Las relaciones poliamorosas son cada vez más frecuentes y qué mejor opción que ponerte en situación y entenderlas desde dentro con las luchas de poder en el Olimpo, un universo donde el amor, la pasión y el poder están en constante juego.

De esto sabe mucho la escritora Katee Robert, una de las autoras de libros eróticos con mayor éxito en Estados Unidos y 'best-seller' de 'The New York Times' y 'USA Today'. Robert ha triunfado en TikTok con la serie 'Dark Olympus' (ed. MR), una maravilla con la que ha reinventado los mitos griegos y de la que ha vendido ya más de dos millones de ejemplares.

La saga está integrada por tres obras: en 'Dioses de neón', Perséfone y Hades unen sus fuerzas contra Zeus y se sumergen en un juego de seducción.'Dioses eléctricos' nos enseña cómo Eros y Psique se enfrentan a una atracción imposible de ignorar. Y en su última historia, 'Dioses indomables', Aquiles, Patroclo y Helena compiten en un torneo muy 'hot'.

Para ir sumergiéndote en los entresijos de la saga, Robert ha escrito en exclusiva para COSMOPOLITAN el relato eróticos 'Dame lo que quiero', donde narra la historia poliamorosa entre Helena de Troya, Aquiles y Patroclo. Te hará vibrar, llevándote a un viaje donde la pasión y el poder son los protagonistas. Prepárate para una narrativa que hará que tu corazón lata al ritmo de cada 'sparring' y te deje queriendo más. Porque en el 'ring' y en el amor, la verdadera victoria es encontrar a aquellos que pueden soportar nuestro fuego y encenderlo aún más. Dale 'play' a las mejores canciones de amor de la historia y sumérgete en esta historia que hará que suba (mucho) la temperatura.

Dioses indomables (Wicked Beauty)

Dioses indomables (Wicked Beauty)
Crédito: Amazon

Relato erótico: 'Dame lo que quiero'

–Otra vez.

Fulmino con la mirada a Aquiles. Tengo los brazos hechos flan, y cada vez que respiro siento como si me ardiera el pecho. Me tiemblan las piernas, pero no quiero que se note, porque sería como admitir la derrota. A él, en cambio, no le cuesta ni lo más mínimo respirar, a pesar de que llevamos haciendo sparring más de una hora. De hecho, está guapísimo, con la piel dorada brillándole y esa sonrisita arrogante tan propia de él. Hoy me ha arrastrado al gimnasio con la excusa de ayudarme a mejorar mi gancho de izquierda.

A estas alturas, estoy bastante segura de que lo que quería en realidad era dejar clara su superioridad. Aun con todo lo que ha pasado, sigue estando convencido de que no tiene nada que aprender. Me temo que no voy a salir bien parada de esta.

–Yo que tú le daría lo que quiere –comenta Patroclo mientras hace sentadillas. Lleva un buen rato haciéndolas. Cualquiera diría que lo único que quiere es fardar, pero es que él es así. Ni siquiera nos mira, tiene una expresión neutra y relajada en el rostro a pesar de todo el esfuerzo al que está sometiendo a su cuerpo.

–Eso es, princesa –dice Aquiles con una sonrisa que podría iluminar toda la estancia, dando saltitos y haciendo un gesto con la mano para que me acerque–. Dame lo que quiero.

No sería tan insufrible si no se le diera tan bien todo lo que hace. Lo cierto es que sí que me ha ayudado a mejorar la técnica del gancho de izquierda. Me duele todo el cuerpo, pero al menos ahora ya no dejo caer el hombro como antes. Qué cabrón.

–No me digas que tienes miedo –se mofa.

Patroclo deja de hacer sentadillas para soltar una carcajada.

–Ahora sí que la has liado –dice.

Aquiles todavía se está girando hacia mí cuando me muevo. Le doy una patada en medio del pecho y es como si hubiera decidido pegarle a una pared de hormigón. El hecho de que se tambalee ligeramente es un milagro, y no pienso desaprovechar la oportunidad. Cojo carrerilla, salto y me agarro de su brazo para que la inercia me permita levantar el resto del cuerpo, rodearle la cabeza con las piernas, girar sobre mí y lanzarlo por los aires.

Pero es una jodida bestia. En cuanto toca el suelo, se pone en pie y viene hacia mí. Me placa para tirarme a la colchoneta y me sonríe como si acabara de hacer algo la mar de ingenioso.

–Cómo te las traes, ¿eh? –comenta.

Me retuerzo e intento darle la vuelta para cambiar nuestras posiciones, pero es demasiado grande y me tiene demasiado bien sujeta.

–Bueno, al parecer no es suficiente –respondo.

–Ah, pero es que yo no soy un contrincante al uso –se jacta. Se tumba encima de mí y su peso me dificulta aún más el movimiento. Me separa las piernas con su enorme cuerpo y siento su abdomen contra mi centro.

Y así, como si nada, me olvido de lo cansada que estoy, de lo mucho que me cabrea, de que con ese movimiento habría tumbado a literalmente cualquier otro rival. Lo único en lo que soy capaz de pensar es en quitarle la ropa cuanto antes.

Aquiles, por supuesto, se da cuenta de inmediato de mi cambio de parecer.

–Patroclo, ¿no crees que nuestra princesa necesita un descanso?

Con el rabillo el ojo, veo a Patroclo ponerse en pie y suspirar.

–Sí, se la ve con ganas de algo más… movidito.

–Oye, que estoy aquí. –Me revuelvo un poco, pero casi solo para sentir más cómo me aprieta Aquiles contra la colchoneta–. Parad de hablar como si no.

–¿Qué dices? Si te encanta… –Aquiles se incorpora sin dificultad, pero antes de que me dé tiempo a echar de menos el contacto de su cuerpo, me agarra por la cintura y me carga al hombro.

Solo llevo puestos unos pantalones cortos y un sujetador deportivo, y con lo mojada que está la tela por el sudor, es casi como si no llevara nada. Aquiles parece pensar lo mismo, porque me da un cachete en el culo mientras se levanta y me acaricia con el pulgar de una manera que hace que me derrita. Mientras me lleva a cuestas, veo a Patroclo quitándose la camiseta, dejando a la vista un cuerpo resplandeciente que desearía lamer.

Algunos días me pregunto qué he hecho para tener tanta suerte. Soy consciente de que me ha costado lo mío, de que los tres nos esforzamos a diario por hacer que funcione. Una relación de tres personas, las tres con personalidades tan fuertes, conlleva un montón de peleas, con sus consecuentes reconciliaciones. Y hay que hablar mucho. Podría sonar fácil, porque no me callo ni bajo el agua, pero cuando hablar implica abrir en canal una parte de ti que nunca ha visto la luz del día… Bueno, es el tipo de vulnerabilidad que me hace querer salir por patas a esconderme en algún lugar seguro.

Por suerte, cuando es necesario tener una conversación seria, es imposible huir o esconderse de estos hombres. Mis hombres.

Aquiles me deja caer en un banco de entrenamiento y me planta una mano gigante en el centro del pecho para que me tumbe de espaldas.

–Se te ve hecha polvo –comenta.

Patroclo aparece al otro lado del banco y le pasa las manos por el pelo a Aquiles, haciendo que se le quede casi de punta. Veo una calidez en sus ojos oscuros, o más bien un incendio, mientras me observa.

–Agotada, diría yo –añade él.

–Ese es mi chico –sonríe Aquiles–. Tenemos que cuidar de nuestra princesa.

Me han visto en todo tipo de situaciones, pero no puedo evitar sentirme un poco cohibida. Estoy empapada en sudor y se me han salido varios mechones de pelo de la coleta.

–Después de que me dé una ducha, quizá.

–Ay, que se ha puesto tímida… –Aquiles desliza la mano por mi abdomen hasta mis pantalones cortos. En sus ojos intuyo una señal de peligro.

–¡Aquiles, espera! Me gustan mucho estos pantalo…

Demasiado tarde. Me los rompe de un solo movimiento que me deja casi temblando. Este chico tiene un fetiche con romperme la ropa de deporte, y me está saliendo bastante cara la tontería, pero no encuentro los ánimos de protestar entre toda la lujuria que corre por mis venas. Igual es que compartimos fetiche.

Me introduce dos dedos largos y suelta un silbido.

–Lo que me imaginaba. –Saca la mano y la alza para enseñarle a Patroclo el producto de mi deseo.

Este se agacha y se mete los dedos de Aquiles en la boca hasta el fondo. Aquiles suelta un gruñido de placer y entrecierra los ojos.

–No te pongas chulito, que tú eres el siguiente.

Patroclo le agarra de la nuca y tira de él para darle un beso rápido. O al menos empieza como un beso rápido. En cuestión de segundos, se han perdido el uno en el otro de una forma que me vuelve loca. Ahí estoy yo, tumbada, mirando sus cuerpos grandes restregándose por encima de mí, y me pone tanto que no puedo evitar llevarme la mano a la entrepierna para tocarme.

Por muy frustrante que sea hacer sparring con Aquiles, me excita una barbaridad medirme con este monstruo de hombre. Estoy tan mojada que se me escapa un gemido nada más sentir la fricción de mis dedos.

Eso les hace volver a la realidad, al menos en parte. Se separan y me miran con los pechos bajando y subiendo mientras respiran pesadamente.

–Qué impaciencia —farfulla Patroclo–. Sois unos impacientes los dos.

–Pues sí –replica Aquiles, que me agarra de la cintura y nos intercambia la posición, echándose en el banco conmigo a horcajadas de él.

Siento la dureza de su enorme sexo contra mí, una promesa de lo que está por llegar. Apoyo las manos en su pecho.

–No puedo esperar más –murmuro.

–Lo sé, princesa. –Su voz suena áspera cuando levanta las caderas para que pueda quitarle los pantalones y liberar su miembro–. Ven, Patroclo. Quiero tenerte en la boca. –Y entonces se aprieta contra mí para penetrarme. Es casi demasiado grande para tan pocos preliminares.

Me encanta. El deseo se apodera de mí mientras me esfuerzo por amoldarme poco a poco a su tamaño mientras me hundo en él. Siento el placer en cada una de mis terminaciones nerviosas, haciendo que todo se vuelva borroso y tenue. La sensación aumenta cuando Patroclo se planta cerca de la cabeza de Aquiles.

–Cómo te mimamos –dice, con la voz tan áspera como las nuestras. Pero no pierde ni un segundo antes de bajarse los pantalones delante de la cara de Aquiles.

Solo de ver a Aquiles chupándosela estoy a punto de correrme. Muevo las caderas para frotarme con más intensidad, buscando mi propio placer.

Patroclo gime y se inclina hacia delante para conquistar mi boca como hizo antes con Aquiles. Acaricia la mano con la que Aquiles me agarra de la cadera y luego baja hasta que es capaz de estimularme el clítoris con el pulgar.

Me gustaría decir que puedo con esto y con más. Que soy capaz de disfrutar de este momento y alargarlo tanto como desearía. Pero sería mentira. Estoy al límite del placer y, al poco, todo mi cuerpo se retuerce y se libera a borbotones. Grito contra la boca de Patroclo y me aferro a sus bíceps, como si eso fuera suficiente para mantenerme de una pieza. Como si no me estuviera desmoronando sin control.

Aquiles me agarra las caderas con una fuerza aplastante y se arquea mientras sigue tragándose a Patroclo, penetrándome, buscando su propio orgasmo. Al acabar, nos desplomamos los tres formando un extraño montón de cuerpos, Patroclo de rodillas a un lado del banco y yo como nexo de unión entre los dos. Patroclo se ríe por lo bajo.

–Ha estado bien, para empezar.

–Sí –contesta Aquiles con la voz ronca y una sonrisa de oreja a oreja–. Y todavía no he ni sudado.

Parpadeo y me lo quedo mirando.

–No hay quien te aguante.

–Lo sé –conviene como si nada. Se incorpora y me da un beso rudo, con sabor a Patroclo y a él–. Pero no te gustaría si no fuera así. –Me levanta y me carga al hombro otra vez, ignorando mi chillido de protesta–. ¡A la ducha!