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Durante años, el pop femenino se ha sostenido sobre una idea casi inamovible y es la de ser la artista perfecta. Voces impecables, vidas aparentemente ordenadas y una distancia construida detalladamente entre quien sube al escenario y quien es la persona detrás. Sin embargo, algo ha cambiado. A día de hoy, la vulnerabilidad ya no se castiga, sino que se comparte, se canta a pleno pulmón y, en muchos casos, se celebra. En esa transformación, algunos nombres como Olivia Rodrigo, Chappell Roan o Ariana Grande no sólo encabezan listas de éxitos, sino también una nueva forma de entender qué significa ser una estrella del pop.
Para entender este cambio, hemos hablado con Laura Ortiz Tadeo, 'coach' para músicos y artistas con más de 8 años de carrera, y con Nerea Palomares, doctora en Psicología especializada en artistas y directora del título de Experto en Intervención Clínica en Psicología de las Industrias Musical, Audiovisual y Escénica de la Universidad Complutense de Madrid. Ambas coinciden en una idea de fondo y es que la vulnerabilidad ha dejado de ser un riesgo para convertirse en una forma de conexión. "Ya no admiramos únicamente a la artista perfecta e inalcanzable. La vulnerabilidad ya no se percibe necesariamente como un fallo en la imagen de una artista, sino como una forma de credibilidad", cuenta Ortiz Tadeo. Por su lado, Palomares lo resume en una idea similar: "Estamos empezando a dejar de idealizar a las artistas para ver que detrás de toda esa imagen pública hay personas de carne y hueso".
En ese nuevo mapa dentro de la industria pop, el nombre de Olivia Rodrigo (quien estrena este 12 de junio su nuevo álbum, 'You Seem Pretty Sad for a Girl So in Love') se ha convertido en uno de los más representativos. Su música se apoya en emociones que durante mucho tiempo se consideraron poco estéticas para una estrella pop: la rabia, los celos, la inseguridad o la comparación constante. Prueba de ello son sus canciones 'Jealousy, jealousy', donde la cantante da forma a la sensación de estar constantemente midiéndose con los demás, y 'Pretty isn't pretty', en la que convierte la presión estética en una narrativa emocional continua. Según la psicóloga Nerea Palomares, este tipo de emociones no sólo son inevitables, sino que cumplen una función clave: "La envidia y la comparación tienen una función de pertenencia ('yo quiero pertenecer a ese grupo que tiene…'), así que ahí tenemos mucha psicoeducación pendiente, para que podamos permitirnos sentir cualquier emoción. Son emociones maravillosas que nos dan muchísima información, es importante sentirlas. Sólo tenemos que cuidar lo que hacemos al sentirlas".
Para Ortiz Tadeo, este tipo de discurso conecta porque no se trata de emociones excepcionales, sino de algo profundamente cotidiano en la era digital: "Hoy se ha roto el estigma y admitimos que la imperfección no tiene por qué ser señal de una identidad artística frágil; muchas veces es precisamente lo que la vuelve reconocible". Asimismo, Palomares explica que "cuando escuchamos en palabras de otra persona exactamente eso que pasa por nuestra mente y nuestro cuerpo, se produce un gran alivio y nos sentimos comprendidas. Por eso tiene un impacto positivo en el bienestar". Sin embargo, Ortiz Tadeo subraya que la cantante tiene un verdadero valor diferencial que la aleja de otros artistas: "Olivia Rodrigo no intenta suavizar ni convertir esas emociones en algo más aceptable, sino que las integra en su relato y en su identidad artística". Esa honestidad, añade, es clave para la conexión con el público: "Al poner nombre a sentimientos que muchas personas experimentan, pero no siempre se atreven a reconocer, genera una identificación muy profunda".
A pesar de que Olivia Rodrigo se ha convertido en uno de los rostros más visibles de este cambio, no es un caso aislado, pues artistas como Chappell Roan o Ariana Grande también han incorporado a su música emociones complejas, contradictorias y poco comunes hasta el momento. En canciones como 'Casual', de Roan, o 'Don’t Wanna Break Up Again', de Grande, las relaciones dejan de presentarse como historias cerradas para mostrar algo mucho más incómodo que es la dualidad en las emociones. Para Ortiz Tadeo, ahí está precisamente la potencia de sus letras: "Las relaciones también tienen zonas grises y todos hemos experimentado esa ambivalencia. Hoy valoramos especialmente a los artistas que no nos dan una respuesta cerrada e idealizada".
Por su parte, Palomares interpreta estas dos canciones mencionadas desde una perspectiva más social: "Las mujeres ya no compramos el discurso de la dependencia (ni emocional, ni económica ni de ningún tipo), además de que estamos hartas de tener que asumir que la responsabilidad de lo que ocurre en las relaciones es nuestra. Reconocer el patrón de sumisión o dependencia y romperlo es una señal de cambio". Así, lo que antes podía leerse como "demasiado dramático" o excesivamente emocional, ahora se percibe como un espacio de identificación. El público ya no busca relatos que tienen un principio y un final cerrados, sino espejos emocionales en los que reconocerse, incluso en sus contradicciones.
En este nuevo escenario, la autenticidad se ha convertido en un valor central para el éxito, pero no como sinónimo de transparencia absoluta, sino como coherencia narrativa entre lo que un artista es, lo que expresa y lo que decide mostrar. Para Ortiz Tadeo, ese equilibrio es clave: "La autenticidad es la base de una identidad artística y de una carrera sólida". Sin embargo, matiza una idea importante: "Ser auténtica no significa exponer toda tu vida ni mostrarte sin ningún filtro; sino mantener una coherencia entre quién eres, tus valores, lo que creas y la manera en la que te presentas ante el público".
En este sentido, la 'coach' cree que la conexión entre el público y el artista no depende al 100% de cómo se cante o interprete un tema: "La técnica sigue siendo fundamental, pero por sí sola no siempre es suficiente para generar una conexión emocional con el público". Y añade una reflexión clave sobre la percepción actual de la perfección: "Cuando alguien intenta parecer perfecto constantemente, puede terminar generando rechazo, porque lo interpretamos como poco realista". Por su lado, Palomares coincide en que el cambio no es sólo estético, sino también estructural. "La idea del artista inalcanzable del que no se sabe nada ha terminado. Por eso, las artistas son cada vez más auténticas, tanto en cómo se muestran como en sus canciones, porque la incoherencia entre el personaje público y el privado es muy difícil de sostener".
Quizás el verdadero giro no sea la desaparición de la idealización en sí, sino en cómo la utilizamos, pues ya no idealizamos la perfección, sino la vulnerabilidad. Así, Laura Ortiz Tadeo abre un nuevo horizonte muy interesante que conecta más que nunca con este proceso de transformación: "El nuevo ideal es la artista que utiliza sus experiencias como una herramienta creativa, establece sus propios límites y participa activamente en las decisiones artísticas y empresariales de su carrera. Ya no necesita parecer impecable: necesita resultar auténtica". De la misma manera, Nerea Palomares habla de la gran tarea pendiente que tenemos como sociedad para ayudar incluso más a esta normalización artística: "Creo que eso se refleja en Olivia Rodrigo y en otras artistas que se permiten ser ellas mismas en las entrevistas y en el escenario [...]. Aun así, tenemos que fomentar el respeto dentro de la industria musical y de otras industrias, pero siento de verdad que vamos avanzando y que la honestidad y la vulnerabilidad cada vez forman más parte de la música que escuchamos".
Con todo ello, lo que podemos entender es que esa autenticidad que ahora pedimos como fans no es una ausencia de construcción, sino su forma más sofisticada. Las estrellas pop no han dejado de ser un relato, sino que han aprendido a narrarse desde una grieta, desde un abismo compartido que conecta profundamente con las emociones universales más humanas que todas conocemos. Ahora, la perfección ya no se esconde detrás del artificio, sino dentro de la propia emoción.
Álvaro Alonso es redactor de actualidad y ‘celebrities’ en Cosmopolitan y experto en famosas y cultura Y2K desde hace varios años. Si no está escribiendo, seguramente esté encontrando las mejores anécdotas y contenidos en redes sociales sobre los años 2000s y las tendencias de moda que vuelven a llevarse hoy en día. Es un apasionado de los realities show, por lo que conoce al detalle las vidas de las hermanas Kardashian y todas esas palabras y expresiones de la cultura pop que la Generación Z utiliza.
En su día a día en Cosmopolitan, Álvaro Alonso está enfocado a la redacción de contenidos de celebrities y actualidad, siempre con tilde ‘fashion’, pues es un apasionado de las pasarelas. No se le escapa ningún contenido que se haga viral en Instagram, Twitter y TikTok. Conoce muy bien las redes, pues compagina la redacción con la creación de contenidos, sobre todo en TikTok, donde comparte vídeos non-stop. Álvaro Alonso está graduado en Periodismo por la Universidad Rey Juan Carlos y estudia un Máster en Comunicación Audiovisual en la Nueva Era Digital por la Universidad Complutense de Madrid.
Comenzó a escribir como redactor en una agencia de comunicación sobre contenido de actualidad en la Comunidad de Madrid, pasando por varios medios digitales e impresos como Togayther, donde escribe cada vez que puede sobre moda, televisión, ‘celebrities’ y contenido enfocado desde la perspectiva LGTBI. De la misma forma, en Why Not Magazine colabora de manera frecuente, hablando sobre temas de cultura, música y televisión.















