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Cada vez que oigo a un hombre preguntar: "¿Qué os pasa a las mujeres que, desde que os habéis empoderado, no se os puede decir nada?", se me cae el alma al suelo. Agotada tras decenas de citas en Tinder con un resultado de dos romances (uno acabado en 'ghosting') y una relación de cuatro años, he optado por el celibato.
La última anécdota, ya siendo 'volcel', término procedente de la expresión inglesa 'voluntary celibate' (célibe voluntaria), me ha hecho acomodarme aún más en mi refugio de cero sobresaltos. Esta es mi historia.
La sombra de la decepción
Un viernes, mi hermano me propone ir al teatro. Ha quedado con un amigo, Roberto: atractivo, educado, divertido e inteligente. Al salir, vamos los tres a cenar algo y saca la conversación de moda: hombres y mujeres. Por si acaso, le cuelo mi nula disponibilidad y él confiesa que, habiendo ligado siempre un montón, no entiende qué nos pasa ahora a nosotras.
Le hablo de un artículo que describe el nuevo heteropesimismo y me pide que se lo envíe. Cruzamos un par de mails y me pide permiso para escribirme por WhatsApp. Acabamos hablando una hora por teléfono sin un sólo gramo de insinuación. Que si teatro, familia, cine, libros... Yo, tranquila y encantada de la vida.
A la semana, mensaje: "¿Puedes hablar?". Otra minicharla muy formal. Le digo que tengo que trabajar (y colgar), y me lanza: "Quiero hacerte una pregunta, aunque me da un poco de cosa". ¿Cosa? La curiosidad me corroe... "¿De qué color llevas las bragas?".
Supervivencia emocional
Terminada la conversación para siempre, me afianzo en mi 'apartheid' sexual mientras empiezo a entender por qué vamos siendo legión las 'sinpareja', y me pongo al habla con varios expertos para que le pongan ciencia al asunto. Como explica Valérie Tasso, escritora, sexóloga y embajadora de LELO España, "no se trata de un rechazo al amor, sino a perder tiempo y energía para terminar frustradas. A veces es mejor ser célibe que encadenar una mala experiencia tras otra. No es una huida ni una moda pasajera: para muchas mujeres, ya agotadas, es supervivencia emocional".
No es una moda de TikTok
Bragas aparte, el celibato es casi tan antiguo como el mundo. Ya en el siglo IV a. C., Aristófanes lo contó en 'Lisístrata', donde la protagonista que da nombre a la obra organiza una huelga sexual femenina para frenar la Guerra del Peloponeso; y lo acaba consiguiendo. En este siglo, con menos épica pero más hartazgo, han surgido movimientos como el 4B en Corea del Sur, que renuncia a citas, sexo, matrimonio e hijos.
Esta tendencia se entiende gracias a dos conquistas clave, según Alicia Aradilla, socióloga especializada en lenguaje y emociones: la independencia femenina económica y emocional. "Ahora podemos elegir a quién amar", afirma. Las redes sociales tampoco ayudan porque "son una lucha por la atención, y el celibato es algo 'gourmet' y extraordinario en el superficial contexto de las apps de citas", opina.
Un momento histórico
A esta posibilidad de elegir se añade la opción de decir que no. "Estamos en un momento histórico, pues durante mucho tiempo se nos negó esa posibilidad. Y poder legitimar el no está muy bien, aunque también plantea un riesgo: normalizar la desigualdad y convertir el desencanto en costumbre. No deberíamos dejar de preguntarnos por qué hemos llegado ahí", plantea Violeta Alcocer, psicóloga y autora de 'Auténticas impostoras', quien lleva años detectando en su entorno esta inquietud, siendo testigo de relaciones que no terminan de cuajar y de masculinidades que avanzan a cámara lenta.
"Incluso compartiendo un discurso de igualdad, no logran aplicarlo en lo interpersonal. Y tampoco las mujeres tenemos claro qué masculinidad queremos", explica. Añade que esta retirada femenina silenciosa está generando desconcierto y respuestas reactivas en muchos hombres, "en parte porque se toca lo que históricamente ha sido un derecho patriarcal incuestionado: el acceso al cuerpo y a la disponibilidad sexual de las mujeres", remata Alcocer.
Una merecida revisión
Esta narrativa del desencanto no es sólo responsabilidad de ellos; también lo es de una impostura femenina que les ha hecho creerse los reyes del mambo. Elisabeth G. Iborra, autora de más de 25 libros, con 'best sellers' como 'Anécdotas de enfermeras' (ed. Debolsillo), y a punto de publicar 'Yo no me caso con nadie', cree que durante décadas los hombres no han tenido que esforzarse ni revisar sus privilegios, y ahora descubren con sorpresa que tienen que espabilar, lo que implica, en muchos casos, hacer terapia, cuestionarse y asumir que el patriarcado también les ha hecho daño imponiéndoles el rol del macho proveedor, emocionalmente torpe y responsable de todo.
"Cuando ese guión se cae, no saben muy bien qué hacer", argumenta la escritora. En la misma línea se postula Manuel Jiménez, autor de 'Solteronas' (ed. Espasa): "El fenómeno 'volcels' refleja una confusión colectiva sobre la supuesta igualdad en la que creemos vivir. Seguimos en una sociedad profundamente machista, pero muchos hombres insisten en que no, y lo peor es que se lo creen", señala. ¿El resultado? Una desorientación masculina generalizada, pero también "la tendencia a sentirnos víctimas antes que a sentarnos a revisar qué está fallando de verdad", termina puntualizando Jiménez.
Filtro más que renuncia
Y de la ciencia a la realidad: una lectora, Virginia Bodelón, de 36 años, decidió no dejar pasar ni una más. Entre un fiestero que le justificaba sus infidelidades diferenciando entre "follar con las otras" y hacer el amor con ella, y otro que la llamó ninfómana tras acostarse juntos, llegó a una conclusión sencilla: "No compensa". Hoy lo tiene claro: "Todo lo que venga debe ser fácil. Mi entorno me dice que hay que esforzarse, pero yo ya me esfuerzo en el gimnasio".
El celibato aparece así no como renuncia, sino como filtro. Como una forma de decir que no a lo que sólo aporta desencanto y falta de paz mientras se decide, sin prisa y sin culpa, si algo merece de verdad un sí.
Qué ganas y qué pierdes
Valérie Tasso, escritora, sexóloga y embajadora de LELO España, detalla las ventajas e inconvenientes de optar por el celibato o por dejar el corazón en 'stand by' una temporada.
Pros
- Priorizarte. Tener más tiempo para ti, tus amigas, familia, carrera y aficiones.
- Eliminar la carga mental y emocional antes, durante y después, pues en muchas ocasiones es un fracaso.
- No tener expectativas. Reconozcamos que a las mujeres nos es difícil sacar de la cabeza la fantasía previa a una cita.
Contras
- Dejar de estar en contacto con el otro. Los humanos estamos hechos para los encuentros, para querernos y sentir que pertenecemos.
- Perderse una importante faceta humana de nosotras mismas. Una pena.
- Darte cuenta de que la vida es más aburrida sin la emoción que proporciona conocer a alguien nuevo.












