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Hay historias que parecen llegar a nuestras manos en el momento justo. Esas que nos invitan a pararnos un momento, a abrir la primera página casi sin pensarlo y a dejarnos llevar por unos personajes que, sin saber muy bien cómo, terminan encontrando un lugar dentro de nosotros. A veces sólo basta con un comienzo para recordar por qué seguimos buscando nuevas novelas que nos emocionen tanto como otras que hayamos leído antes.
En este sentido, Alice Kellen es una de las pocas escritoras de nuestro país que consigue cautivar a tantísimas lectoras con cada nueva publicación. Un nuevo libro suyo se traduce automáticamente en millones de ejemplares vendidos y en la creación de todo un nuevo fenómeno literario. Con más de diez años de experiencia en el sector –desde la autopublicación en 2013 de ‘Llévame a cualquier lugar’, su primera novela–, ‘Todo lo que nunca fuimos’, ‘Nosotros en la luna’ o ‘El mapa de los anhelos’, entre otras historias, le han permitido consolidarse como una de las voces más queridas de la narrativa romántica contemporánea, fuera y dentro de España.
Después de ‘Quedará al amor’ y ‘Sigue lloviendo’, sus dos últimas novelas, regresa el próximo 8 de abril con ‘El Club del Olvido’ (ed. Planeta). Samuel, Abel, Max, Tristán y Dalia son los cinco protagonistas de esta trama coral ambientada en un club de copas. A través de ellos, viajaremos entre 1993 y 2023 para descubrir qué secretos esconde su amistad y si su relación es tan fuerte como para sobrevivir a un naufragio. Y aunque todavía quedan unos días para poder tener el libro entre las manos, ya podemos empezar a asomarnos a esta historia.
Como sabemos que las ganas siempre pueden y que las esperas suelen hacerse interminables, para amenizarte la cuenta atrás te adelantamos los dos primeros capítulos para que puedas empezar a leer el nuevo libro de Alice Kellen antes que nadie. Sólo tienes que registrarte en nuestra web en el formulario que encontrarás en esta misma página y listo, ya tendrás acceso a ellos.
Aprovecha para coger tu café caliente antes de que lleguen las altas temperaturas y empieza a disfrutar de lo que se esconde detrás de 'El Club del Olvido'. Te aseguramos que te sentirás una más del grupo de estos cinco personajes tan entrañables.
HOY, 2023
Hay una planta que agoniza en la esquina de la sala de espera. Las hojas, ovaladas y de un verde parduzco, se doblan derrotadas hacia el suelo. Un roce. Solo se necesitaría un roce para separarlas del tallo que las sostiene. Pero resisten. Y a Samuel le conmueve esa ingenua terquedad, porque se siente identificado.
—Siéntese hasta que lleguen todas las personas citadas. Acepta la sugerencia, aunque no contesta—. Ha visto su mirada. Odia las miradas vanidosas. Es capaz de soportar la condescendencia si da por hecho que nace de la amabilidad, pero se le atraganta la pedantería. Así que no dice nada y, cuando el hombre desaparece por la puerta que conduce a la recepción de la notaría, en la sala solo se quedan él y la planta.
Sobre la mesa auxiliar hay un cuenco con caramelos mentolados. Samuel se mete uno en la boca. Un minuto después, coge un segundo, un tercero, un cuarto, un quinto, un sexto y un séptimo; satisfecho, se los guarda en el bolsillo. Le cuesta lo suyo, pues, ajeno a las modas, aún se empeña en usar pitillos que remarcan su figura desgarbada. Mientras juguetea con el caramelo entre los dientes, sonríe al evocar lo que ella solía decirle: “Es asombroso lo mucho que te pareces a Mick Jagger. A-som-bro-so”. Y luego se reía como solo Dalia sabía hacerlo: dejando que el sonido se le derramara de la boca.
Era una risa líquida e hipnótica.
Con un suspiro exagerado, se repantinga en el sofá, por si el tipo pedante anda cerca y se escandaliza al ver su pose despreocupada. El reloj avanza lentamente. La planta se muere, como él y todo el mundo, segundo a segundo. Impaciente, mastica el caramelo con fuerza y el sabor le estalla en la lengua. Fuera llueve, y las gotas repiquetean con timidez contra el cristal de la ventana. Pero, si cierra los ojos, Samuel puede viajar atrás atrás atrás. Y entonces hace un sol radiante, los días son dorados y todo huele a primavera.
PRIMAVERA, 1993 - SAMUEL
1.AMANECÍA, Y ENTONCES...
Los únicos sonidos que perturbaban la madrugada eran la sirena lejana de un coche de policía, el rumor de las cañerías del edificio y el roce de las sábanas sobre la piel cuando ella se giró para entrelazar sus piernas con las de él. La chica estaba fría y el chico, caliente. El pelo de ella, rubio y largo, se enredaba entre sus cuerpos desnudos.
Samuel: Ha sido genial.
Dalia: Supongo que sí...
Samuel: ¿Qué...? ¿Qué significa eso? Va, no me vengas con esas, si lo has disfrutado tanto como yo. Nadie finge así de bien.
La risa de Dalia llenó la habitación.
Dalia: ¿Tienes un cigarrillo?
Samuel: Sí, espera... Queda uno. El último.
Dalia: Detesto compartir, pero... Ella lo encendió y le dio una honda calada antes de pasárselo. Él ignoró los restos de carmín rojo que Dalia había dejado en la boquilla. Se quedaron sumidos en un silencio cómodo, mientras el cigarrillo se consumía de mano en mano. Olían a alcohol, a sexo y a juventud. Eran las tres de la madrugada de un viernes de primavera, corría el año 1993 y estaban en una ciudad sin nombre e indefinida que permanecía dormida y a oscuras.
Samuel: Aún no me has dicho a qué te dedicas.
Dalia: Ya. Ni dónde vivo. Ni qué edad tengo. Ni cuál es mi apellido. Ni cómo se llaman mis mascotas. Ni si soy más de Pepsi o de Coca-Cola.
Samuel: ¿Cómo se llaman tus mascotas?
Dalia: ¿De verdad te interesa saberlo?
Samuel: ¿Por qué no?
Dalia: Rin, Júpiter, Tana, Chispas, Otelo, Bambú, Merlín, Risa y Atenea.
Él se movió para mirarla a los ojos.
Samuel: ¿Tienes nueve gatos?
Dalia: Son gusanos, y acabo de inventarme los nombres. Pero les pondría uno si pudiese diferenciarlos y su existencia no fuese tan corta.
Samuel: ¿Tus mascotas son gusanos...?
Dalia: Sí. De seda. Preciosos. Suaves.
Samuel: Joder, qué raro...
Dalia: Lo dice alguien que aún tiene adornos navideños en su habitación. ¿Estamos a 27 o 28 de marzo? Nunca sé en qué día vivo.
El chico se encogió de hombros mientras bostezaba.
Samuel: Me parece una pérdida de tiempo quitarlos cada año para volver a ponerlos en diciembre. Es como esa tontería de hacer la cama por la mañana, un bucle sin sentido. ¿A quién se le ocurrió? No va conmigo. Soy un tipo práctico.
Dalia: Resultan curiosas las grietas que existen entre alguien práctico y alguien pragmático. Oye, ¿eso que cuelga de la lámpara es un calcetín?
Samuel: Me gusta tener las cosas a mano. (La miró). ¿Y por qué hablas así?
Dalia: Sé más específico.
Samuel: Tan... refinada.
Dalia: A menudo, hago lo siguiente: abrir un libro.
Samuel: Vamos, que eres una niña de papá. Déjame que lo adivine: vives en el barrio alto, anoche saliste con tus amigas, bebiste dos copas de más, empezaste a sentirte salvaje y...
Dalia: ... ¡apareciste tú en escena!
Samuel: ¡Tachán! Tu día de suerte.
Dalia: Lo señalaré en rojo en mi agenda.
Samuel: Y luego escribe: "El mejor orgasmo de mi vida".
Dalia: Podría hacerlo. Total, nunca digo la verdad.
Samuel: ¿No? ¿Te pasas el día mintiendo?
Un rictus serio atravesó el rostro de ella.
Dalia: A todas horas. Sin cesar. Siempre.
Samuel: Si no tuvieses esa cara tan angelical, darías miedo. Veamos... (miró la mesilla de noche), son las tres y veinte. Deberíamos dormir.
Dalia: ¿Me estás sugiriendo que me marche?
Samuel: No, quédate. Pero mañana es un día importante y necesito tener las pilas cargadas. ¿Te da igual el lado? Yo prefiero el izquierdo.
Dalia: ¿Por qué es un día importante?
Samuel: Se inaugura el mejor local de copas de la ciudad.
Dalia: ¿Y cómo sabes que es el mejor si aún no ha abierto?
Samuel: Porque soy uno de los socios y te puedo asegurar que será un éxito fulminante. Se convertirá en un lugar mítico.
Dalia: Vas de confianza hasta las cejas.
Samuel: Ven mañana y luego me dices si tengo razón o no. Pero no esperes un sitio de pitiminí, porque es un local auténtico. Y con esto quiero decir que mejorará en cuanto se caigan al suelo varias cervezas y alguien vomite en los sofás.
Dalia: ¿Hay sofás?
Samuel: Del Rastro. No puedo prometer que no tengan chinches, pero dan el pego. Digamos que la decoración es caótica, como nuestra amistad.
Dalia: ¿"Nuestra amistad"? Espera, ¿qué me he perdido?
Samuel: Somos cuatro socios.
Dalia: Guau, cuatro cerebros masculinos para poner unas copas.
Samuel: Mira qué graciosa. En realidad, llevamos años trabajando en otros locales y pensamos que ya era hora de abrir el nuestro.
Dalia: ¿Y por qué es caótica vuestra amistad?
Samuel: Cosas de barrio, no lo entenderías. Nos conocemos desde que éramos críos. Nunca hay que alejarse de los que están contigo cuando te haces las primeras cicatrices. Aunque quizá tú ni siquiera tengas de eso. A ver, déjame ver tus piernas...
Dalia: ¡Para, para! ¡Ay! (Se rio).
Samuel: Oye, tienes varias.
Dalia: Fui una niña traviesa.
Ella se levantó de la cama, cogió la camiseta que colgaba de la lámpara de noche y se la puso. Buscó el pantalón y lo encontró en el suelo, arrugado, junto a la alfombra.
Samuel: ¿No te quedas a dormir?
Dalia: No. Solo te tomaba el pelo.
Samuel: A mí no me molesta...
Dalia: Ya. Pero a mí sí.
Samuel: ¡Qué dolor!
Sonriente, Samuel se llevó las manos al pecho, como si Dalia le hubiese clavado un puñal en el corazón. Luego se puso unos calzoncillos.
Samuel: ¿Cómo piensas volver a casa?
Dalia: No te preocupes, cogeré un taxi.
Samuel: Ah, toda una señorita...
Dalia: En efecto. Nacida para eso.
Él intentó no hacer ruido al atravesar el salón, porque sus compañeros de piso dormían desde hacía horas. Estaba tan habituado al desorden que ni se le pasó por la cabeza disculparse por el plato con espaguetis secos sobre el sofá o los restos de confeti de una fiesta de cumpleaños celebrada dos semanas atrás, que ya formaban parte de la decoración. Como el gato que se lamía una pata en un rincón, negro y poco agraciado. Nadie sabía cómo había llegado hasta allí, pero no eran capaces de echarlo. Se había convertido en un inquilino más.
Dalia salió al rellano y se giró hacia él.
Dalia: ¿Dónde será la gran inauguración?
Samuel: Aquí al lado, al final de la calle.
Dalia: Bien. Puede que me pase un rato...
Samuel: No te arrepentirás. Trae a tus amigas y yo te presentaré a los chicos. Para ti, copas gratis toda la noche y acceso a la zona vip.
Ella arrugó la nariz y subió al ascensor. Mientras se ajustaba la ropa, se miró fugazmente en el espejo. Las puertas empezaban a cerrarse cuando preguntó:
Dalia: ¿Cómo se llama el sitio?
Samuel: El Club del Olvido.
2.EL CLUB DEL OLVIDO I
Las manecillas del reloj avanzaban, y a Samuel ya no le quedaban uñas que morderse. Eran las once de la noche, y se había bebido cuatro cervezas y dos tequilas para templar los nervios. La sensación de ligereza fue instantánea, antes incluso de que el alcohol se deslizase por su garganta. Imaginaba que así era como se sentirían los astronautas en el espacio: ingrávidos y felices, vagando entre las estrellas. La frase que Samuel más repetía al mes era "todo se soluciona con una copa", y creía en ello como su devota madre creía en Dios. Ella se santiguaba cuando entraba en la iglesia, y él hacía lo mismo al cruzar el umbral de un bar.
Abel: Tranquilízate, tío. Es el primer día.
Samuel: Por eso mismo. ¡Tenía que ser un estreno a lo grande! Fíjate bien, la mitad son colegas nuestros y la otra mitad no tienen claro qué hacen aquí.
Tristán: ¿Quieres otra cerveza?
Samuel: ¿Qué clase de pregunta es esa? Pues claro.
Tristán y Max atendían detrás de la barra. Abel, sentado en un taburete, observaba el ambiente mientras Samuel deambulaba de un lado a otro, impaciente, con ese nerviosismo que deja un rastro de quejas. El Club del Olvido había abierto sus puertas a las nueve de la noche, entre los vítores de los amigos del barrio y los cinco hermanos de Abel. Después, los clientes fueron llegando con cuentagotas: una pareja en busca de una copa tras una cena romántica; tres hombres que hablaban en voz baja, encorvados sobre sus vasos como si tramaran algo; y un grupo de jóvenes que se resistía a marcharse, pese al evidente hastío que los envolvía. Pero el momento crítico de la noche llegó a las diez y treinta y dos (Samuel lo recordaba con trágica precisión, porque había mirado el reloj), cuando unas chicas entraron, echaron un vistazo fugaz y, sin disimulo, dieron media vuelta y se largaron. Como quien abre un libro y lo cierra tras leer la primera página.
Samuel: ¿Por qué se habrán ido? No me lo quito de la cabeza.
Max: Es por tu cara, seguro. (Se rio). Pareces un pepinillo en vinagre.
Samuel: Te adelanto que antes de que acabe la noche tu cara será también la de un pepinillo, sí, pero aplastado. (Se acercó a la barra). ¿Y mi cerveza?
Abel: Date prisa, Tristán. Ya sabes que se vuelve peligroso si no tiene un vaso en la mano. Pero ¡eh, tío, con mimo! La sirves con demasiada espuma.
Samuel cogió la cerveza y bebió.
Samuel: Está bien; da igual, ¿no?
Max: No da igual si tienes un local de copas.
Abel: Max tiene razón. (Se encogió de hombros, que era sin duda su gesto estrella).
Samuel: Volviendo al tema de esas chicas de antes...
Abel: ¿Por qué no disfrutas de la noche y ya está? Irá mejor semana a semana. El boca a oreja y todo eso. En un mes estará lleno hasta los topes y uno de nosotros tendrá que salir a la puerta para evitar aglomeraciones.
Max soltó una risita amarga.
Max: No quiero decir que os lo dije, pero...
Tristán: Cierra la boca, Max.
Max: Os lo dije, joder.
Samuel ya se había arremangado la camisa y estaba a punto de saltar sobre la barra para coger del pescuezo a Max cuando el ruido de la puerta lo detuvo.
Y entonces, ella.
Samuel: ¡Ha venido!
Tristán: ¿Quién es?
Abel: Ni idea, pero me he enamorado.
Max: Si no te enamorases cinco o seis veces al mes...
Samuel contuvo el aliento mientras se acercaba a Dalia. Su cabello, tan largo como lo recordaba, era de un rubio melancólico similar al de los girasoles marchitos. Y había más: pendientes de aro, pantalones acampanados, un cinturón ancho y botas de tacón. Daba la impresión de haber alcanzado aquel aire glamuroso sin el menor esfuerzo, como si brotara de ella con la misma naturalidad que su sonrisa. Y era justo a partir de esa sonrisa enigmática desde donde se dibujaba el resto del rostro: los ojos, ligeramente separados, parecían custodiarla; la barbilla, altiva, la sostenía; los hoyuelos, discretos, la celebraban. Nariz, cejas, pómulos: todo orbitaba en torno a esa boca que él había besado.
Dalia: Así que esta es la gran inauguración...
Samuel: No pensé que vendrías. Yo..., eh..., te presento a mis amigos. Max, Abel y Tristán. Ella es Dalia. Nos conocimos..., eh...
Abel: Sí, eso. ¿De dónde la has sacado?
Buena pregunta.
Samuel se había fijado en ella en cuanto la había visto entrar en el local donde mataba los restos del día. Abel, Max y Tristán se habían marchado temprano porque querían descansar antes de la inauguración. Pero él no. Samuel nunca abandonaba la noche; era la noche la que lo abandonaba a él cuando el amanecer ganaba la batalla. No le importaba quedarse solo en un bar desdentado, cerveza en mano, dispuesto a hablar con cualquiera: ya fuese sobre fútbol (de eso sí sabía), sobre música (de eso algo sabía) o sobre política (de eso no sabía absolutamente nada).
Y en esas estaba cuando ella apareció.
Lo primero que pensó fue que la chica desentonaba en aquel lugar tanto como un semáforo en un glaciar. Y lo segundo, que brillaba. Pero no como lo hacen las cosas pulidas y doradas, sino como una herida recién hecha: bella y dolorosa.
Samuel tardó cuarenta segundos en preguntarle su nombre e invitarla a una copa. Luego, todo discurrió como una escena perfecta de película: tontearon, él le rozó la mejilla con los nudillos, el tono de la conversación bajó, sus cuerpos se acercaron y el primer beso encadenó con un segundo y un tercero.
Una hora y media después, estaban tumbados en su cama.
Cuando se despidieron y las puertas del ascensor los separaron, Samuel supuso que no volvería a verla. Conocía a las chicas como ella: jóvenes, guapas, de bolsillo holgado. De las que buscan aventuras breves que luego relatan entre risitas a la hora del café. Esa gente marcaba sus fronteras con plumas de plata, en palacios de cristal; y aunque se acercaban al borde con gesto travieso, nunca cruzaban la línea de un salto.
Pero Dalia había echado por tierra su pronóstico.
Y El Club del Olvido la recibió con los brazos abiertos, como si hubiese estado esperándola. Los pocos clientes que había siguieron con la mirada sus pasos hasta la barra. La atmósfera cambió al segundo. A Samuel le recordó a una punzada de hambre en el estómago: súbita, honda, imposible de ignorar. Así era el efecto Dalia.
Samuel: ¿Quieres tomar algo?
Dalia: ¿Qué puedes ofrecerme?
Samuel: Todo. Cerveza, vodka con naranja, Licor 43, tequila, ginebra con tónica, ron con cola... (la miró), ¿eres más de Brugal o de Cacique?
Dalia: Tomaré un cosmopolitan.
Max: ¿Qué acaba de decir?
Abel: Cosmoponosequé.
Dalia: Cos-mo-po-li-tan.
Hubo un silencio denso.
Samuel: ¿Has venido sola?
Dalia: Sí. Ya sabes: amigas aburridas.
Tristán: Entonces, ¿Brugal o Cacique?
Aquel fue un instante de primeras veces: la primera vez que Tristán se dirigió a Dalia, la primera vez que Dalia detuvo su afilada mirada en Tristán y la primera vez que Samuel tuvo una inexplicable y sólida intuición, quizá la única real de toda su vida. Y mientras esa intuición nacía y moría, Dalia señaló la botella de ginebra.
Tristán: Buena elección. (Y empezó a prepararlo).
Ella le echó un vistazo rápido al local.
Dalia: La decoración es particular.
Samuel: Justo lo que te dije: auténtica.
Dalia: Una forma benevolente de verlo.
Max: Oye, princesa, ¿vienes a insultarnos?
Tristán: Toma, tu ginebra con tónica.
Dalia dio un sorbito y arrugó la nariz.
Dalia: Está demasiado fuerte y amargo.
Tristán: De eso nada. Deja que lo pruebe.
Tristán cogió la copa que ella acababa de posar en la barra y le dio un trago largo. Se relamió y dudó unos segundos.
Tristán: Lo que pensaba. Perfecto.
Dalia: Lo de las críticas lo llevas regular, ¿no?
Abel: La noche está mejorando. (Se rio).
Tristán: ¿Me estás examinando?
Dalia: Tan solo hago observaciones.
Max: No esperaba que tuviésemos que empezar a vetar a gente desde el primer día. Esto se va pareciendo más a la inauguración soñada.
Dalia: Soy inofensiva.
No era inofensiva.
Dalia: Pero creo que necesitáis ayuda.
Max: Gracias por venir a salvarnos, princesa.
Abel: A mí me interesa saber qué piensa.
Samuel: Esto... Yo diría que...
Tristán: Bien. Ilumínanos.
Ella volvió a estudiar el local, esta vez de forma más minuciosa. Se detuvo en los sofás ajados, en la iluminación mortecina, en los cuadros que Samuel había cogido del trastero de la casa que su abuelo tenía en el pueblo, en la estantería tras la barra llena de botellas clásicas y en la puerta azul que quedaba a la derecha.
Dalia: ¿Eso es el almacén?
Abel: Más o menos. Dejémoslo ahí.
Dalia: El problema del club es... todo.
Max: ¿Quién es esta tía y por qué seguimos escuchándola?
Tristán: Deja que hable.
Max: Pero...
Tristán: Si no puedes soportarlo, ve a barrer las colillas.
Max: ¡Eh! ¿Tú de qué vas?
Samuel: No perdemos nada.
Dalia: El local está en una buena zona. Me gusta esa lámpara de allí, le da un toque diferente. Y el diseño del suelo disimula la suciedad. En cuanto al tamaño de la barra, me parece adecuado...
Abel: Uy, está preparando el terreno.
Dalia: Pero no tiene nada especial.
Max reiteró su malestar con un resoplido.
Tristán: ¿Puedes ser más específica?
Dalia: ¿En qué se diferencia de los otros dos locales de copas que hay en esta misma calle? Si queréis apropiaros de sus clientes, tenéis que ofrecer algo distinto para que estén dispuestos a traicionar sus costumbres. Y un hábito es poderoso.
Samuel: Visto así...
Abel: ¿Alguna idea?
Max: Ideas sobran. Lo difícil es levantarse cada día y abrir la persiana, no tanta palabrería barata. Hay que currar. Así es como funcionan las cosas.
Nadie escuchó a Max. La chica, hecha de sol, destellos y contradicciones, acababa de irrumpir en sus vidas y, desde ese instante, todo empezó a cambiar.
Tristán: ¿Tú qué sugieres?
Dalia: Cambios en la decoración, una carta de cócteles sin competencia, propaganda en la calle y una noche grandiosa de la que hable todo el mundo. Los que estuvieron, porque la vivieron, y los que no, porque se la perdieron.
Samuel: Daría un dedo meñique por eso.
Abel: Y entiendo que tienes alguna idea...
Dalia: Un puñado de ellas, sí.
Max: ¿Quieres pasta? ¿Es eso?
Dalia: No. Es que me aburro.
Max: Cómo se nota que la princesa tiene la vida hecha. Que se aburre, dice. (Miró a los demás, indignado). ¿Nos está vacilando o qué?
Tristán: Eso parece...
Ella atravesó a Tristán con la mirada.
Y Tristán sostuvo esa mirada sin titubear.
Dalia: ¿Por qué eres tan desconfiado?
Tristán: ¿Por qué crees que lo soy?
Abel: Esta conversación empieza a ser como uno de esos granos que se enquistan y que los médicos siempre aconsejan no tocar.
Max: Dicho sin rodeos: no te conocemos.
Dalia: Todavía. (Y sonrió con soltura).
Tristán: La cuestión es que...
Nunca llegó a pronunciar las palabras que tenía en la punta de la lengua. Acaso "la cuestión es que no nos interesa conocerte", acaso "la cuestión es que no necesitamos tu ayuda", acaso "la cuestión es que tengo que ir al servicio". Fuesen cuales fuesen, se le quedaron dentro porque la puerta del local se abrió en ese preciso instante. Un grupo de amigos, dos chicas y tres chicos, entraron, barrieron el lugar con la mirada, intercambiaron cuchicheos y se marcharon por donde habían llegado.
Samuel: ¡No puede ser! ¡No puede ser!
Tristán: Tranquilízate, no es para tanto.
Samuel: Pero ¿por qué se han ido?
Abel: Quizá sí debamos preocuparnos.
Ella, orgullosa, los miró una última vez.
Dalia: En fin, como veo que no me necesitáis en absoluto, creo que será mejor que siga los pasos del grupito que acaba de evaporarse...
Max: Princesa, estás jugando con fuego.
Samuel: Podríamos escucharla, ¿no?
Abel: Voto por un "sí" a la desesperada.
Max: ¡Venga ya! ¡No me jodas! ¿Tristán?
Todos los ojos se clavaron en Tristán, que se había alejado para servirse una cerveza. Dio un trago largo, larguísimo, y se relamió despacio. En aquel momento, quedó claro quién era el líder del grupo, aunque ninguno había tomado esa decisión de forma consciente y él jamás lo había buscado. Pero había algo en la quietud eléctrica de su mirada y en su presencia serena y magnética que hacía que los demás acabaran orbitando a su alrededor, como si su figura tuviera una gravedad propia.
Tristán: Bien. ¿Cuál es el plan?
Max: ¿De verdad? ¡No me lo puedo creer!
Samuel: Podemos reunirnos mañana en casa.
Abel: Tampoco tenemos nada mejor que hacer.
Samuel: Max, tío, ¿qué te parece?
Max: ¿Acaso importa? Tres contra uno.
Dalia: ¡Perfecto! (Le dio la espalda a Max). A partir de las cinco estaré libre. Ah, y una cosa más: ¿el nombre del local es negociable o...?
Tristán: No.
Samuel: No.
Abel: No.
Max: Por encima de mi cadáver.
Dalia se echó a reír. Su risa era, a la vez, la de una niña de seis años y la de una mujer de ochenta y tres. Y en su entrecejo fruncido vivía también esa misma dualidad: la vejez y la infancia disputándose el gesto. Toda ella era una montaña, hecha de picos y abismos, con senderos retorcidos.
Dalia: ¿Y por qué "El Club del Olvido"?
Samuel: La idea es que la gente se olvide de todo en cuanto cruce la puerta: de los problemas, del trabajo, de la familia, de los dolores... Y también de lo que ocurra aquí cada noche. (Sonrió lentamente). ¿Lo entiendes? Es un juego.
Dalia: Interesante. Me gustan los juegos. Me gusta jugar.
Fue, quizá, la única verdad que Dalia dijo aquella primavera.
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