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Noemí Navarro –más conocida como @noemimisma desde hace más de una década– es una de las más veteranas en el entorno 3.0. A través de sus diferentes perfiles en las redes sociales, la creadora de contenido y fundadora de 'Madretea' ha compartido su historia personal y ha acompañado a miles de personas durante años, para las que hoy es un referente, valga añadir. Hace unos meses, Noemí lanzó un libro en el que se muestra vulnerable y narra algunos de los episodios más duros y transformadores de su vida y, a colación de ello, tuvimos la oportunidad de compartir diversas reflexiones en nuestro plató.
En su autobiografía, titulada 'No sabes de dónde vengo', la empresaria aborda su recorrido vital, desde su infancia en un entorno complicado hasta su paso por los testigos de Jehová, un accidente que cambió su vida, la maternidad, su diagnóstico de autismo cuando ya era madre (su hijo también fue diagnosticado) y el proceso de reconstruirse emocionalmente.
En el vídeo de arriba, hablamos sobre el autismo en la adultez, en nuestra sección 'Abrimos el melón', y en la entrevista que puedes leer a continuación, desgranamos algunos de los temas más impactantes que retrata en su libro.
Tu diagnóstico de autismo llegó en la edad adulta, ¿recuerdas el momento exacto en el que algo hizo 'click' y decidiste investigar por tu cuenta?
Sí, dos años antes habían diagnosticado a mi hijo de autismo. En aquel momento, encontré el perfil de una mujer que se llama Sara Codina, a quien le habían diagnosticado autismo de adulta. A mí me voló la cabeza porque yo veía que era una mujer completamente funcional: ella tenía 40 años, su trabajo, sus hijos… y a mí no me cuadraba con lo que yo conocía de autismo (pero tampoco me cuadraba cuando diagnosticaron a mi hijo...). Recuerdo que hablé con ella y muchas de las cosas que me contaba resonaban mucho. Ponía en palabras sensaciones que yo había tenido. Ella me pasó el contacto del lugar donde había hecho ese proceso y recuerdo que me desplacé a Barcelona a hacerlo. La verdad es que fue un proceso largo. Hay gente que piensa que el autismo ahora está de moda o que lo hacemos por algún tipo de notoriedad, pero yo siempre lo digo: yo no gano nada con esto. Para mí, tener este diagnóstico de autismo ha puesto en palabras cosas que yo sentía, poder entenderme un poco más y, sobre todo, explicar a los demás el contexto de cómo me siento. Creo que ahora recibo menos juicio sobre mi manera de ser y que se me entiende mucho mejor.
¿Qué emociones sentiste cuando te dieron el diagnóstico?
Ya me imaginaba cuál sería el resultado por las entrevistas con la psicóloga y por cómo se había desarrollado todo el proceso. Tenía la información, pero no sabía qué hacer. Ella me explicó que, al ser adulta, ya contaba con herramientas que había ido adquiriendo con el tiempo; si quería trabajar algo específico, buscaríamos a un psicólogo especializado y actualizado en autismo. Pero como a mí me gusta cómo soy, no sentía que quisiera cambiar. Si surge algo que me haga sufrir o con lo que lo pase mal, lo trabajaremos. De hecho, ahora he empezado terapia para tratar otros temas que han ido apareciendo porque han pasado cuatro años desde el diagnóstico. Sin embargo, en esencia no ha cambiado nada porque sigo siendo la misma persona.
A diferencia de otras mujeres que vienen de procesos muy largos sintiendo que no encajan con el mundo, a mí probablemente esa sensación no me afectaba tanto. Hay quienes tienen depresión o ansiedad sin saber qué ocurre, pensando que están rotas, y de pronto encuentran en el diagnóstico una respuesta y un alivio. En mi caso fue un proceso más 'light' porque tenía a mi hijo y veía cómo evolucionaba.
Cuando te confirmaron el diagnóstico, ¿empezaste a atar cabos?
Hasta que no recibí el diagnóstico, no supe explicar ciertas cosas que ya sabía que me pasaban. Por ejemplo, no me había dado cuenta de lo mucho que me agotaba físicamente estar con personas. Había momentos en los que no entendía por qué estaba tan cansada, siendo yo una persona muy activa que corre maratones y hace deporte a diario. De pronto, asistía a un cumpleaños y al día siguiente estaba agotada sin comprender el motivo. También soy muy sensible con las texturas; cualquier etiqueta o ingrediente me provoca una reacción inmediata. Este desorden sensorial es muy característico del autismo.
Otra de las cosas que me ocurre es que soy tremendamente rígida con mis rutinas y horarios. Si tengo una agenda y de pronto algo cambia, lo acepto porque he aprendido que debo hacerlo, pero a nivel interno se me revuelve el estómago. Las personas con las que trabajo lo saben e intentamos que lo organizado se mantenga, porque el cambio me afecta internamente. No es algo que vaya contando; sólo lo percibe la gente más cercana.
¿Qué has ganado a nivel personal con tu diagnóstico?
Lo que he ganado con el diagnóstico es que los demás entiendan por qué soy de determinada manera. Siempre se me ha tachado de ser una persona que va a lo suyo, incluso egoísta o que no se acuerda de los demás. Pero no es que no quiera acordarme; es que mi hiperfoco está en otras cosas. De hecho, es algo con lo que me machaco a diario, me repito que debo estar más pendiente de la gente.
Con los únicos que logro estar pendiente es con mis hijos, porque la naturaleza es sabia y me indica que debo cuidarlos para que sobrevivan.
Mirando hacia atrás, ¿qué partes de tu infancia y adolescencia ahora entiendes de una forma completamente diferente?
Siempre he sido muy independiente. De niña jugaba mucho sola y nunca tuve un grupo grande de amigas, pero tampoco me importaba ni era algo que me preocupara. Fui una niña tremendamente estudiosa porque me encantaba estudiar. A menudo se asocia el autismo infantil con intereses restringidos, como apilar coches o cohetes. En el caso de las niñas, estos intereses suelen estar tan socialmente aceptados que pasan desapercibidos. Las niñas autistas suelen ser más reservadas y estudiosas; yo obtuve las notas más altas durante todo mi periodo académico, acabé el bachillerato con matrícula de honor y cursé la universidad siempre becada. Al final, asumes que todos los demás son así, hasta que creces, observas y te das cuenta de las diferencias.
En el libro también hablas de tu infancia viviendo en una casa ocupada. ¿Cómo lo recuerdas y cuándo empezaste a ser consciente de esa realidad?
Nosotros fuimos ocupas durante doce años cuando yo era pequeña. Mis padres me tuvieron con dieciséis años y no tenían a dónde ir; en el libro cuento un poco cómo surgió todo. Recuerdo perfectamente a los inspectores del Ivima –el instituto de la vivienda– venir a casa a decirnos que nos teníamos que marchar. Mi madre, que entonces tenía veinte años, se plantaba ante ellos con mi hermana en la cadera y conmigo de la mano para decirles que no teníamos a dónde ir.
De niña yo nunca fui consciente de que éramos ocupas porque mis padres no me lo explicaban. Sabía que venía una mujer a decir que nos teníamos que ir, pero no entendía el motivo. Para mí, mi infancia fue correcta. Es verdad que no había dinero para ropa y vestíamos con lo que nos donaban; mi madre peinaba por las casas para sacar lo que podía y mi padre trabajaba en una fábrica. No entendí nuestra situación hasta los quince o dieciséis años, cuando mis padres compraron una casa. Al preguntarles por qué nos mudábamos, me respondieron: "Cariño, es que esa casa no era nuestra".
Con mi libro busco que la gente que me ve hoy con una carrera, hijos, una casa con jardín y una vida fenomenal sepa que vengo de un entorno muy complejo de ocupación, de los testigos de Jehová y de tener que salir de allí sola. Quiero que si alguien se identifica con las historias que narro –como el acoso laboral o la violencia obstétrica en el parto de mi hijo– sepa que, aunque las situaciones sean duras, siempre se puede salir. Otro de mis objetivos es que mis hijos conozcan sus raíces. Por eso se lo dedico a Mateo y a Manuela; hoy disfrutan de muchas comodidades, pero necesitan tener los pies en el suelo y saber de dónde venimos.
Cuéntanos más sobre el entorno en el que creciste y cómo influyó en que tu autismo pasase desapercibido.
Mi familia estaba dentro de los testigos de Jehová y ahí hay muchas normas y límites muy claros, algo que para un cerebro autista es maravilloso porque sabes exactamente dónde moverte, qué está bien y qué está mal. Sin embargo, cuando te vas haciendo mayor, empiezas a tener criterio propio y te das cuenta de que ese lugar donde te has criado tal vez no es donde quieres estar y decides salir.
En ese momento ocurren dos cosas. Primero, tu cerebro colapsa al plantearte cómo salir de un entorno perfecto y cuadradito para ir a un sitio donde, además, te han asegurado que te van a pasar cosas muy malas y que todo lo que te ocurra será horrible. Para mí, criárme dentro de los testigos de Jehová no fue un trauma; siempre lo digo en mi libro. Fui feliz, tuve una infancia bonita y mis padres siempre estuvieron muy presentes con nosotras. Mi gran problema fue querer salir de allí. Querer salir se complicó mucho e hizo que perdiera a mi padre.
¿Cuáles son para ti los mayores retos y las mayores recompensas de criar a un hijo con autismo?
Para mí, uno de los grandes retos de criar a un hijo autista es que hay muy poca información sobre ello. Hay muchos libros sobre adolescencia, educación y crianza respetuosa, pero con respecto a un niño autista es todo muy 'ad hoc', depende de cómo sea él. En verdad debería ser así todo tipo de crianza. La primera persona autista que he conocido en mi vida es mi hijo, entonces para mí todo es nuevo.
Siempre he dicho que he sido mamá primeriza dos veces: cuando nació mi hijo, que era autista, y cuando nació mi hija, que no lo era. Son dos maternidades completamente diferentes. Es un reto porque nunca sabes si lo estás haciendo bien o si estás haciendo todo lo posible para que él adquiera las herramientas necesarias.
Una de las mejores recompensas de criar a un niño autista es que, cosas que pasan muy desapercibidas en cualquier familia, para nosotros son un gran logro. Hablo de cosas tan cotidianas como introducir un nuevo alimento, ya que hay muchos niños autistas que consumen alimentos sólo por el color o comen un único tipo de comida. Cuando de pronto incorporas un alimento nuevo, o en el caso de los autistas no verbales, cuando dicen "mamá" o alguna palabra, es una sensación muy difícil de explicar, pero te sientes muy satisfecha.
Y en tu caso propio, ¿qué estrategias tienes para sobrellevar la sobreestimulación?
Las herramientas que he ido adquiriendo son la anticipación y el estar tranquila con lo que va a pasar después. Si sé que voy a estar sobreestimulada, o que pasaré mucho tiempo en un grupo con gente que no conozco, primero intento estar lo más tranquila posible antes de ir. Intento pasar un par de horas antes en casa, manteniendo un nivel de estrés bajito. Luego voy a la actividad o al evento, sabiendo que al día siguiente estaré cansada, pero ya no me machaco por ello. Si por lo que sea me toca hacer otro trabajo o entrenar, saco fuerzas, me coloco y sé que luego bajaré el ritmo. Necesito poner en la agenda un espacio en el que pueda estar tranquila para rebajar toda esa desregulación.
Sobre todo, me ayuda explicar a mi entorno qué ocurre y por qué me voy antes de una fiesta. Ese es uno de los grandes beneficios que he encontrado después de mi diagnóstico: ahora ya nadie se enfada si me voy pronto. Respetarme a mí misma es lo que hace que pueda sobrellevar aquello que me cuesta más, sumado al respeto de los demás.
¿Qué les dirías a las mujeres que sospechan que tienen autismo o que se lo acaban de diagnosticar?
Lo que les diría es que primero tengan paciencia y asimilen la noticia. Muchas veces es muy dura porque no te lo esperas, hay muy poca información y el autismo no es lo que nos han contado. Pero, sobre todo, les diría que tienen una gran herramienta para conocerse a sí mismas y para poder explicar a los demás cómo se sienten.
Les aconsejo que investiguen, que estudien y que no dejen de aprender sobre el autismo. Muchas veces nos pasan cosas y no sabemos ponerlas en palabras o no sabemos sacarlas; solamente informándote y conociéndote más vas a saber cómo exteriorizarlo.
Y cuando estén preparadas, que lo cuenten a su entorno. Van a encontrar comentarios como: "Tú no puedes ser autista" o "te han mentido". Eso está dentro del proceso, pero cada vez está menos estigmatizado y dentro de poco esto se verá como una condición más y las van a entender.
Silvia Lorente es experta en estilo de vida, 'celebrities' y sexualidad y especializada en cultura pop 'millennial'.
Se licenció en Periodismo en la URJC de Madrid, estudió un módulo de doblaje, un máster de DJ y tiene más de 10 años de experiencia en el manejo de plataformas digitales y redes sociales (escribió y ganó premios con su blog de moda y 'celebrities', 'La Otra Horma del Zapato', y coordinó el equipo de moda y belleza en el departamento digital de la agencia Globally durante dos años). Colaboró con InStyle, Harper's Bazaar y GQ, y genera contenido para Cosmopolitan desde 2015.
En sus ratos libres, pincha como DJ en eventos y echa las cartas del Tarot a quien tiene dudas sobre su futuro.
'Pss': Si te apetece jugar con ella al Trivial de 'Friends' o 'Sexo en Nueva York', has de saber que tienes las de perder.











