter, que cree haber encontrado la solución a sus problemas económicos cuando decide alquilar una habitación de su casa. Sin embargo, la llegada de su nueva inquilina, Whitney, desencadena una serie de acontecimientos cada vez más inquietantes. Secretos, manipulación y una tensión que no deja de crecer convierten su hogar en un lugar del que quizá ya no pueda escapar.

Suma de Letras 'La inquilina', de Freida McFadden

'La inquilina', de Freida McFadden

Suma de Letras 'La inquilina', de Freida McFadden

Si no quieres esperar al lanzamiento (entendemos que no aguantes dos semanas más, nosotras estamos igual), no desaproveches esta oportunidad y empieza a leer los dos primeros capítulos del nuevo libro de Freida McFadden. Eso sí, luego no nos eches la culpa si acabas contando los días que faltan para tener la novela completa entre tus manos porque estamos seguras de que te acabará pasando.

Primera parte. Blake

Capítulo 1

Hace seis meses, alguien se plantó en este mismo sitio –en el piso veinticinco del rascacielos donde se encuentra Coble & Roy, la firma de marketing en Manhattan donde trabajo– y trató de saltar al vacío.

Por desgracia (o por suerte) para él, la ventana es de esas que sólo basculan hasta dejar abierta una rendija de unos ocho centímetros, lo cual no basta para que un hombre adulto pueda deslizarse a través de ella. Trató de forzarla lo suficiente para colarse por ahí contorsionando el cuerpo, pero no acabó de funcionar. Un agente de seguridad lo detuvo antes de que se precipitara por esos veinticinco pisos hasta encontrar la muerte, y ahora está recluido en un centro del norte del estado de Nueva York, recogiendo margaritas, cantando canciones, recibiendo terapia de shock o, bueno, haciendo las chorradas que hagan en esos sitios.

Y ahora soy yo quien ocupa su puesto.

Yo quería este puesto. Lo quería desde que empecé a trabajar aquí. Es un puesto fantástico. Todo el mundo se puso a competir por él después de que Quigley intentara ese vuelo en picado. Y ahora es mío.

Y mi nuevo despacho… es impresionante. La silla de cuero del escritorio se adapta a la perfección a la curva de mi columna y es más cara que el primer coche que tuve. El sofá de cuero marrón hace juego con la librería de nogal peruano, que, a su vez, es exactamente del mismo tono que el escritorio que ocupa el centro del despacho, como si los hubiesen fabricado con madera del mismo árbol.

Pero lo mejor de todo es la placa de identificación que reposa sobre ese escritorio y que dice con letras doradas: BLAKE PORTER, VICEPRESIDENTE.

Contemplo por la ventana la línea del horizonte de Nueva York, punteada por sus legendarios rascacielos. Cuando era niño en Cleveland, deseaba más que nada en el mundo ver el Empire State, y ahora puedo mirarlo todos los días. Luego bajo la vista a la calle, donde, veinticinco pisos por debajo, la gente deambula como un ejército de hormigas y los coches parecen aquellos modelos de juguete que mi madre me conseguía en los mercadillos que montaban los vecinos del barrio para librarse de sus cosas viejas.

¿Qué clase de zoquete intenta tirarse por la ventana cuando tiene un despacho como este? Menudo idiota.

No fue capaz de aguantar la presión. Yo sí lo soy.

Mi teléfono móvil vibra sobre el escritorio. Vuelvo la cabeza y veo que aparece en la pantalla el nombre "Krista Marshall". Me apresuro a cogerlo. Hay llamadas que esquivo y llamadas que atiendo, pero siempre contesto cuando es Krista quien está al otro lado de la línea.

–Ey, cielo –digo.

–Hola, señor vicepresidente –responde Krista con una risita.

Ah, no me cansaré de oírle decir eso durante al menos otra semana.

–Bueno, ¿qué tal lo llevas? –me pregunta.

Miro todos los documentos apilados sobre mi escritorio, cuya cantidad sólo puede compararse con los cientos de emails que me esperan en la bandeja de entrada. Si me voy al baño un momento, a la vuelta tengo otros veinte mensajes esperándome. Y eso que meo deprisa.

Pero, la verdad, a mí me parece perfecto. Si conseguí el ascenso a vicepresidente de marketing la semana pasada fue porque era capaz de asumirlo. Porque me lo había ganado. ¿Que tienes una carga de trabajo que llevaría una semana y que debo ventilarme en una hora? Perfecto. Pásamela.

–Estoy bien –digo.

–¿Llegarás pronto a casa? –me pregunta ella–. ¿Quieres que compre comida china?

Son casi las seis, y no, no estoy ni mucho menos cerca de haber terminado. Aunque, por otra parte, llevo un mes llegando cada noche a casa a la hora de acostarse y cenando comida para llevar fría o una barrita de proteínas. Cierro los ojos y me imagino a mi novia esperándome en la sala de estar de nuestro hogar del Upper West Side, una de esas casas adosadas de piedra rojiza con escalones a la entrada tan típicas de Nueva York. La visualizo con el pelo rubio cobrizo recogido en ese descuidado moño tan sexy que se hace en lo alto de la cabeza y esos leggings negros que se le ajustan en la cintura a la perfección.

Le propuse que nos casáramos hace dos meses con un diamante que esperaba que la dejara patidifusa, y desde entonces apenas he tenido un minuto para respirar. No hemos celebrado la fiesta de compromiso que ella quería; ni siquiera hemos disfrutado de una cena de compromiso. Krista se merece mucho más que esto.

–Nada de comida para llevar esta noche –digo–. Saldré más temprano.

–¿De verdad?

El hecho de que parezca asombrada me conmueve.

–Sí. Y voy a llevarte a cenar fuera.

–Blake –dice ella suavemente–. No hace falta. Si tienes que trabajar, lo comprenderé…

–Tú eres más importante. –Hablo con firmeza, con ese tono ante el que la gente no puede negarse–. Vamos a salir a cenar, y en un sitio bonito de verdad, así que resérvate el apetito. Llegaré a casa a las siete y media.

Ella parece contentísima. Y todo este montón de trabajo seguirá aquí mañana. Además, tengo un portátil con el que puedo trabajar cuando ella se haya ido a dormir.

Me encanta la convivencia con Krista. Cuando yo tenía veinticinco años, la idea de vivir con una mujer me habría parecido impensable, pero la verdad es que ha sido fantástico. Nos ha ido tan bien que incluso decidimos buscar una mascota, lo que ambos consideramos tácitamente un ensayo para cuando tengamos un hijo juntos. Pensamos en un gato o un perro, pero no podíamos asumir tanta responsabilidad, así que acabamos optando por un pececito dorado. Se llama Goldy. Sí, ya sé que los peces dorados no son demasiado mimosos, pero yo ya le tengo apego.

De todos modos, debo encontrar un equilibrio entre mi trabajo y mi vida privada. Necesitaba este ascenso para que Krista y yo tuviéramos la vida que queremos…, la vida que ella se merece y que confío que sea mejor que la que tuvo mi madre. Lo necesitaba para poder pagar la casa, porque la hipoteca estaba comiéndose todo mi sueldo.

Yo salí de la nada más absoluta, y lo odiaba. Mi padre era dueño de una pequeña ferretería y siempre tuvo que luchar para mantenerla a flote, así que por mi parte he dado los pasos necesarios para que mi propia vida sea diferente. No quiero andar preocupándome nunca porque en casa hay demasiadas luces encendidas.

Me guardo el teléfono en el bolsillo de mis impecables pantalones a medida. Remataré unas pocas cosas aquí y luego me largaré. Pero, antes de volver a mi escritorio, echo una última mirada por la ventana panorámica. Puedo ver vagamente mi reflejo en el cristal. Soy un tipo más bien alto, de casi metro ochenta, con el pelo castaño, que siempre llevo muy corto porque tiene una irritante tendencia a rizarse, la barbilla levemente partida y unos ojos de color castaño oscuro que están un poquito demasiado juntos, aunque han sido calificados de "intensos", lo que me tomo como un cumplido.

–¿Blake?

Aparto la mirada de la ventana. La secretaria de mi jefe, Stacie, está en el umbral de mi despacho, con el puño alzado para dar un golpe en el marco de la puerta abierta y llamar mi atnción. Y desde luego consigue llamar mi atención con esa falda… Sí, maldita sea, vaya si lo consigue.

–Ey –digo–. ¿Qué hay, Stacie?

–Wayne quiere hablar contigo.

Vuelvo a mirar mi reloj. Es muy tarde para una reunión.

–¿Ahora?

–Ahora mismo, ha dicho.

No me mira a los ojos como suele hacer. Tiene la vista clavada en la alfombra oriental del suelo, que parece lo más interesante que ha visto en su vida, y yo pienso: "Qué raro".

–De acuerdo. Voy para allá.

Mientras me aparto de la ventana y sigo a Stacie fuera del despacho, no se me ocurre siquiera que en los próximos cinco minutos mi vida entera va a irse al garete.

Capítulo 2

Wayne Vincent ha sido mi jefe durante la última década, desde que me gradué en la Universidad de Nueva York.

Fue él quien me contrató. Todo lo que sé de marketing se lo debo a Wayne. Él me enseñó a desarrollar una campaña. Me enseñó a preparar un presupuesto. Me enseñó a analizar la competencia y el mercado. Desde que lo conozco, ha pasado por dos esposas y ganado y perdido veinte kilos, y juntos hemos consumido el equivalente a un camión cargado de alcohol.

Y ahora mismo parece 'muy' cabreado.

Está sentado detrás de su escritorio de caoba –un cincuenta por ciento más grande que el mío– y me mira ceñudo cuando entro en el despacho. Al ver que vacilo en el umbral, me señala con un sólo dedo la silla que hay frente al escritorio y ladra:

–Siéntate.

No sé a qué vendrá esto. Llevo una semana en este puesto y lo estoy haciendo bien. Mejor dicho, genial. Así que, sea lo que sea, tiene que ser una tontería. Los pelos de la nuca se me erizan de modo preventivo.

Pero, aunque él esté equivocado, sigue siendo mi jefe, así que me dejo caer en el cojín de la silla que tiene delante.

–¿Todo bien, Wayne?

Cruza sus brazos rollizos sobre ese pecho abultado que sólo queda parcialmente oculto por el traje carísimo que lleva puesto.

–Dímelo tú, Porter.

Me ha llamado por el apellido. Nunca lo hace.

–Estoy al día con la campaña Clemente –contesto–. Tendré las gráficas el viernes. El jueves, si es necesario. –Puedo tenerlas un día antes. ¿A quién le hace falta dormir?

Entonces Wayne dice algo que me desconcierta:

–Le has mostrado la campaña Henderson a la competencia.

–Eh… ¿Qué?

Debajo de la línea en retroceso del pelo, el cuero cabelludo se le pone rosado.

–Has revelado nuestra campaña, toda la campaña, a nuestros competidores. Has dejado que nos la robaran, maldito cretino vendesecretos.

¿Cómo? Me quedo boquiabierto.

–No sé de qué estás hablando.

–Me consta que lo has hecho, Blake. –Aprieta la mandíbula–. Lo único que quiero saber es quién era tu contacto y cuánto te han pagado.

–Wayne…

–¿Cuánto, Porter?

–Wayne. –Un malentendido, sólo es eso. Carraspeo–. Te juro que yo jamás…

–Chorradas. –Una gotita de su saliva me da en la cara cuando pronuncia esa palabra–. Estás despedido, Porter. Recoge tus cosas y sal de aquí.

¿Qué?

–¡Wayne! –Me levanto de un salto con el corazón martilleándome en el pecho–. No puedes creer que yo le haría algo así a la empresa…, que te haría esto a ti. No sé por qué piensas que yo…

–He dicho que salgas de aquí.

Deduzco por su mueca despectiva que esto no es una especie de broma pesada. Nadie va a salir del armario con un pastel sorpresa para felicitarme por mi ascenso. Lo dice muy en serio. Quiere que me largue. Después de una década de servicio leal, estoy 'despedido'. Así como suena.

Un sudor frío aparece bajo mis axilas.

–¿Podemos hablarlo, por favor?

–Sal. De. Aquí. –Levanta el auricular de su teléfono con una mano y, con la otra, marca furioso unos dígitos en el teclado–. Estoy llamando a seguridad para que te escolten fuera del edificio.

Esto está sucediendo de verdad. No sólo he perdido mi ascenso, sino también mi trabajo. ¿Qué demonios está pasando? Tiene que ser un malentendido de algún tipo.

–Está bien. –Alzo las manos–. Me voy, pero… quizá podamos hablarlo más tarde.

La expresión de Wayne indica que no volveremos a hablarlo nunca más.

–Lárgate. Y, después de lo que has hecho, olvídate de la indemnización. Que no se te ocurra siquiera solicitar el seguro de desempleo. Te demandaré por este robo, pedazo de mierda.

Sólo puedo menear la cabeza; no encuentro las palabras adecuadas para responder.

Aunque son las seis de la tarde, casi todo el mundo está en la oficina, y todos acaban de oír lo que ha ocurrido, palabra por palabra. Paso al salir junto al escritorio de Stacie y ella evita mirarme de nuevo.

–Stacie –digo.

–Lo siento, Blake –musita, sin levantar la vista de la pantalla de su ordenador–. No puedo hacer nada.

Vale, o sea que así está la cosa. Bueno, que se vayan todos al infierno. Encontraré un trabajo diez veces mejor que este.

Hago el paseo de la vergüenza hasta mi despacho mientras mis compañeros cuchichean sobre mí a un par de metros. Chad Pickering será el que más se alegre. Él creía que el puesto de vicepresidente era suyo antes de que lo consiguiera yo. Pero no será el único en celebrarlo.

¿Qué puedo decir? Si quieres progresar, tienes que hacerte unos cuantos enemigos.

Cuando vuelvo al despacho, a 'mi' despacho, caigo en la cuenta de que son muy pocas las cosas que podré llevarme. La fotografía enmarcada de Krista. La pluma que mi abuelo me compró como regalo de graduación, porque se sentía orgullosísimo de que yo fuera el primer miembro de nuestra familia en terminar la universidad.

Y seguro que puedo llevarme la placa de identificación que dice: BLAKE PORTER, VICEPRESIDENTE. A nadie va a servirle de nada aquí.

Sin pensarlo dos veces, cojo esa placa del escritorio y la arrojo contra la pared con tal fuerza que hace una muesca en la pintura. La placa cae al suelo, partida en dos. Toda la oficina se ha quedado en completo silencio, mirando mi numerito. Muy bien, que miren. Al menos no me he roto la mano dando un puñetazo a la pared como el idiota de Craig Silverton cuando perdió la cuenta Roberts.

Me acerco a la ventana para echar un último vistazo. Apoyo la cabeza contra el frío cristal sin que me importe ya dejar una marca.

Y por primera vez comprendo a mi predecesor. Porque no me importaría que este cristal se rompiera y me mandara en picado a encontrar la muerte cien metros más abajo.

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