Alice Kellen escribe como quien observa una herida a contraluz: sin apartar la mirada, pero sin necesidad de hacer ruido. A lo largo de los años, novela tras novela, ha convertido lo cotidiano en un refugio para millones de lectores y las emociones en un universo propio, construyendo historias donde lo importante no es lo que ocurre, sino eso que se queda latiendo después. Cuando cierras uno de sus libros, sabes que es ahí: que has vuelto a encontrar un sitio al que regresar.

En 2026, mientras su nombre resuena con más fuerza que nunca, la autora valenciana vuelve con ‘El Club del Olvido’, una novela que se detiene en uno de los vínculos más complejos: las amistades que se resquebrajan. ¿Qué pasa cuando te detienes y te das cuenta que las personas que te rodean ya no son las mismas que crecieron contigo? ¿Cómo se sostiene lo que aún parece existir cuando todo lo demás cambia tan deprisa?

Editorial Planeta 'El Club del Olvido', de Alice Kellen

'El Club del Olvido', de Alice Kellen

Empecemos echando la vista atrás. ¿Qué crees que pensaría la Alice de 2013 si pudiera ver todo lo que va a conseguir durante los siguientes trece años?

Estaría realmente asombrada: empezaría sin ningún tipo de expectativa, sin imaginarse siquiera viviendo de la literatura tanto tiempo después. Cuando tienes muy focalizada la meta que quieres conseguir, es más fácil que aparezca la frustración a si simplemente estás en el camino y no te paras. No te paras a pensar hacia dónde vas porque sólo disfrutas del viaje, que creo que es lo que llevo haciendo todos estos años.

“Es el año de Alice”, así definen el 2026 muchas personas de tu entorno. ¿Tú también lo sientes así? ¿Sientes que es tu año?

Entiendo que se vea así porque el año pasado no saqué novedad, fue la reedición de ‘Sigue lloviendo’, y ahora se junta el nuevo libro con las adaptaciones audiovisuales de ‘Todo lo que nunca fuimos’ y ‘El mapa de los anhelos’. A veces abruma esa sensación de que salga todo de golpe, de que haya tanta exposición, pero al mismo tiempo estoy muy feliz. Espero que ‘El Club del Olvido’ encuentre su pequeño espacio y funcione bien, igual que las películas. Ojalá todo se mantenga en un equilibrio.

Nueva novela, dos adaptaciones en camino... ¿Qué te falta por cumplir?

Nada, ya he conseguido más de lo que soñaba lograr. Nunca he sido una persona muy ambiciosa; de hecho, soy de esas que juega a juegos de mesa y mira con fascinación a los que están matándose por la partida enfrente de mí. Creo que ya está bien y espero a que la vida me continúe sorprendiendo, disfrutando de lo que pueda llegar. Y siempre desde una perspectiva de agradecimiento, claro, porque acabas entendiendo que esto es gracias a la gente que te lee, que te sigue desde el principio y que conecta con lo que haces.

Como no hay expectativas por el futuro, centrémonos entonces en el nuevo libro. Con una planta que agoniza comienzas ‘El Club del Olvido’. ¿Qué te daba el dolor que no la alegría para escribir la historia de los protagonistas de esta novela?

Esa planta que agoniza tiene que ver con esas amistades que nos acompañan desde la niñez y la juventud. Es una planta que está viva, no está muerta, pero ves que está marchitándose. Es un detallito muy pequeño, pero probablemente sea el comienzo de todo y simbolice eso: las amistades que se mantienen desde la terquedad, desde lo mínimo ya, pero hay algo que las sigue manteniendo vivas.

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Javier Ocaña

Samuel, Abel, Max y Tristán. Cuatro amigos, una chica y un bar de copas. ¿Cómo nacieron estos personajes tan diferentes y, al mismo tiempo, tan humanos?

Tuve la idea de desarrollar una novela completamente de personajes y que estuviera situada en un lugar muy específico; en ese club de copas, en el Club del Olvido. Al manejar a cinco personajes a la vez, me obligaba a que todo estuviera muy bien coreografiado. Lo más difícil fue crearlos a ellos y hacer que tuviesen una raíz común; que, en el caso de los cuatro amigos, es el barrio en el que han crecido, germen de su relación.

Espero que ‘El Club del Olvido’ encuentre su pequeño espacio y funcione bien, igual que las películas

¿Por qué una trama tan coral?

Quería que cada personaje se diferenciase del otro y poder añadirles muchos detalles para hacerlos, como tú dices, humanos. Tienen muchas luces y sombras, se van viendo todas sus aristas. Al final, digamos que mi idea al escribir este libro era un poco hablar de qué sucede cuando vas creciendo y te vas desconectando de esas personas a las que, de algún modo, aún quieres. Para mí, es un amor muy bonito; hay amor, cariño, lealtad y unión. Todos saben mucho de todos, pero también comienzan a desconocerse porque van madurando de forma diferente, y en esa incomprensión es donde quería profundizar.

¿Qué trazarías en el mapa individual de cada uno de los chicos?

Samuel es el impulso, la diversión y el ahora, pero también la lealtad y la niñez. Es el que quizá mantiene más despierto ese juego de la infancia y esa mirada más inocente. En el caso de Abel, nunca había escrito a un personaje así: es el conformismo, la generosidad, la inseguridad y una persona camaleónica, para bien y para mal.

Max, por su parte, es muy crítico, más quejicoso, pero tiene una profundidad mayor que Samuel y Abel. También representa ese enfado, con el mundo y consigo mismo por las decisiones que arrastra. Y Tristán se mueve más en la melancolía, en la sensibilidad y en el hermetismo.

¿Y qué hay de ella, de Dalia? Ese punto de luz para estos cuatro amigos, pero a la vez “bella y dolorosa”, como la describes en la novela.

Me resulta bastante difícil describirla sin hacer ‘spoilers’ porque Dalia para mí sería como el trampantojo de la historia. El reto a la hora de escribir este personaje era contener la información hasta el final y que se la fuese conociendo como en la vida misma: poco a poco hasta completar todo el puzle. Ver qué se guarda, qué expone, qué finge y qué no… Observarla, pero desde la realidad.

En todos ellos se continúan percibiendo sus rasgos más niños, pese a su edad. ¿En qué momento perdemos la inocencia?

Creo que, en esta novela, cada uno lo hace de una manera muy diferente: Samuel y Abel son los más inmaduros, pero a Max y Tristán, por ejemplo, sí que se les nota que, por las circunstancias que han vivido, se han visto obligados a crecer más rápido.

También es cierto que, dentro de un mismo grupo, no te relacionas por igual con todos. Cada persona cambia en base a con quién esté, que es algo que les ocurre a ellos, pero como a ti y a mí. Cada uno se muestra más o menos maduro dependiendo de a quién tenga enfrente.

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Javier Ocaña

Juegas también con la idea de la vida como escenario y del día a día como espectáculo. Estos personajes se esconden mucho en sí mismos. ¿Cómo dejan de hacerlo y se descubren tal y como son?

Ni siquiera es algo consciente. A veces la vida te pasa por encima, te aplasta y ya no puedes continuar ignorando esa realidad que llevabas ocultando tanto tiempo. Todos hemos pasado o pasaremos por un momento de estancamiento, pero también hay que aprender a enfrentarlo.

Si me lo permites, añadiré un sexto personaje: las cicatrices. ¿Las heridas mal cicatrizadas se acaban curando?

Algunas sí, otras no. Nadie tiene una vida sin marcas. Todos llevamos una mochila llena de cicatrices, pero convivimos con ellas porque forman parte de nosotros. Si las borrásemos, nada tendría sentido, ¿no crees? Seríamos como una hoja en blanco. Por eso debemos hacer un ejercicio de introspección y ser conscientes de cuáles son esas heridas mal curadas.

Todos hemos pasado o pasaremos por un momento de estancamiento, pero también hay que aprender a enfrentarlo

¿Qué les pesa tanto a estos protagonistas?

La vida en general. Dalia es más particular, pero los chicos no tienen unas vidas tan distintas a la que pueden tener ahora mismo mis vecinos del barrio. Esos conflictos que tienen, esos anhelos, esos problemas e inseguridades son bastante cotidianos. No hay bombas ni persecuciones en mis novelas porque lo que se me da bien es ahondar en las pequeñas cosas que todos tenemos.

Escribes: “Nunca hay que alejarse de los que están contigo cuando te haces las primeras cicatrices”. Es curioso porque, a diferencia de tus anteriores novelas, la atención de ‘El Club del Olvido’ está en la amistad. ¿Qué significa para ti?

Esa frase la dice Samuel porque es el que más idealizada tiene la amistad desde la niñez. Para mí, el concepto ha cambiado con el paso del tiempo, pero también lo veo como algo ambiguo. Yo entiendo y empatizo con cada personaje de la novela: me ocurre lo mismo que a Samuel, por ejemplo, porque soy incapaz de soltar a las personas que quiero y de las que llevo siendo amiga desde los 3 años.

Al final, la amistad la concibo como una manera de conectar con otra persona. Igual que el amor, es una gran conversación. Una conversación inagotable. Esa sensación de estar hablando con una amiga y, al mirar el reloj, darte cuenta de que han pasado las horas y sólo habíamos quedado para tomar un café a las once, y ahora son las cinco.

La amistad la concibo como una manera de conectar con otra persona

¿Crees, por tanto, que todas las personas somos estaciones de paso?

Hay muchas que sí lo son, es algo indudable. Puede que, en un momento dado, conectara con alguien y, de repente, ese asombro se desvanece; o simplemente la recolocas en otro punto de tu vida. Es muy difícil conectar con una misma persona durante tantos años sin que haya subidas y bajadas. La amistad no deja de ser un tipo de amor: te tienes que enamorar de esa persona desde la absoluta fascinación para querer verla, al menos a menudo.

También creo que esto es bonito, ¿no? Yo no le doy menos valor a ese tipo de amistades. Hay gente que te marcó mucho en un momento determinado y, cuando lo recuerdas, lo haces desde el cariño más sincero.

Del amor, por el contrario, dices: “Pensaba en lo terrorífico que es enamorarse”. ¿Por qué crees que nos da tanto miedo querer?

Para enamorarte y para que se enamoren de ti tienes que estar dispuesta a mostrar tus vulnerabilidades y acoger también las de la otra persona. Debes dejar ver tus grietas y permitir que alguien pase por ellas. Da miedo, obviamente, pero está claro que todo en la vida conlleva un riesgo. Hasta para hacer aquello que te gusta, como ir al cine o leer un libro en una tarde perezosa, implica siempre romper una pequeña barrera inicial.

No hay bombas ni persecuciones en mis novelas porque lo que se me da bien es ahondar en las pequeñas cosas que todos tenemos

Hoy, la historia deja de ser tuya para llegar hasta tus lectoras. Hablando de inseguridades, ¿te da miedo que no entiendan tu cambio de tono de uno más juvenil a otro más adulto?

Claro, siempre da vértigo. Recuerdo que, cuando se publicó ‘El mapa de los anhelos’, también iba con un cierto miedo porque era una historia más familiar, pero con mucho drama detrás. Luego terminó gustando.

Y mira hasta dónde ha llegado ‘El mapa de los anhelos’.

Exacto. También quiero pensar que, al haber tantos personajes en ‘El Club del Olvido’, si no te identificas con uno, tienes cuatro más. Es decir, cada uno tiene pequeños rasgos que funcionan como un espejo y es fácil sentirse identificada con ellos en algún momento de la trama. Cuando iba escribiendo el libro, siempre pensaba: “Ojalá deseen que el Club del Olvido hubiese existido”. Ya veremos a ver si consigo o no que tengan esta idea.

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Javier Ocaña

¿Qué lección te gustaría regalarles con ‘El Club del Olvido’?

No tengo ninguna intención de aleccionar, pero creo que la idea principal es esa: la amistad, el amor, la familia, el paso de la juventud a la madurez, los cambios, los caminos… Si logran entender un poquito a cada personaje y a visualizarlos como si fuesen de carne y hueso, ya me doy por satisfecha.

¿Y a ti? ¿Te regalas alguna después de haber escrito esta historia?

Me ha encantado profundizar en la historia de amor, aunque no puedo contar demasiado sobre ella. Y, por supuesto, también me ha gustado mucho tratar el tema de la amistad, que es algo a lo que no había dado tanto protagonismo en mis anteriores historias. Indagar sobre esas amistades que llevamos con nosotros desde la infancia, que son ya familia, pero cuyos caminos se van bifurcando poco a poco.

“Lo que pase en el Club del Olvido se queda en el olvido”. Para terminar, si pudieras vivir una noche en el club, ¿qué te gustaría dejar dentro al salir de allí?

Me hubiese gustado vivir allí una de esas noches con mis amigos en las que ocurren anécdotas que sólo entienden las personas que las vivieron en ese momento. Esas experiencias que, aunque pasen 20 años, vuelves a quedar y continuáis recordándolas, aunque ya no sepas qué pasó en realidad y qué se ha vuelto ficción con el paso del tiempo.