Llegan las vacaciones y, con ellas una decisión importante: ¿dónde escaparse unos días? Seguramente ya has recorrido buena parte de Europa y ahora buscas destinos nuevos y originales. Es el momento de mirar a destinos más especiales como Bretaña, la región situada en el extremo noroeste de Francia, que es conocida por sus acantilados azotados por el Atlántico, sus faros imposibles, sus pueblos pesqueros y su gastronomía marinera. Todo realmente precioso. Pero existe otra Bretaña menos conocida, que conserva la misma autenticidad y suma un atractivo inesperado, ser más urbana.
Nuestro viaje arranca en Brest y termina en Quimper. O al revés. Ya sabemos que el orden lo decides tú porque funcionan igual de bien. Precisamente ahí reside parte de su encanto: ninguna de las dos ciudades eclipsa a la otra. Son dos maneras muy distintas de entender un mismo territorio y, juntas, construyen uno de esos city breaks que sorprenden precisamente porque no se parecen a ningún otro.
Brest, donde el agua del Atlántico marca el ritmo
Brest invita a empezar el viaje mirando hacia el océano. Aquí el mar no es un simple paisaje de fondo, sino el elemento que da forma a la ciudad, marca su ritmo cotidiano y explica buena parte de su personalidad. A diferencia de otras localidades bretonas que seducen desde el primer vistazo con sus calles medievales o sus casas de piedra, Brest juega otra partida.
Su atractivo reside precisamente en esa mezcla de puerto, arquitectura contemporánea y espíritu creativo que mira constantemente hacia el Atlántico. Basta cruzar, pasear junto a la rada o detenerse en alguno de sus antiguos espacios industriales reconvertidos para comprender que esta es una ciudad que ha sabido reinventarse sin perder su identidad marítima.
Hay, además, una sensación difícil de explicar que acompaña al visitante desde el primer momento: la de encontrarse ya un poco lejos de todo, como si el viaje hubiera comenzado mucho antes de abandonar la ciudad.
La mejor forma de entenderlo es comenzar cruzando el río Penfeld en el teleférico urbano. En apenas unos minutos las cabinas ofrecen una panorámica privilegiada antes de llegar a los Ateliers des Capucins, uno de los grandes símbolos de la transformación de Brest. Lo que durante décadas fue un enorme complejo dedicado a la construcción naval es hoy una inmensa plaza pública cubierta donde conviven librerías, cafés, restaurantes, un cine, una mediateca, espacios culturales e incluso un rocódromo. Un ejemplo perfecto de cómo una ciudad puede reutilizar su pasado industrial para construir un presente mucho más dinámico.
Muy cerca aparece otro de esos rincones que ayudan a entender Brest. La calle Saint-Malo, única superviviente del Brest anterior a la Segunda Guerra Mundial, conserva el ambiente de otra época entre casas bretonas del siglo XVII y antiguos lavaderos. Apenas unos minutos más lejos vuelven a aparecer los murales gigantes del proyecto Crimes of Mind, que han convertido numerosas fachadas en un auténtico museo al aire libre y demuestran que aquí el arte urbano también forma parte del paisaje cotidiano.
Y, por supuesto, siempre está el mar. Resulta difícil resistirse a embarcar en alguno de los históricos veleros que navegan por la rada de Brest. Subir a bordo de la goleta La Recouvrance o del antiguo barco pesquero Loch Monna permite contemplar la ciudad desde la misma perspectiva que durante siglos tuvieron marineros y exploradores.
Una ciudad que también se saborea
Esa mezcla entre tradición y creatividad también se aprecia en la mesa. Para una comida informal, Ravito es una apuesta segura que sirve una cocina sencilla con producto local hecho de manera contemporánea. También Peck & Co, por su parte, seduce con platos frescos en un ambiente relajado, mientras que Désordre representa esa nueva generación de restaurantes que reinterpretan la gastronomía bretona desde una mirada mucho más creativa.
Cuando cae la tarde, muchos vecinos terminan en LA PAM. Antiguamente fue una imprenta y hoy funciona como uno de los espacios culturales más vivos de Brest. Restaurantes, una microcervecería, talleres de artistas, una librería solidaria, coworking e incluso un pequeño museo conviven bajo el mismo techo, por lo que más allá de ser un lugar para tomar algo, resume bastante bien el espíritu actual de la ciudad.
Para dormir, tenemos hoteles como Le Conti, con un elegante aire Art Déco y un agradable spa, o Barracuda Hotel & Spa, junto a la marina, completan esa combinación entre diseño contemporáneo y espíritu marítimo.
Antes de marcharnos conviene reservar un pequeño espacio en la maleta para descubrir el trabajo de Minuit. La artista bretona transforma agua recogida en distintas costas del mundo en delicadas acuarelas donde el océano deja literalmente su huella sobre el papel.
Quimper, la mejor forma de bajar el ritmo
Después de Brest llega el momento de cambiar completamente de escenario. Apenas una hora separa ambas ciudades, pero la sensación es la de haber cambiado de país. Quimper nos invita inmediatamente a caminar despacio. Aquí no hace falta seguir un itinerario marcado. Basta con dejarse llevar por las calles empedradas que rodean la catedral de Saint-Corentin, detenerse frente a las fachadas de entramado de madera, cruzar alguno de los puentes sobre el río Odet o entrar sin prisa en las pequeñas tiendas de artesanía que aparecen casi en cada esquina.
La ciudad mantiene intacta su identidad histórica, pero evita convertirse en un decorado para turistas. Sus museos, galerías, talleres y festivales mantienen viva una tradición artística profundamente ligada a la cultura bretona. El Museo de la Faïence recuerda por qué Quimper, reconocida como capital de la cultura bretona, continúa siendo una referencia internacional de la cerámica, mientras que el barrio de Locmaria reúne nuevos talleres donde diseñadores y artesanos reinterpretan ese legado desde una mirada contemporánea.
Esa misma capacidad para reinventar la tradición se aprecia también en la Distillerie des Menhirs, que aunque no está en el mismo Quimper, sino en Plomelin (a unos 6 km), donde cinco generaciones de una misma familia llevan décadas trabajando con dos de los grandes productos de Bretaña: la manzana y el trigo sarraceno. En 1999 dieron un paso que nadie había dado antes al elaborar el primer whisky del mundo destilado a partir de trigo sarraceno. Un proyecto que resume a la perfección el carácter de Quimper y de toda la región: orgullosa de su herencia, pero siempre dispuesta a reinterpretarla con creatividad y personalidad.
También aquí la gastronomía juega un papel protagonista. Más allá de las clásicas creperías, Yolo Bistrot apuesta por vinos naturales y producto de temporada, mientras que Eskemm sorprende con una cocina creativa elaborada a partir de ingredientes locales en una de las casas más antiguas del Finisterre francés. Por último, Maison Kerogan ofrece una propuesta bistronómica con vistas al Odet que invita a prolongar la sobremesa.
Por la noche, Le 10 de Cœur demuestra que incluso un bar de juegos puede convertirse en uno de los lugares más elegantes de la ciudad, mientras que alojamientos como La LaSaul o el Hôtel & Spa Ginkgo mantienen esa misma mezcla entre diseño, calma y hospitalidad.
Un recuerdo que sí merece sitio en la maleta
Quimper también invita a volver a casa con algo más que fotografías. La mítica camiseta marinera de Armor Lux, fabricada aquí desde 1938, sigue siendo uno de los grandes iconos del estilo francés. Muy cerca, la artista Nolwenn Le Lay reinterpreta la iconografía bretona con un lenguaje lleno de color en su Atelier Couleur & Verre.
Y para los más golosos siempre queda una caja de las tradicionales crêpes dentelle elaboradas artesanalmente por la histórica Biscuiterie de Quimper.
¿Lo mejor de esta escapada? Que nunca nos obliga a elegir: Brest aporta el océano, la arquitectura contemporánea y una energía que nos llena de vida, mientra que Quimper responde con patrimonio, gastronomía, artesanía y ese ritmo pausado que invita a disfrutar de cada paseo. Separadas por poco más de una hora, juntas construyen una forma distinta de descubrir Bretaña. Una más auténtica y que nos da la sensación de haber encontrado un destino que todavía conserva la capacidad de sorprendernos. Lo dicho, merece la pena.























