Nunca me había detenido a pensar en cómo Mercadona manejaba los hilos de mi vida, pero hacerlo en virtud de un vídeo viral en TikTok... era una buena forma de hacerlo. ¿La excusa de esta reflexión intempestiva? El Tinder en acción real de las solteras que tienen descargadas 'apps' para ligar en su móvil pero no se atreven a abrirlas ni a registrarse, o se las borran cuando ni siquiera han pasado 24 horas desde su descarga. La leyenda urbana que está revolucionando las redes sociales tras la publicación de un ya mítico vídeo. Hablamos, nada más y nada menos, que del tema de conversación que no dejas de escuchar en el metro, el ascensor, la oficina y, cómo no, en el supermercado: la hora de ligar en Mercadona (de 19:00 a 20:00 de la tarde), que está trayendo de cabeza a los periodistas en España esta semana por ver quién se infiltra antes entre los pasillos de una de las tiendas de Juan Roig o quién critica antes el mito.

La aventura con la que sentí un cosquilleo de nervios en el estómago empezó mucho antes de hacer la incursión en un Mercadona cercano al centro de Madrid. Como no soy ninguna ermitaña, yo tampoco he podido escapar al vídeo que lo ha cambiado todo estos días en TikTok con unas pocas palabras: "Hay una hora de ligar en Mercadona". Con la incredulidad de la actriz Vivy Lin, acompañada de una amiga como fiel escudera, y una búsqueda en Google, reflotó el ardiente deseo que toda persona que se ha tragado comedias románticas ha visto aflorar en su interior en contra de su voluntad: encontrar al amor de tu vida por accidente. De forma casual al querer comprar la última piña disponible en el súper, por ejemplo, o chocando el carrito de la compra, como si de una buena película dominguera se tratase. "Estamos en hora", dice la amiga de Vivi Lyn en el vídeo y, efectivamente, ese fue el plan que se trazó, reloj en mano, una mañana en la redacción de COSMOPOLITAN cuando el contenido que subió la actriz ya había traspasado todos los límites de la cordura y se apoderaba de Internet. Imposible escapar.

Atrevida como en pocas ocasiones, me lancé a abrir el debate entre mis compañeras: ¿y si escribimos un tema sobre la hora de ligar en Mercadona? Evidentemente, todas sabían de lo que hablaba. Ya lo decía, imposible huir: cómo te lo montas, Juan Roig. Entre todas, resultó fácil discutir las líneas maestras de una excursión que, sin duda, daría de qué hablar durante un par de días en la oficina. Pero, primero, había que elegir bien el lugar. El look. Y a la 'partner in crime'.

Que los Mercadona parecen nacer por generación espontánea en cualquier rincón de tu barrio ya lo sabemos. Sin embargo, no todos parecen ser iguales, y menos ahora que la última revolución de Internet ha vuelto a sacudir la mesa de esta redacción como el tema del que no podemos parar de hablar. Tener en cuenta que haya un gimnasio cerca parece sumar puntos. Con Google Maps en la mano, hay unos 4 a una distancia prudencial del punto elegido como para caer un día tonto con el objetivo inocente de comprar fruta. Del estilismo, superado el delirio inicial de escoger, por ejemplo —así, como lo primero que se pilla—, un vestido rojo de mangas abullonadas y con la espalda abierta, como si fuera Carrie Bradshaw en 'Sexo en Nueva York' comprándose un perrito caliente en un partido de béisbol, algo más normalito empieza a ser la decisión correcta: camiseta básica de fondo de armario, falda fluida verde esperanza, sandalias planas color plata y unos pendientes para dar un toque de color. Me siento como Mariona Terés.

Falta un detalle, claro, no se me olvida. Como la mujer que ha provocado que en la última semana Internet se vuelva loco tras su publicación en TikTok, elijo ir con una amiga. Ella es más que eso, de todas formas. Es mi compañera de piso, la misma a la que veo deslizar fotos de perfiles de Tinder en su móvil mientras revisitamos en nuestro salón 'Pasión de Gavilanes' y nos damos cuenta de que los 30 nos han hecho recapacitar y que Juan Reyes, interpretado por el actor Mario Cimarro, nos parece más atractivo ahora que cualquiera de sus otros dos hermanos. No tengo en mente ningún objetivo, pero mientras subo de camino al Mercadona elegido, a las 18:59 de la tarde, se me viene a la cabeza algo. "Hoy ligas", había dicho una compañera esa mañana en la oficina.

A medida que veo pasar por la calle a gente con bolsas del susodicho supermercado me voy partiendo de risa. Un hombre de unos 35 años va comiéndose una nectarina. No es piña, sigamos nuestro camino. Pero, ¿habrá encontrado el amor aún así?

Primera parada: la frutería

El ritual dice que lo primero que hay que hacer es hacerte con un carro y llevar una piña al revés, es decir, apoyada sobre el tallo lleno de hojas. Lástima no haber contado con el pequeño detalle de que la realidad siempre supera al meme y en Mercadona ya están agotadas las piñas frescas, incluso también las ya cortadas en rodajas que vienen en botes, listas para consumir. Otro obstáculo en la carrera del ligoteo: el pasillo de los vinos está totalmente desierto, no es muy acogedor en este local. Toca saltarse el protocolo y fijar la vista, como si llevara rayos X incorporados en los globos oculares, en los carritos que se cruzan a nuestro paso.

De repente percibo un sentimiento completamente nuevo al hacer la compra, hay otra atmósfera repleta de risitas, miradas y algún que otro "¿dónde están las piñas, máquina?" al superar el pasillo de los aperitivos. Me pregunto si de verdad es posible que se haya roto definitivamente España con la supuesta hora de ligar de un supermercado. Habrá que esperar a terminar la misión para responder a esta cuestión. "¿Sabes de qué me estoy dando cuenta?", me confiesa mi compañera de piso. "De que hay muchos tíos en edad casadera", bromea. Lo de ser discretas no vale para nosotras. Un año y medio de convivencia mata todo sigilo.

Envueltas en esa conversación y mientras atisbamos el pasillo de la pasta rellena, un haz de luz parece hacerse con la estancia y envolverlo todo. Un chico que para alguien de 1,57 parece rozar los dos metros, ¡lleva una piña colocada al revés en el carro! Milagro. Avanzo a la caza de su atractivo con el riesgo siempre detrás de la oreja de recibir una cobra, esta vez en forma de carrito de la compra, y le alcanzo en el pasillo de los cereales, panes de molde y regañás. Hay un entendimiento: hemos cruzado miradas antes y nos hemos empezado a reír porque, claro, es inevitable, la situación no da para otra cosa. En este Mercadona bulle el histrionismo de quien va a hacer la compra después del trabajo como un figurante de 'First Dates'. Programa, que, por cierto, es el culpable de todo esto. Una soltera compartió hace años su 'truco' para ligar en estos supermercados, afirmando que la gente sin pareja iba de 19:00 a 20:00 a la compra. Y de ahí renació hace unos días la técnica con efecto bola de nieve gigante.

"Te he visto con la piña del revés", le digo al chico. La frase más surrealista que probablemente pronunciaré jamás. Automáticamente, cruzo una mirada con una chica que se ha parado también al lado de las tortillas para hacer fajitas, cautivada por la conversación. "Calla, que me quiero enterar", le comenta a su acompañante de compra. "Es mi primera vez [con la piña al revés en el carro]. La verdad que ha sido un poco por los 'loles', por curiosidad, porque no se pierde nada", comenta el protagonista inesperado de todas las miradas del pasillo. Surge una voz de la nada: "Para que te hagas una idea, yo soy su novia y me ha dicho: 'No vengas con la piña, que va a parecer que somos 'swingers'. Entonces yo voy riéndome de él... También es por hacerle un favor a un amigo que necesita ligar, hemos venido a acompañarle y darle 'support'". El destino amoroso de un hombre, dividido en tres carritos. "Lo que pasa es que sólo quedaba una piña", comenta el chico, antes de que localicemos a su amigo. "La tenía agarrada uno de los trabajadores de aquí", menciona la avispada reportera que nos hemos echado de amiga. Hay dudas, entre risas, de si la querría el reponedor para él, en un intento de amenizar su jornada de trabajo.

"Han amarrado las piñas", bromean. La conclusión parece ser clara: "Odian el amor, no les gusta"

La pareja a la que he acabado entrevistando me anima, como si de un 'scape room' se tratase, a que localice al amigo 'necesitado' para hacerle unas preguntas e, instantes después, veo a lo lejos del pasillo a otro chico, de entre 25 y 30 años, con una sonrisa pícara clavada en el rostro. A la par que es inevitable escuchar cómo el resto de gente que se pasea entre los estantes hace comentarios sobre la piña deseada y no se corta con las sonrisillas, el amigo aclara que él también ha acudido a la llamada de Internet para saber si "la coña era verdad". "No he visto a absolutamente nadie con la piña salvo a este. Creo que no ha triunfado mucho la moda", menciona también, mientras su compinche de batallas bromea con la idea de que "han amarrado las piñas". La conclusión parece ser clara: "Odian el amor, no les gusta". Todo esto sucede mientras el amigo fiel y con novia coloca un pan blanco familiar junto a la piña como mensaje subliminal en el carrito, para ver qué lección extrae el público de esa nueva adquisición, y una trabajadora de la tienda se harta de nosotros, y con razón, por colapsar el pasillo. Pido perdón de nuevo desde aquí. La otra cara de la moneda, evidentemente, va para el personal, que no deja de estar trabajando en un ambiente que de la noche a la mañana ha cambiado.

Segunda parada: el pasillo de congelados

Continúan las andanzas por la planta del supermercado y ya se escucha un "bendita sea la hora de ligar del Mercadona. Me iré soltera, pero con una compra que no he hecho nunca" por parte de mi compañera. En esas, un hombre bastante avispado, aunque sin piña, suelta la gracieta a modo vacilón de si queremos la 'fruta prohibida', una frase que parece haber reemplazado al arcaico "¿quieres rollo?", al menos por la moda pasajera.

Descubro que es otro emparejado, que ha ido a proveerse al local y, obviamente, no ha podido evitar formar parte de la broma colectiva. Con estos dos chicos surge una conversación interesante, en torno a cómo ha cambiado la manera en la que nos relacionamos las generaciones más recientes (millennials y 'gen Z'), sustituyendo en muchas ocasiones el contacto real por una pantalla. "Por el mero hecho de que ya dejan la tecnología de lado y empiezas otra vez a interactuar, a mí me parece estupendo. Que las nuevas generaciones interactúen de nuevo, cuando antes era todo un: 'Ay, me dio 'match', por eso le voy a hablar'", argumenta uno de ellos, mientras saca a colación, como ejemplo, a su sobrina de 18 años. "Aunque sea simplemente el tonteo de chocar los carros", concluye. Seamos honestos, las 'apps' para ligar no dejan de ser otro expositor, y esta nueva moda, al menos, parece habernos 'rehumanizado' y que no vayamos todos ensimismados por la vida frente a una pantalla.

Por su parte, su pareja, con el que hablo en primer lugar, sentencia que sí que le parece algo tonto y pone en duda que de verdad haya miraditas entre solteros a esta hora. No obstante, cree que, como ve que hay "mucho paseo", al final se va a convertir en verdad tras el meme. "Yo que he bajado al Mercadona hasta en pijama", rememora también. "Pero creo que desde siempre los lugares públicos se prestan a algún tipo de encuentro que otro: una mirada, un choque...", prosigue, aunque entre nosotras tenemos dudas de que esos códigos sigan siendo algo tan común para las generaciones más jóvenes, que sí que nos hemos podido desacostumbrar por el camino a la perspectiva tradicional y andamos más desconectados de ese modelo. No es la única incertidumbre que tenemos. "¿Por qué una piña?", pregunta la pareja del chico que nos paró. "Si es un producto de temporada... ¿acaso hay temporadas en las que no se liga?", lanza la cuestión al aire.

Mientras hablamos con esta pareja, en torno a las 19:31, un grupo de cinco chicas muy jóvenes, que como muchísimo tendrán 25 años, se han acercado también curiosas a la llamada del micrófono y preocupadas, entre risas, por no encontrar piñas. Hasta que llega un conocido ya en esta historia, la persona que parece tener la única piña disponible en la tienda, para cedérsela a este grupo de amigas. Es el chico que buscaba ligar (o, al menos, probar) con el que he hablado antes. Su amigo añade que se la entregan con una condición: la piña no se puede devolver al estante. Cuando se marchen del súper, tienen que pasársela a alguien más. "Tiene que circular", añade. Ellos pierden la fruta más cotizada del momento, pero no han perdido el tiempo entre medias y en sus carritos ya llevan una lata de piña en almíbar del revés y un zumo de piña, también dado la vuelta. La imaginación está desatada.

La piña no se puede devolver al estante. Cuando se marchen del súper, tienen que pasársela a alguien

"¿Ha surgido el amor en algún pasillo?", le digo al chico al que le están haciendo de celestinos sus amigos. "Ha habido por ahí alguna oportunidad", suelta el compañero, aunque el interesado se muestra incrédulo. "No ha habido ninguna oportunidad, por lo menos me doblaba la edad", se deshinibe finalmente. Una de las chicas que va en el grupo de amigas no puede evitar dar contexto y resaltar, a pesar de que de esto también hay mucho de leyenda urbana, que ha escuchado que la hora para ligar es "de 35 años para arriba": "El otro día fui a Mercadona exclusivamente para eso y una señora me lo explicó".

"Fuimos tres amigos y cogimos cada uno un carrito. No había piñas, solo quedaba una", añade sobre su anterior incursión amorosa en el supermercado. "Y nos dividimos. No había nadie. Le preguntamos a la cajera, y una señora nos dijo que de 19:00 a 20:00 horas era de 35 años para arriba", comenta también la chica, que tiene acento canario, mientras otra del grupo no puede obviar que el muchacho que andaba en busca de una ilusión le ha parecido mono. La convencemos entre todas para que vaya tras él mientras busca un papel en el que anotar su número de teléfono. El pasillo de congelados parece haber dado sus frutos.

Última parada: ¿surgirá el amor en la hora de ligar?

Se acercan las 20:00 y, de vuelta en la sección de fruta, para intentar de verdad comprar algo por culpa de haber traicionado a mi frutería de barrio de confianza, aprovecho la ocasión para acercarme tímidamente, sin intención de molestar, a un reponedor. Hace un buen rato que comprobé que el estante de las piñas está vacío. El hombre no me puede decir nada, tienen órdenes de no hablar sobre el tema.

Ha llegado el momento de aceptar que la misión ha acabado, sin mucho éxito, al menos para nosotras. "Me voy a coger un melón acabado [por su precio] en 69. El único 69 que me va a dar este supermercado", apunta mi compañera de investigación. La cita es real, no es por la literatura. En esta casa no nos aburrimos.

He visto cómo la chica del número recorría los pasillos para encontrar a su Romeo de Hacendado

De vuelta en el pasillo de los congelados para pillar algo de cena, me cruzo de nuevo con el grupo de chicas con el que he hablado. Instantes antes, he visto cómo la chica del número, bastante alta y rubia, recorría distintos pasillos para encontrar a su particular Romeo de Hacendado y entregarle la nota con su contacto. "Perdona, ¿has conseguido dárselo?", le asalto. "Lo he conseguido, pero vamos, no sé qué hará con él", dice.

Es hora de dejar el delantal de camarera de 'First Dates' o de soltar el tenedor de soltera en una cita, y dejar de dar vueltas entre artículos y más productos. Voy a la caja y aprovecho, mientras pagamos, para hacerle también la pregunta de marras a la cajera que nos atiende, apelando a su simpatía y al hecho que nos haya dado conversación. Alucina, se ríe y llama a su compañera, con la que trabaja espalda con espalda: "Mira lo que me va a preguntar...". Ya decía que la realidad supera a la ficción, debate aparte sobre si este Tinder improvisado surge a las órdenes de una campaña de marketing enmascarada.

Era verdad, el delirio colectivo se ha apoderado de la hora que mejor pilla para comprar a los que trabajan hasta tarde. Sobre si realmente se liga o no, todo depende de tantos factores... Nosotras hemos tenido suerte con quienes nos hemos topado en la incursión, gente bastante maja, pero sólo los que se han intercambiado los teléfonos tienen la respuesta de si irá a buen puerto o no ese cruce de carritos fortuitos.

Una cosa me queda clara: de nuevo, mi compañera demuestra ser de mis personas favoritas en el planeta, sobre todo cuando me suelta un "siento que nacimos para vivir juntas" mientras descubrimos que compartimos la misma pizza favorita. Y esta frase también es espontánea, de verdad. Ya habrá tiempo para marearse con más posibles citas en Mercadona e intentar localizar a ese trabajador de confianza, "argentino, tatuado y guapísimo", del que me ha hablado una compañera.