Patricia tenía 28 años y trabajaba de camarera cuando creyó que, por fin, había encontrado al amor de su vida. "Lo conocí en el bar, era escritor y yo flipaba con él, le admiraba mucho. Era como una película, tenía detalles que nadie había tenido conmigo. ¡Incluso me traía flores! –recuerda–. Me parecía un poco anticuado, pero me hacía gracia. A mis amigas les encantaba. A mi madre, también. Ya se veían de boda", cuenta. La historia empezó a torcerse cuando un amigo suyo enfermó. "Yo estaba preocupada. Me di cuenta de que no soportaba que le prestara más atención que a él. Esa fue mi primera 'red flag'", dice. A partir de ahí, Patricia empezó a observar: "Vi que era supereducado, pero también algo frío. Yo le veía robótico, no sé cómo explicarlo".

La amiga a quien contaba sus dudas fue la primera en ponerle nombre: psicópata integrado. No son asesinos en serie ni criminales de película, sino personas que viven entre nosotros, trabajan, seducen, ascienden y manipulan sin levantar sospechas. "Me mandó un artículo y, cuando empecé a leer, casi muero del susto. Pensé que me iba a matar o algo… Luego ves que sólo quiere utilizarte. En mi caso, creo que mi admiración por él era su gasolina", analiza Patricia. Ella decidió seguir el consejo de los expertos y rompió la relación sin grandes explicaciones. Él insistió un poco, pero se cansó rápido."Menos mal", reconoce aliviada.

Pasan desapercibidos

"El psicópata integrado es alguien que vive plenamente adaptado a la sociedad y pasa totalmente desapercibido", explica Paz Velasco de la Fuente, criminóloga, profesora universitaria y directora de la revista 'Quadernos de Criminología' (QdC). "No es el criminal de las películas. Puede ser tu vecino, un político, un 'influencer', un directivo o alguien con quien compartes tu vida", alerta. A diferencia del perfil criminal, no necesita delinquir para ejercer poder.

"No sienten culpa, tienen una baja empatía o carecen de ella, pero han aprendido a comportarse socialmente, a simular emociones y a manipular con enorme habilidad", añade Velasco. Incluso puede imitar la empatía, pero eso no significa que la sienta. El daño que provocan no suele dejar huella penal, pero sí emocional, psicológica y, a veces, económica. El criminólogo Vicente Garrido, autor de 'El psicópata integrado en la familia, la empresa y la política', advierte que "pocos de los que le rodean pensarán que lo es", y destaca el caso de los políticos, que "no son calificados de psicópatas, salvo por sus detractores o expertos independientes. Dos ejemplos actuales de ello serían Trump y Putin".

El trío patológico

Aunque cada uno tenga su estilo, los expertos coinciden en tres rasgos esenciales que definen su forma de comunicarse y relacionarse. El primero es la frialdad emocional. Pueden mostrarse encantadores, atentos o incluso cariñosos, pero no sienten ese vínculo, lo interpretan. "Entienden las emociones, pero no las experimentan", explica Concha Calleja, perito judicial y especialista en psicología forense, autora de 'El psicópata invisible' (ed. Sekotia).

El segundo es la ausencia de culpa, empatía y remordimiento. Si te hacen daño, no lo viven como un error, sino como un daño colateral necesario. "No hay reflexión moral. Si algo les beneficia, lo hacen", señala Calleja. El tercero es la mentira constante. "Mienten con gran naturalidad, incluso cuando no es necesario", advierte Paz Velasco. La mentira es su herramienta básica para controlar la narrativa y confundir a la víctima.

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La neurociencia ha identificado en este tipo de personas diferencias en áreas como la amígdala y el córtex prefrontal, relacionadas con la empatía, el miedo y la toma de decisiones morales. O sea, su cerebro no responde igual al sufrimiento ajeno. Por eso pueden imitar emociones sin sentirlas y mantener la calma en situaciones donde cualquiera mostraría culpa o angustia. "No es que no sepan que algo está mal –explica Concha Calleja–, es que no les importa".

Pequeños castigos

Carlota (nombre ficticio para respetar el anonimato) tenía 38 años y ocupaba un puesto directivo cuando conoció a Pablo. No estaba en su mejor momento personal. "Él se encargó de organizar mi vida y hacerme sentir mejor. Yo tenía la impresión de que, para él, yo era lo único que importaba", recuerda. La relación avanzó rápido. "Al poco se mudó a vivir conmigo. Era maravilloso llegar a casa y tener la comida hecha". Pero pronto empezaron los pequeños castigos. "Si le llevaba la contraria, me respondía con su silencio". Luego llegaron las críticas, que si hablaba demasiado alto, iba descuidada o se explicaba mal... "A los pocos meses empecé a sentirme cada vez más insegura. Esto lo digo ahora, pero en el momento no lo veía", apunta.

Cuando Carlota decidió ir al psicólogo, Pablo reaccionó mal, no quería que fuera. Aun así fue, y el terapeuta le dijo algo que no esperaba: su pareja encajaba en un perfil psicopático. "Salir de esa relación fue durísimo. Yo era como su trofeo y se resistía a que me alejara", recuerda. Luego llegaron los mensajes amenazantes. "En uno me decía: 'No sabes quién soy yo, te puedo hacer mucho daño'". Estuvo a punto de denunciarle. Tras decírselo, él desapareció durante un tiempo. "Cuando volvió, gracias a la terapia yo estaba más fuerte y sabía qué hacer. Me había convertido en un muro".

Pero el miedo persiste. "Es muy fuerte –subraya ella–, pero es que no te puedes imaginar cuánta oscuridad vi en él cuando le dije que lo dejábamos. Eso sí, nunca me tocó un pelo, no le hacía falta. Incluso ahora, que han pasado años, se me siguen poniendo los pelos de punta al recordarlo".

Los perfiles más comunes

Dentro de este tipo de hombres hay varios perfiles habituales: el seductor encantador, el protector que asfixia, el intelectual frío, el exitoso admirado o el eterno damnificado. "Todos comparten algo: la ausencia de empatía real y la necesidad de control", explica Calleja. Las mujeres más jóvenes pueden tener más peligro a caer en sus redes por factores culturales y emocionales, advierten los expertos.

"Idealizar el amor romántico, menor experiencia relacional, presión por agradar y normalizar el malestar emocional en nombre del amor", enumera Paz Velasco en el manual 'Criminal-Mente' (ed. Ariel). "Ellos tienen un radar finísimo para detectar todo eso", destaca. Una confusión habitual es confundir a un narcisista con un psicópata. "El primero necesita admiración constante; el segundo, control", diferencia Vicente Garrido. El narcisista se ofende; el psicópata actúa. Ambos pueden ser encantadores, seductores y fríos, pero el psicópata busca ganar.

Cómo saber si estás con uno

Para lograr detectarlos, Garrido recomienda dar tres pasos. Primero, creer que esta realidad existe. Segundo, hacer caso a la intuición: "esa sensación corporal de inquietud o ansiedad es una señal de alarma muy fiable". Y tercero, observar la realidad sin el filtro de las emociones, ya que "negamos lo que vemos para no sufrir, y eso les da ventaja". Calleja añade que "el error más común es buscar pruebas definitivas de que lo son" y subraya que sentir ansiedad constante, confusión, culpa injustificada, desgaste emocional y pérdida de identidad "son señales mucho más fiables que cualquier gesto". Pero ojo, los expertos coinciden en algo clave: no te enfrentes a ellos directamente. "Jamás lo confrontes si sospechas que tiene rasgos psicopáticos", advierte Paz Velasco porque "no sienten culpa, pero sí reaccionan mal al perder poder".

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La criminóloga da tres consejos para activar tu radar. "Observa cómo trata a los que considera invisibles, a un camarero, un aparcacoches, alguien de quien no puede sacar nada. Es encantador con quienes puede obtener beneficio, pero despreciativo con quienes considera inferiores o sin uso", explica. Además, hay que estar atentas a la lástima, ya que la utilizan con gran habilidad. "Si te cuenta una tragedia personal para justificar un mal comportamiento, ¡abre los ojos! La gente sana no usa sus traumas para que perdones sus malas conductas", advierte. Fíjate también en su inconsistencia. Si dice que odia el tenis y cuando se entera de que a ti te gusta se transforma en un experto que ni Carlos Alcaraz, es porque quiere cazar a su nueva presa, a ti. Estás ante un camaleón. "La gente normal tiene una identidad sólida, el psicópata a la carta. Y la usará según sus beneficios de poder y control", recuerda Velasco. Y alerta: "Si algo no encaja, no lo ignores". Esto te está dando pistas…

Aprende a neutralizarlo

No hay fórmulas mágicas para deshacerte de ellos, pero sí algunas estrategias eficaces. Primero, "has de quitarle los mecanismos que tiene para controlar tu vida", afirma Garrido. La mayoría de las veces eso implica contacto cero; otras, límites férreos. "Cuando él sabe que su máscara ha caído, pierde su mayor arma", indica el experto.

Una vez detectado, apóyate en personas de tu confianza y busca ayuda profesional para recuperar tu identidad. Pero no tengas miedo. "La clave no es la paranoia, sino la conciencia emocional. Cuando sabes quién eres, es más difícil que alguien te borre", apunta Calleja. Lo importante es tener presente siempre que el amor sano no duele, no confunde y no te hace sentir pequeña. Aléjate de quien no te ama.

Fases del amor en modo 'psycho'

La criminóloga Paz Velasco de la Fuente señala que las relaciones con psicópatas integrados siguen este patrón:

  1. Evaluar. Analiza a la víctima potencial, detecta sus carencias emocionales y su momento vital.
  2. Manipular. Moldea el vínculo con halagos, lástima, urgencia emocional y/o promesas.
  3. Idealizar. Muestra atención intensa y te hace sentir especial. "Al principio se muestra perfecto... Te cuida, te escucha, adivina lo que deseas…", advierte Velasco.
  4. Despreciar. Te retira el afecto, enfría la relación, humilla y devalúa. Tiene el control y sientes confusión y culpa. Cuando ya no te necesite, desaparecerá, a veces con extrema crueldad.

Sus técnicas

Ojo: sus estrategias de manipulación son difíciles de detectar.

  • La ley del deseo. Consiste en ignorar a la víctima como castigo. Esta cruel forma de maltrato emocional destruye la autoestima.
  • Un arma sexual. Ofrece placer –y sabe hacerlo muy bien, suelen ser amantes espectaculares– para generar dependencia, y lo retira para castigarte.
  • El 'gaslighting'. Hacer 'luz de gas' es una de sus maestrías. Conseguirá que llegues a dudar de tu percepción, tu memoria y tu criterio.
  • Cómplices. Buscan personas de su entorno que, sin saberlo, refuercen su narrativa y contribuyan a aislarte. Así no necesitan violencia física. Confunden, desgastan y controlan en silencio.
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Periodista, guionista y escritora especializada en feminismo y cualquier tema que tenga que ver con los derechos humanos y la igualdad de género y el colectivo LGTB+. Además de viajar, sus otras pasiones son los libros, el cine, la música. La podéis encontrar de festivales y conciertos, dándolo todo bailando. Coautora con Mabel Lozano del libro ‘Te invito a un mojito', sobre el cáncer de mama. Le encanta entrevistar a mujeres 'power' y se motiva en 3, 2, 1...