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Leer es mucho más que pasar una página tras otra. Es viajar sin moverte del sofá de casa, enamorarte de historias que parecen que se asemejan a las tuyas y descubrir emociones que creías anestesiadas, dormidas. En un mundo cada vez más acelerado, abrir los libros se ha convertido en uno de los placer más íntimos y transformadores que existen. Y cuando se trata de una autora capaz de enganchar a millones de lectoras en todo el mundo, la experiencia es aún más especial.
Anna Todd es, sin duda, una de las voces más reconocidas de la narrativa romántica contemporánea. Si has hecho clic en este artículo, probablemente sea porque descubriste a esta escritora estadounidense gracias a la saga ‘After’: aquella historia que comenzó en la plataforma de Wattpad, inspirada en esa ficticia personalidad rebelde de Harry Styles en su época de One Direction, y que terminó siendo un fenómeno editorial global. Su capacidad para crear personajes llenos de intensidad, relaciones complejas y tramas adictivas la ha consolidado como una ‘best seller’.
Este próximo 29 de abril, Anna Todd promete conquistar de nuevo las librerías y nuestros corazones con ‘Sunrise. El último amanecer’ (ed. Planeta Internacional), su nuevo libro. Pero si eres de las que no pueden esperar, estás de suerte: en COSMOPOLITAN te damos la oportunidad de leer los dos primeros capítulos antes que nadie. Sólo tienes que registrarte en nuestra web a través del formulario que encontrarás en esta página y accederás directamente a este adelanto que hemos conseguido exclusivamente para ti.
En ‘Sunrise. El último amanecer’, Oriah Pera (o Ry), una joven marcada por problemas de salud y una madre excesivamente sobreprotectora, ve en un verano en Mallorca la oportunidad de empezar a vivir. De vivir en mayúsculas, de verdad. Allí conocerá a Julián, un chico que despierta en ella emociones y experiencias completamente nuevas. Pero a medida que la conexión crece entre ellos y que el verano llega a su fin, Ry deberá decidir si es capaz de arriesgarlo todo o no para seguir su corazón.
Si eres fan de las historias que te hacen sentir, que te mantienen pegada a las letras y que te dejan siempre con ganas de más, este es tu momento. No pierdas la oportunidad de ser la primera en descubrir cómo comienza la nueva aventura literaria de Anna Todd.
Prólogo
Cierro los ojos mientras floto, ligera como una pluma, fundiéndome con las olas. Dejo que el agua tibia, salada, se lleve mi miedo y mi destino, se apodere de mi tristeza y mi dolor. Mi cuerpo se ha convertido en mi enemigo, quizá lo haya sido siempre, pero ahora lo he aceptado. La balanza de la justicia se ha inclinado, y apenas lo soporto, ni la injusticia, ni el resentimiento. El único lugar en el que sólo soy una partícula más de la tierra es este, el agua. Al mar le da lo mismo la enfermedad o la salud, la vida o la muerte, el amor o el odio. Está en equilibrio, siempre en continuo cambio, nunca anhela más o menos de lo que tiene, nunca se detiene o se estanca. Sigue rugiendo, nos mantiene a flote.
Si no fuese tan cínica, me motivaría su perdón, pero ahora en mí hay amargura y me cuesta apreciar algo tan elegante, tan justo. Ingenuo y fácilmente explotado. No hay nada fastuoso o lujoso en el agua, y aunque nuestra supervivencia depende de ella, la maltratamos, la agotamos, la contaminamos, pero así y todo vuelve a nosotros, siempre, para nutrirnos y mantenernos con vida mientras nosotros nos empeñamos en acabar con ella. Si yo fuese el mar, arrasaría cada centímetro de este mundo y no lo lamentaría.
Capítulo 1
La señal de abrocharse el cinturón de seguridad del avión me devuelve al presente. Mis ojos parpadean y se abren despacio, dan la bienvenida al sol que entra a raudales por la pequeña ventana del aparato. La azafata se aproxima con una sonrisa afable, los tacones resonando a cada paso, y se inclina para hablarme. Huele a coco y sol, aunque llevamos más de doce horas en un avión.
–¿Necesita alguna cosa más antes de que aterricemos, señorita Oriah? –me pregunta.
Niego con la cabeza, susurro un gracias.
Tiene un bonito acento, ¿italiano quizá? He dormido durante la mayor parte del vuelo, así que casi no he interactuado con ella durante la travesía sobre el Atlántico Norte. Espero que ello le haya facilitado la jornada y que mi madre no la haya mareado en exceso durante nuestro vuelo privado. Cuando mi madre me dijo que íbamos a volar, cosa que no he hecho muy a menudo y apenas recuerdo, tenía ganas de vivir el ajetreo y el bullicio del abarrotado aeropuerto, escuchar conversaciones de desconocidos y observar a la gente. Incluso las colas y los pasajeros estresados que habían salido de casa demasiado tarde, que iban con la lengua fuera mientras pasaban el control de seguridad. El caos parecía emocionante, pero la empresa de mi madre, SetCorp, tuvo la gentileza de poner a nuestra disposición uno de sus numerosos 'jets' privados para ir a España, algo de lo que no me quejaría a nadie salvo a mi madre, pero que se me antojó un pelín excesivo y un derroche. El viaje fue perfecto, tranquilo y lujoso, como le gustan a mi madre que sean sus viajes de negocios.
La miro sentada frente a mí mientras se aplica cuidadosamente una capa de lápiz de labios borgoña intenso. No me sorprende lo más mínimo. Llenó su maleta de cabina de productos de belleza para asegurarse de que no se saltaba su rutina de cuidados faciales, todo un ritual. Respeto la disciplina, y sin duda alguna le funciona, pero a mí me basta con unos pocos pasos por la mañana, no tengo tanta energía. Y eso que adoro ver a otras personas en internet llevar a cabo sus rutinas de belleza antes de irse a la cama, pero en mi caso no es realista.
Me inclino y agarro el asa de la 'tote' de Dior de mi madre, con su nombre bordado, otro regalo de su jefe, y me lo acerco. Cojo el paquete de toallitas desmaquillantes para el rostro, saco una y me la paso por la piel desnuda. El olor a pepino inunda mis sentidos, me hace estornudar, lo que a su vez hace que a mi madre le invada un ligero pánico momentáneo. Mi sensible sentido del olfato debería ser la menor de sus preocupaciones; sin embargo, incluso un estornudo provoca una reacción en su cuerpo.
–Vi en un vídeo que las toallitas dañan la barrera de la piel y que ahora lo mejor es el aceite desmaquillante –comenta, y sus ojos oscuros pasan de las toallitas a mí. Está aldía de todas las tendencias en belleza, las sigue religiosa-mente. Yo soy más de ver vídeos de gatos y de gente que se cae, pero para gustos, colores.
Sonrío mientras saco otra toallita del pequeño y arrugado paquete.
–No tengo a mano aceite desmaquillante, pero lo tomaré en consideración en el futuro.
Mi madre sonríe, y mi sarcasmo hace que ponga los ojos en blanco. Somos dos caras de distintas monedas, siempre lo hemos sido, siempre lo seremos. Llevamos una existencia discreta en el mundo de la otra, pero no conectamos del todo. Una burbuja de esperanza se desliza por mi pecho al pensar que, al estar en la ciudad en la que nació, algo cambiará. Que sus murallas se desmoronarán un poco.
–¿Te has tomado las pastillas? –Su voz parece algo más cansada que de costumbre; se ha pasado el vuelo entero trabajando. Siempre está al teléfono, en Zoom o grabando notas de voz. He aprendido a no oír su voz el no-venta y nueve por ciento del tiempo.
Asiento y me trago el ligero sentimiento de culpa. Sus ojos buscan a la auxiliar de vuelo, que hace un gesto afirmativo, uniéndose a mí en el engaño. Le dedico una sonrisa.
–¿No has dormido nada? –le pregunto a mi madre.
Devuelve la barra a su estuche y hace un sonido sordo con los labios.
–Dormiré esta noche, cuando terminen las reuniones.
No quería alterar mis biorritmos.
¿Qué biorritmos? Mi madre no duerme nunca. Lo sé con certeza. Pongo los ojos en blanco y después la miro para que sepa que no cuela. No le importa lo más mínimo; pasa a aplicarse rímel en las largas pestañas. Desliza el cepillito arriba y abajo, se pinta los extremos con el líquido negro azabache. Yo me pongo la lentilla metódicamente para evitar los constantes comentarios sobre mis ojos incluso al otro lado del mundo.
Me recuesto y suspiro mientras contemplo por la ventanilla del 'jet' de la empresa el tranquilizador y vibrante mar que se extiende más abajo. Estamos a unos diez minutos de aterrizar y no puedo evitar la sonrisa que me asoma a los labios. Por fin ha llegado, mi verano de libertad, mi gran hurra. Mi mayoría de edad comienza a los veintitrés años, y nunca he estado más preparada. Igual que al protagonista de una película de los años noventa, este viaje me cambiará la vida. Por fin descubriré quién soy, cuál es el sentido de la vida... Puede que incluso me enamore. Suelto una risita y me tapo la boca al pensar en lo absurda que es la idea. En lo inútil que sería eso.
–¿No es impresionante? –me pregunta en voz baja la azafata.
Hago un gesto afirmativo mientras contemplo boquiabierta las vistas, y eso que ni siquiera hemos aterrizado aún.
–Es la primera vez que vengo a Europa. La primera vez que salgo de Estados Unidos, de hecho –le confieso.
Sus ojos color avellana se abren mucho.
–¿En serio? –inquiere, sin dar crédito.
–Sí, ya. Seguro que doy la impresión de que viajo a menudo con este 'jet' privado que se carga la capa de ozono y que lleva la rutina de cuidados faciales de mi madre a bordo, pero me he subido a muy pocos aviones, y nunca lo he hecho por diversión. La verdad es que casi ni me acuerdo de ellos. –No le desvelo el motivo; lo último que necesito es dar más pena.
Se ríe, y ambas miramos a mi madre en toda su belleza. Ahora se está poniendo unos pendientes, unos gruesos aros de oro. La verdad es que es despampanante, de un modo aterrador, a lo reina malvada, una de las mujeres más guapas que he visto en mi vida, y ella lo sabe. Una cosa que admiro de mi madre es su seguridad, no sólo en su aspecto físico: desde poco menos que nada ha llegado a ser una de las mujeres mejor pagadas de su ramo. Cierto, no hay muchas mujeres en desarrollo e inversión de hoteles de lujo, pero así y todo es un gran logro.
–Esto le va a encantar –me asegura la azafata, obligándome a centrar mi atención de nuevo en ella.
Sonrío de oreja a oreja.
–Eso espero. Tengo muchas ganas –admito–. Usted tendrá un pasaporte lleno de sellos. ¿Hace mucho que es auxiliar de vuelo?
Saca un pasaporte color vino en el que leo "Repubblica italiana". Estaba en lo cierto, es de Italia. Va pasando página tras página, todas llenas de sellos, y me lo ofrece.
–Le prometí a mi hermana gemela que recorrería el mundo por las dos –me cuenta con una pequeña sonrisa, orgullosa de sí misma.
Paso un dedo por el sello de París de una de las páginas.
–Es una pena que ya no pongan tantos sellos, pero puede comprarlos usted misma y añadirlos. Es lo que hago yo ahora –me dice.
–Su hermana estará encantada, ha estado en todas partes. –Rusia, Brasil, México, los sellos y los visados continúan, y su pasaporte tiene el doble de páginas que el mío.
–Mi hermana... falleció el año pasado. Mierda.
–Cuánto lo siento. No...
Ella sacude la cabeza, el cabello oscuro se le aparta del hombro.
–No se preocupe. No quiero que se sienta incómoda. La gente siempre pone esa cara cuando hablo de ella, pero estaba en paz y a veces la muerte es un alivio. Pasé momentos maravillosos con ella, tengo recuerdos de esos que cambian la vida y que conservaré siempre. Estoy agradecida por tenerlos, por haberla tenido a ella en mi vida durante el tiempo que la tuve. Fue un regalo para mí, y no todos los regalos son para siempre.
Pienso un instante en lo que ha dicho. Qué forma más sana de ver y entender algo que está rodeado del mayor de los estigmas. La muerte siempre es algo que se teme, pero su manera de afrontarla me resulta refrescante.
–Es verdad. Tendemos a tener mucho miedo y juzgar cuando hablamos de la pérdida de alguien, pero usted lo está haciendo como se debería hacer. Es increíble, es usted increíble –reconozco con absoluta sinceridad, deseando haber adoptado yo ese enfoque cuando perdí a la persona a la que más unida estaba, aparte de mi madre.
–Gracias. –Sus mejillas cetrinas se tiñen ligeramente de rosa, y rodea con sus manos las mías con suavidad al recuperar su pasaporte–. El suyo se llenará pronto. Este viaje es sólo el principio.
No digo nada. No hay nada que decir, así que le devuelvo la sonrisa y me acomodo en el asiento, disfrutando de las vistas a medida que nos acercamos a tierra.
–Sólo el principio. –Repito sus palabras mientras el tren de aterrizaje del 'jet' toca el suelo.
Capítulo 2
El trayecto al hotel dura una media hora, y mi madre se la pasa al teléfono. Yo miro por la ventanilla intentando captar cada destello de belleza que veo. No me puedo creer que esté en Europa, en España, en la bonita isla de Mallorca. Me resulta surrealista. Tan distinta de a lo que estoy acostumbrada en Texas, y nada que ver con lo que imaginaba que sería. Todas las búsquedas de Street View en Google Maps, los 'reels' de Instagram y los tiktoks no me han preparado para la realidad. En el coche el aire es frío y, sin embargo, percibo el olor a mar. Cuando llegamos, el hotel también es más bonito que la imagen del que vi en internet. Parece un castillo, todo de piedra, que descansa al borde del mar; desde la entrada se oye el romper de las olas. Hay coches de lujo en fila alrededor de la curva del camino de acceso adoquinado y los 'valets' nos abren las puertas, se hacen cargo de nuestras maletas y las colocan en un carro portaequipajes con ruedas, nos acompañan al vestíbulo antes de que me dé tiempo a respirar. Ya dentro, un atractivo hombre vestido con una camisa blanca y pantalones de lino caqui nos ofrece una bebida de bienvenida. De un rojo vivo, con mucho hielo y una gran rodaja de naranja en el borde.
–Calimandria, nuestra deliciosa y refrescante especialidad. Bienvenidas a Mallorca. –Su sonrisa es cordial y cálida cuando voy a coger la copa.
La mano de mi madre me tira con suavidad de la muñeca, acercándose la bebida a ella.
–No deberías... –empieza. Recupero la copa con rebeldía.
–También es mi verano, ¿te acuerdas? Y es un cóctel.
–Finjo suplicar, pero me pienso tomar la puñetera bebida de todas formas.
Profiriendo un hondo suspiro, mi madre echa mano de la otra copa y la levanta para brindar conmigo. Caigo en la cuenta, con una ligera tristeza que me oprime el pecho, de que no hemos brindado nunca y es probable que esta sea la última vez. "Deja de ser tan agorera", me digo, y añado una sonrisa.
–Por tu verano, nuestro verano, en mi lugar preferido del mundo. Espero de verdad que forjes recuerdos para toda la vida. Disfrutemos juntas del tiempo que vamos a pasar aquí, ¿te parece?
Asiento, sonrío y bebo un sorbo del frío cóctel. Sabe ligeramente amargo, pero de un modo adictivo. Es muy fresco y exótico. Empiezo a sentir que aquí, en esta isla, me estoy transformando en una mujer distinta, y eso que acabamos de llegar. Me dejo influir con facilidad por las cosas pequeñas de la vida, lo que confío que haga que cada momento aquí me cambie más la vida incluso.
–Si tiene la bondad de seguirme, señora Pera. –El hombre que nos ha ofrecido las bebidas hace un gesto con la mano que no sostiene la bandeja ahora vacía.
Sigo la trayectoria de sus ojos hasta el mostrador de recepción mientras mi madre lo corrige: "Señorita". Tras él no hay nadie cuando nos aproximamos. El teléfono de mi madre le suena en el bolso, y lo coge mientras esperamos y apura el cóctel. Intento seguirle el ritmo y decido beberme lo que me queda de un trago. Es refrescante y me calienta el estómago. Le doy la copa al hombre y mi madre hace otro tanto. Apoyo el codo y el antebrazo en el mostrador desierto e intento desoír los rugidos de mi estómago cuan-do poco a poco se dejan sentir los efectos del cóctel.
Pego un respingo, sorprendida, cuando una mujer joven con el pelo rizado de un rojo vivo aparece de pronto tras el mostrador.
–Disculpa. –Suelta una risotada.
El sonido es tan único que sonrío de inmediato.
Tiene los ojos de un verde luminoso, tan claros que me pregunto si serán lentillas. En uno de ellos se distingue una línea negra a medio terminar en el párpado, y la chica sostiene un 'eyeliner' en una mano. Me percato del brillante trocito de cinta adhesiva que tiene pegado en el rabillo del ojo.
–Vi en un tutorial en TikTok que utilizaban cinta adhesiva para hacer un ojo rasgado perfecto. –Su voz tiene tanta energía como su risa–. Pero todavía no lo domino... Está claro. –Se encoge de hombros con una sonrisa de oreja a oreja.
Mi madre refunfuña y da golpecitos con la tarjeta de crédito en el mostrador. Leo el nombre de la chica en la chapa: Amara. Qué nombre más bonito. No le puede pegar más.
–Perdone... Perdone, señora... –empieza, pero mi madre la corta.
–Es señorita Pera. No señora.
–Disculpe, disculpe. –Amara baja la vista al mostrador gris grafito en el que descansa su ordenador.
–No pasa nada, no te preocupes. Sólo está de mal humor porque no ha dormido durante el vuelo. –Intento hacer que la recepcionista se sienta mejor–. Y que la llamen "señora" le toca la fibra sensible.
Mi madre no es siempre maleducada con los desconocidos, pero cuando lo es... resulta de lo más bochornoso. Para alguien que salió de la nada, está claro que a veces se le olvida. Igual que de pronto no habla su lengua materna, como si quisiera demostrar que es ajena por completo a este sitio y a su pasado.
Amara intenta no reírse, o tan siquiera sonreír, pero no lo consigue. Me sumo a su sonrisilla, a costa de mi madre.
–Tenemos las 'suites'. La reserva la ha hecho SetCorp, pero me llamo Isolde Pera, y las dos habitaciones están a mi nombre. –Mi madre le desliza la tarjeta de crédito.
–Ohhh, SetCorp en carne y hueso. Así que técnicamente es usted mi jefa. Qué bien –responde Amara con humor y sarcasmo.
Dios, me encantan la energía y la pasión de esta mujer, y eso que sólo la he visto unos minutos. Es osada; aunque trabaja en un hotel de lujo, no parece cortarse para agradar a todos los odiosos ricos con los que seguro que ha de tratar a diario. Me encanta conocer a personas auténticas, algo que por desgracia escasea en mi pequeño mundo. Ya siento que me inspiran ella y su naturalidad.
–Ahora somos ecológicos, así que nuestras llaves son de partículas de madera reciclada. No utilizamos botellas de plástico e incluso compostamos la comida sobrante de los huéspedes. Somos uno de los primeros hoteles de la isla que tiene esta onda eco tan radical –nos explica.
Mi madre, que procura estar al tanto de todo, asiente, aunque parece un poco confusa, pero sé a ciencia cierta que en cuanto se vea en su habitación se pondrá a buscar la oleada ecológica que está arrollando a Europa. En Dallas no es tan grande, pero confío en que lo sea algún día, y conociendo a mi madre, seguro que encontrará la manera de contribuir a que SetCorp se beneficie de ella para sus futuras propiedades.
Mientras seguimos al conserje por el vestíbulo, intento absorberlo todo. Hay mucho a lo que mirar. No me puedo creer que este sitio vaya a ser mi hogar durante el verano. Las paredes del vestíbulo son de piedra gris del suelo al alto techo. Otomanas y sofás se distribuyen por el enorme espacio, y hay grandes espejos y lámparas de araña envueltas en lo que parece musgo suspendidas del techo. Se ven plantas por todas partes; es moderno, nada pretencioso y perfecto. No quiero ni pensar en la cantidad de dinero que SetCorp está perdiendo para que nosotras pasemos aquí tanto tiempo, ya que la mitad del hotel lo ocupa este equipo, pero sé que el motivo por el que hemos venido hará que la empresa recupere su dinero multiplicado por diez. Esa es la especialidad de Isolde Pera. Además, puesto que son los propietarios de este hotel, con toda probabilidad los gastos serán deducibles. Otro ejemplo de cómo los ricos siempre son más ricos.
Me despido con la mano de la vivaz recepcionista, que me dice que la busque si me aburro, mientras las puertas del ascensor se cierran. Subimos a la décima y última planta. Voy detrás en silencio, leyendo los números de las habitaciones, iluminados en el suelo, delante de las puertas. Al parecer sólo hay un par de 'suites' en esta planta, pero, naturalmente, la de mi madre y la mía son contiguas.
–Te puedes quedar con la que más te guste. –Señala las puertas.
–La 1011 tiene las mejores vistas del mar y del jardín, y la 1012, las mejores de la calle y de la playa –explica el conserje.
Nuestra casa en Dallas tiene un bonito y tranquilo jardín. Quiero ver gente, oírla, sentir que formo parte de la ciudad.
–Me quedo con la 1012, por favor. –Estoy segura de que ambas habitaciones son espectaculares, pero ya que mi madre me ha dado a elegir, voy a aprovechar.
–Si es muy ruidosa, podemos cambiarla –me propone.
El conserje abre con su propia tarjeta de madera y mete mi maleta. Lo primero en lo que me fijo es en lo alto que es el techo y lo luminosa y alegre que es la habitación. Las gruesas cortinas verde bosque están descorridas, permitiendo que el sol ilumine el suelo de madera noble. Hay una sala de estar con un sofá y dos sillas, una mesa de centro y un televisor en la pared. No creo que lo vaya a utilizar mientras esté aquí, pero quizá lo encienda porque sí, para no desaprovecharlo. La paleta de colores de la habitación –verde, beis, crema y marrón– es tranquilizadora y reconfortante, lo cual contrarresta lo incómodo que resulta alojarme tanto tiempo en una habitación tan cara. En cierto modo, ya me siento como en casa; noto bullir el entusiasmo bajo la piel.
–Vaya. Esto... La habitación es preciosa –le digo a mi madre, y me vuelvo para darle las gracias, pero veo que no hay nadie.
No es ninguna sorpresa. Me encojo de hombros, alivia-da de estar sola y poder asimilar cada detalle sin que nadie me interrumpa. Toco casi cada centímetro de la sala de estar antes de ir a la habitación. La cama tiene más almohadas y cojines de los que puedo contar y parece mullida como una nube. Cuando me dejo caer encima, confirmando así su consistencia esponjosa, mi cuerpo se funde con ella. Abro los brazos y las piernas y los muevo como si estuviese haciendo ángeles en la nieve. Cuando clavo la vista en el techo, el pecho podría estallarme de tanta emoción.
¿Alguna vez me he sentido tan viva, tan despierta?
Me doy la vuelta y veo la gente en la calle por el ventanal.
–No. Desde luego que no –me contesto en alto, y mi voz resuena en las vigas vistas, inundando la estancia.
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