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Estrenamos nueva sección mensual en COSMOPOLITAN con la que subir la temperatura gracias a las historias más ‘hot’ y spicy’ que llegan a las librerías. Si eres de las que aman una buena novela romántica y disfruta como nadie de los personajes llevados por la pasión, apunta en tu agenda, porque cada mes compartiremos contigo un nuevo relato erótico. 🔥
El primero viene de la mano (y de la imaginación) de Jodi Ellen Malpas, autora número uno en ‘The New York Times’. Si has escuchado hablar de la serie ‘Mi hombre’, o si ya has sucumbido a los encantos de su protagonista, el 'sexy' Jesse Ward, te informamos de que hay nuevas y feroces experiencias en el mundo del irresistible personaje. Y es que Jesse no se ha limitado a conquistar corazones dentro de las páginas del libro ‘Sólo pienso en ti’ (el último de la reina de la novela romántica internacional), sino que también ha sido el ‘crush’ de muchas lectoras.
Ha sido tal su éxito que ahora en 'Sólo pienso en ti' podremos conocer todos los secretos del protagonista, con una historia contada en primera persona por él: lo primero que pensó cuando conoció a Ava, cómo ella le fue hechizando hasta convertirse en la única persona en su mente, su miedo por que descubra su gran secreto...
Sin duda, esta nueva obra de Jodi Ellen Malpas promete mucho amor, mucho fuego, una buena dosis de drama y, por supuesto, pasajes eróticos con los que mantenerte enganchada. Además de la novela, puedes ir leyendo el relato erótico que la autora ha escrito en exclusiva para COSMO, donde la tensión sexual entre dos extraños en un tren acaba con un final inesperado. ¡Calienta motores!
Relato erótico: ‘¿No tienes curiosidad?’
Con una profunda inspiración subo al tren desde el andén. Sé que está ahí antes siquiera de disponerme a buscarlo. El mismo vagón. El mismo asiento. El mismo gesto impasible recubriendo su atractivo rostro.
La habitual oleada de placer desenfrenado se desliza a través de mí.
El corazón me sube a la garganta mientras me dirijo a mi asiento habitual en el otro extremo del tren. Enfrente de él. Nunca levanta la mirada, siempre está concentrado en el portátil o en la pantalla del móvil mientras sorbe un granizado de café con leche. Nunca sonríe. Nunca quiebra su belleza estoica.
Todas las mañanas se desarrollan igual. De lunes a viernes, durante los últimos seis meses desde que me trasladé a la ciudad, he subido al mismo tren. Me he sentado en el mismo asiento. He observado al mismo hombre.
Me he preguntado por él.
Lo he admirado.
He fantaseado con él.
¿Cómo se llama? ¿A qué se dedica? ¿Sonríe alguna vez? ¿Tiene los dientes bonitos? ¿Cómo suena su voz?
Sacudo la cabeza para volver en mí y tomo asiento, dejo el café sobre la mesita y saco el portátil. Abro las notas y las repaso una vez más, me estoy preparando. Mordiéndome el labio, me pregunto si mi jefa las considerará lo suficiente buenas. Me pregunto si me considerará a mí lo bastante buena. En el fondo sé que, a ojos de mi jefa, nadie es lo bastante bueno. Nadie cumple nunca sus expectativas. Dawn Foster es una egocéntrica con el corazón de piedra. Es el tipo de mujer que no cae bien a otras mujeres, y eso no solo se debe a que es preciosa y tiene éxito, sino también a que es cortante y grosera y tiene una alta y retorcida autoestima. Es una narcisista, estoy convencida.
Yo soy lo bastante buena.
Levanto la mirada.
Hacia él.
Continúa perdido en la pantalla de su portátil, con la espalda relajada y los labios un poco fruncidos. Está observando algo. Considerándolo.
¿Qué será?
Me sacudo la ensoñación de encima y regreso a lo que me ocupa. Un posible ascenso.
Exhalo y reviso mis notas otra vez.
Levanto la mirada.
A cara perfecta con barba incipiente asoma un ceño fruncido.
Me empieza a sonar el móvil y me sobresalto. Él no levanta la mirada. Es como si existiera en un mundo donde no hay nadie más. Ni sonidos ni interrupciones; nada. Excepto la pantalla de su portátil.
–Hola –contesto con un suspiro.
–Ya está en su mesa –me susurra Ren.
Frunzo el ceño y miro el reloj.
–Pero si solo son las siete. Nunca llega a la oficina antes de las ocho. –Gimnasio a las seis, ducha a las seis cuarenta y cinco, café a las siete y media, ya preparada para que la recoja el chófer. Contestará los correos electrónicos en el coche durante el trayecto hasta nuestro despacho en el rascacielos. Se reaplicará el pintalabios cuando esté a doscientos metros del edificio—. Joder —murmuro, y me rastrillo el pelo con los dedos. Esperaba encontrar un espacio tranquilo para preparar la entrevista. La oficina nunca está tranquila cuando Dawn ronda por allí, la hembra alfa exige ser escuchada, esté hablando contigo o no—. ¿Qué está haciendo?
–Leyendo papeles y bebiendo café con los pies en alto.
Está sopesando a los candidatos otra vez. Miro el reloj. Me queda una hora para enfrentarme a ella.
–Llego en seguida.
–Espera –me suelta Ren.
–¿Qué?
–¿Está ahí?
Tuerzo un poco la boca y miro discretamente. Se acaricia la barbilla con barba de tres días. Los ojos no se apartan del portátil. El granizado de café con leche flota ante sus labios.
–Sí, está aquí. –Siempre inmóvil y estoico.
–Un día tendrías que seguirlo.
–¿Qué?
–Para ver dónde trabaja.
Me revuelvo incómoda en el asiento y aparto el rostro del hombre del tren. Como si tuviera tiempo para seguir a extraños por Londres. Aunque sí que tengo tiempo para preguntarme adónde va cuando yo giro a la izquierda a la salida de la estación y él gira a la derecha.
–Eso estaría rayando el acoso. –Miro por la ventana y veo que estamos llegando a la estación, así que me levanto, me cuelgo el bolso del hombro, me coloco el portátil bajo el brazo, recojo el café y me dirijo hacia las puertas con la intención de adelantar a la aglomeración de pasajeros que retrasaría mi llegada a la oficina—. Hasta luego.
Corto la llamada mientras el tren se va deteniendo, aunque las puertas siguen cerradas. Presiono repetidamente el botón para que se den prisa en abrir, atenta a la campanilla que anuncia la apertura de las puertas. Por fin se me concede la libertad y bajo del tren. Hago malabares con el café y el portátil para buscar la tarjeta mientras me apresuro hacia los torniquetes. La marea de pasajeros me alcanza y se agolpa en el embudo que forman los puestos de salida. Paso la tarjeta por el escáner y avanzo, pero el torniquete no me deja pasar y casi me caigo sobre la barra que me impide el paso.
–Mierda. –Paso insistentemente la tarjeta por el lector, pero el mecanismo no se desbloquea. Irritada, doy un paso atrás mientras busco con la mirada a un guardia que me franquee el paso. —Maldita se… —Algo choca con fuerza contra mi espalda y grito al verme impulsada hacia delante. Y resoplo cuando me derramo todo el café por delante—. Oh, Dios mío —jadeo cuando una sensación helada me recorre la espalda—. ¡La madre…! —grito mientras me arqueo por instinto para huir de la sensación helada.
–Joder –murmura una voz grave y brusca.
Me quedo quieta, congelada en todos los sentidos y empapada por ambos lados. Oigo el golpe de algo que cae al suelo. Me quedo mirando al frente, inmóvil, mientras el caos de la estación se sigue desarrollando a mi alrededor, hasta que al final reúno la fuerza de voluntad necesaria para darme la vuelta.
Y me encuentro cara a cara con él.
Muy cerca de mí.
Trago saliva.
Sus ojos grises son casi plateados. Visto de cerca, tiene la media melena más entrecana de lo que pensaba. La barba de tres días le hace juego. Sus labios me llaman. Su alta y esbelta figura se cierne sobre mí. Su…
Me inclino hacia delante y me deleito con gran dosis de perfección; es puro, varonil, embriagador.
–Lo siento mucho –dice, aunque no suena muy compungido.
Parpadeo y aparto los ojos de su rostro, guapo a rabiar, y me recompongo. O lo intento.
–Mierda –susurro mirando el café y la blusa manchada–. ¿Me ha caído granizado de café con leche por la espalda?
–Me temo que sí.
“Joder.”
–¿Y lo que acabo de pisar es mi portátil?
Retrocede un poco y me da espacio. Lo agradezco.
–En realidad, no.
–Ah, ¿no? –“Gracias a Dios”.
–No, es tu móvil.
Cierro los ojos un instante e inspiro.
–Esto es un desastre. –Me llevo las manos a la cabeza–. Tengo una entrevista, mis notas están en el portátil, llevo la blusa manchada y estoy hecha un trapo. —Abro los ojos al darme cuenta de que estoy balbuceando como una loca.
Se agacha para recoger mis cosas e inspecciona la esquina agrietada de mi iPhone.
–No creo que esto tenga arreglo. –Levanta la mirada hacia mí y cualquier pensamiento sobre blusas manchadas, entrevistas inminentes y aparatos rotos se me va de la cabeza. Mi mente se interna en un abismo de fantasías obscenas. —Pero a ti… —añade.
–Pero a mí ¿qué?
–Creo que puedo salvarte.
–¿Perdona?
Baja los ojos hacia mi blusa manchada.
–Mi despacho está justo al doblar la esquina.
Su despacho. “Donde yo giro a la izquierda, y él, a la derecha.” ¿Hacia dónde?
–Tu despacho –repito como una idiota.
–Para asearte.
–Asearme.
Una sonrisa amenaza con romper su eterna expresión estoica.
–Sí, para la entrevista.
“¿Tengo una entrevista?”
Inclina la cabeza, sus ojos se vuelven de un peligroso tono ahumado.
–También puedes usar las agradables instalaciones de la estación.
Miro hacia las agradables instalaciones de la estación. Me sale una mueca al pensar en que el secador de manos sería entonces mi salvador en lugar del hombre del tren.
–Me imagino que el secador de manos no funcionará.
Clavo la mirada en sus ojos. Mi oficina también está al doblar la esquina. La otra esquina. Pero…
“¿No tienes curiosidad?”
Asiento, él también; se inclina por delante de mí y le presenta una American Express al lector. Su cercanía me provoca un vahído.
–Después de ti –me susurra.
Me giro y camino, me tiemblan las piernas mientras reprimo con firmeza el hormigueo que me recorre la columna vertebral.
Caminamos uno al lado del otro en un silencio incómodo y, cuando giramos a la derecha al final de la calle, me vuelvo para echar un vistazo rápido por encima del hombro. Debería dirigirme hacia allí, pero parece que mis pies han decidido lo contrario y permiten que él me guíe hasta una plaza circundada por unas preciosas casas adosadas.
Vuelve los ojos hacia mí y todo el cuerpo se me calienta bajo su escrutinio mientras, con un gesto, me señala unos escalones que desembocan en una puerta negra brillante.
–Mi despacho.
–¿Este es tu despacho? –Miro la fachada del impresionante edificio y después la placa dorada que reza sencillamente “JZH”.
–Por favor –me dice; sube los escalones y abre la puerta para dejarme pasar al interior. La decoración es lujosa pero discreta, con paneles de madera blanca y apliques dorados. Asciende por la escalera de madera y yo lo sigo con la mirada fija en la parte trasera de sus muslos. Aquí empieza a hacer calor.
Atraviesa el rellano, también decorado en blanco y dorado, y abre la última puerta. La estancia es opulenta. Acogedora. Un sofá en color crema, un escritorio de madera clara, estantes empotrados en las paredes a ambos lados de una chimenea de ladrillo.
–Toma.
Me vuelvo y lo encuentro entregándome una camisa de mujer, y yo reculo. ¿Tenía una blusa en el despacho por casualidad? Sin darme cuenta, se me van los ojos a su mano izquierda. No sé por qué. Le he buscado muchas veces el anillo.
–¿Es de tu novia? –le pregunto azorada.
Niega con la cabeza.
–No.
“Oh.”
–¿A qué te dedicas?
–Soy agente.
–¿Inmobiliario?
–De talentos.
Asiento levemente mientras pienso en mi camisa manchada.
–Puedo secar esta.
–Sí, pero dudo que el secador quite las manchas de café.
Tiene razón, y no puedo presentarme de esta guisa en una entrevista. Acepto la camisa y observo que me repasa la delantera con los ojos. Bajo la mirada y veo el color rosa del sujetador a través de la tela mojada.
Parpadea y sacude la cabeza dando un paso atrás.
–¿No hace calor aquí? –pregunta de repente, y se dirige dando zancadas hacia la ventana para abrirla del todo e inclinarse sobre el alféizar, los pantalones se le ajustan y le marcan el culo.
“Señor, ayúdame.”
–¿Y el baño?
–Es la puerta que tienes detrás. –No me mira ni me señala el camino, se limita a permanecer asomado a la ventana. Cruzo la puerta deprisa, la cierro, dejo el bolso y exhalo vaciando del todo los pulmones.
–Joder –susurro mirando a mi alrededor; el baño también es precioso. Todo él y todo lo que lo rodea es precioso. Me pongo la blusa que me ha dado, meto la mía en el bolso y me vuelvo hacia el espejo. Me abofeteo las mejillas sonrosadas y me revuelvo un poco el pelo antes de arreglarme el cuello de la camisa. Me llevo el cuello a la nariz para oler la tela. Cítrico. Demasiado almizclado para mi gusto.
“¿Qué estoy haciendo?”.
Voy a marcharme. Tengo que hacerlo, y no solo porque estar cerca de este hombre del tren me agote. La entrevista. «Mierda.» Abro la puerta y me lo encuentro paseando delante de su escritorio con las manos metidas en los bolsillos. Levanta la cabeza. Se le hunde el pecho.
¿Una inhalación?
–Gracias –digo tirándome de la parte delantera de la camisa sin encontrar nada más que decir.
–De nada.
Nuestros ojos se encuentran, y los suyos tienen un peligroso tono ahumado. Categóricamente, puedo decir con el corazón en la mano que nunca me he sentido tan atraída por un hombre. Quizá sea el misterio. O quizá sea sencillamente porque su aspecto, su aura, podrían dejar sin sentido a una mujer.
–Debería irme.
–Deberías.
Me vuelvo hacia la puerta y aferro la manecilla.
–Gracias.
–Ya me las has dado. –Apoya el culo en la mesa sin quitarme los ojos de encima. Es como si me estuviera provocando silenciosamente.
–¿Qué? –pregunto.
Se ríe suavemente, pero después se pone serio. Casi enfadado.
–Siento una necesidad imperiosa de besarte.
Me quedo quieta con la puerta a medio abrir y el corazón latiéndome en la garganta. ¿Qué es esta locura?
–¿Qué?
–¿Me estoy imaginando la química?
Aparto la vista, sorprendida por esa pregunta tan atrevida, pero me obligo a volver a mirarlo y me esfuerzo por mantener el contacto visual.
–Somos unos perfectos extraños –digo suavemente, como tratando de convencerme a mí misma–. No sabes nada de mí.
Se muerde la comisura del labio y se levanta de la mesa.
–No es verdad. –Camina directo hacia mí, despacio, indeciso–. Sé que coges el tren en Battersea. Sé que giras a la izquierda cuando yo giro a la derecha al salir de la estación. —“Se acerca, se acerca, se acerca”—. Sé que todas las tardes te subes al tren de las 18.43 excepto los viernes, cuando te vas andando… a otro sitio.
–A ver a mis amigas –susurro. “Se acerca”–. Y tú no coges el de las 18.43, así que ¿cómo sabes que yo sí? –“Se acerca”.
Se detiene justo delante de mí, su pecho queda a un par de centímetros del mío.
–Mi chófer pasa por la estación a las 18.35, después de recogerme de mi despacho a las 18.30.
–Si tienes chófer, ¿por qué coges el tren todas las mañanas?
–Me gustan las vistas. –Baja la mirada hacia mis labios y me apoyo en la puerta, cerrándola. “Se acerca”.
–¿Las vistas? ¿De las chimeneas y el humo?
–Hablas demasiado.
–Pues hazme callar –susurro y, lentamente, él apoya su boca en la mía, y en cuanto nuestros labios se tocan, todo mi mundo se desvanece. Su lengua, caliente e insistente, se bate en duelo con la mía; su firme cuerpo me tiene atrapada contra la puerta. Dios mío, ¿qué está pasando? ¿Qué estoy haciendo? Tengo que detener esta locura.
No puedo detener esta locura.
No quiero.
Pero el universo tiene otros planes y de repente se oye un portazo que provoca que se aparte de mí, jadeante y un poco sorprendido.
–Mierda –maldice–. Mi ayudante.
Me quedo apoyada contra la puerta, completamente fuera de mí; las secuelas me han dejado como atontada. Su sabor en mi boca, su olor en mi ropa.
–Bueno, esto ha sido algo inesperado –comenta casi divertido, aunque, por la cara que pone, nadie lo diría. Se pasa una mano por el pelo mirándome–. ¿Estás bien?
Sinceramente, no lo sé. Estoy ardiendo. Aturdida.
Insensata.
Estúpida.
–Tengo que irme. –Cojo el bolso y salgo corriendo, bajo rápido la escalera y paso al lado de una mujer de aspecto sorprendido, con dos cafés en las manos y las gafas colgando del cuello con una cadenita. Sonrío torpemente mientras la esquivo y salgo a la calle, donde me doy unos instantes para recuperarme.
Podría quedarme allí un mes y no me recuperaría.
Para cuando llego a la oficina, estoy sin aliento por los motivos adecuados y tengo el rostro brillante por el sudor. Ren es la primera persona a la que veo cuando se abren las puertas del ascensor, con un café en la mano.
–¿Dónde narices estabas? –sisea mientras me mira de arriba abajo–. Uh, ¿camisa nueva? Parece cara. –Ignoro la pregunta y salgo del ascensor–. Te he estado llamando. Hace media hora que deberías estar aquí.
–Se me ha caído el móvil. –La dejo atrás y me dirijo a mi despacho, mi amiga me sigue pisándome los talones–. Y el portátil. Y el sentido común.
–¿Qué? –pregunta impaciente.
–Nada. –Lo dejo todo sobre mi mesa y me enderezo–. ¿Puedo usar tu ordenador para entrar en mi cuenta? Me gustaría repasar mis notas una última vez.
Mira mi maltrecho portátil y niega con la cabeza, desesperada. Si ella supiera…
–Será mejor que te des prisa, ha salido a tomarse un café antes de llamarte.
Asiento, inspiro hondo y sigo a Ren fuera del despacho, dedicándome mentalmente a mí misma una charla preparatoria mientras camino para ver si puedo volver a concentrarme.
Su calidez.
Su boca suave y experta.
Su aroma.
La dureza de su pecho contra la blandura de mis tetas.
“¡Para!”
Me recuerdo lo importante que es esta entrevista para mí. “Concéntrate.” Si no consigo el trabajo, pierdo mi casa. Tan simple como eso. Gracias al capullo traidor de mi ex, no tengo ahorros, pero sí una hipoteca que no puedo permitirme con mi salario actual. Por eso trato de evitar los recuerdos y me doy una reprimenda a mí misma. “Concéntrate. Concéntrate. Concéntrate.”
Dawn dobla la esquina con un café, sonriendo, y me detengo. “Mierda”.
–Jules –ronronea sin dejar de sonreír–, te toca el interrogatorio.
–Genial –murmuro llorando por dentro.
Me obligo a sonreír con la intención de transmitir confianza. Puedo hacerlo. He repasado mis notas un millón de veces. Las tengo grabadas en la memoria. Empiezo a recitarlas para mí mientras Dawn me guía hasta la sala de conferencias.
–Señora Foster –la llama Glenda, haciendo que Dawn y yo nos detengamos.
Ambas nos giramos hacia su secretaria.
–¿Qué ocurre?
Glenda parece confundida; se aturulla, alterna la mirada entre mí y nuestra jefa.
–Por el amor de Dios, chica –ladra Dawn, impaciente, sobresaltándonos a las dos–, esta mañana debo hacer varias entrevistas y no tengo tiempo que perder. ¿Qué quieres?
–El señor Hutchinson está subiendo.
En la expresión de Dawn aparece una desconfianza muy poco habitual en ella.
–¿Ahora? –Mira el reloj–. Llega pronto. Tráele un café o algo.
–En seguida –responde Glenda, nerviosa, justo cuando se abren las puertas del ascensor.
–Un café sería perfecto –dice una voz.
Cuando lo veo, retrocedo unos pasos trastabillando, como si un pedrusco acabara de golpearme. El hombre del tren en toda su gloria trajeada. El señor Hutchinson.
Me ve nada más salir del ascensor y ladea la cabeza. Yo aparto la mirada, completamente aturdida. Dawn sonríe ampliamente.
–A mi despacho –dice haciéndole una seña al señor Hutchinson y guiándolo por el pasillo.
Trago saliva; noto la lengua pastosa en la boca mientras él se aleja sin dejar de mirarme en ningún momento. Rompo el contacto visual y noto que me arden las mejillas, casi podrían delatarme y revelar mi insensatez. Él desaparece en el despacho de Dawn, y suelto una sonora exhalación.
–¿Quién narices es ese? –pregunta Ren mirando la puerta de Dawn.
–Es el hombre del tren –susurro, mareada y temblorosa. Toda la información que necesito para la entrevista se me va borrando de la mente.
–Es el marido de la señora Foster –interviene Glenda.
Se me abre la boca, se me hiela la sangre, y Ren jadea sorprendida.
–¿Dawn está casada? –espeta–. ¿Desde cuándo?
¿Cómo es que no lo sabíamos? Doy unos pasos en círculo tratando de esconder mi expresión de vergüenza.
–Ay, Dios –susurro.
–Jules, ¿estás bien? –pregunta Ren, y me coge del brazo en el mismo momento en el que Dawn asoma la cabeza por la puerta de su despacho y le ordena a Glenda que aligere; luego se me queda mirando. Noto como si llevara una señal en la frente que indica que he besado a su marido. “¡El marido de mi jefa!”
–Dame diez minutos –me dice. Debería darle las gracias. No puede ser. “¡El marido de mi jefa!”–. Bonita camisa. –Me repasa la delantera–. Yo tengo una igual. –Se cierra la puerta y me entra un ataque de tos de la conmoción.
“¿Qué?”
–Estaré en mi despacho –digo suavemente, y enfilo el pasillo con las piernas insensibles. Cierro la puerta detrás de mí. Me dejo caer contra ella.
Y resbalo hasta sentarme en el suelo.
“Estoy jodida.”
Cristina es redactora de belleza y ‘lifestyle’. Para sorpresa de nadie, adora escribir sobre tendencias, propuestas de maquillaje y todo tipo de consejos de estilismo (especialmente aquellos para chicas bajitas). Nada le inspira más que un buen libro y tomar notas en una libreta ‘cute’. Le apasiona todo lo que tenga que ver con la cultura ‘pop’ y se pasó una importante parte de su adolescencia analizando el ‘street style’ de las famosas y aprendiendo a hacer el ‘eyeliner’ en menos de cinco minutos.
Se trasladó a la capital para estudiar Periodismo y Comunicación Audiovisual en la Universidad Carlos III de Madrid, para después adentrarse en el mundo de las marcas con el Máster de Gestión Publicitaria de la Universidad Complutense. Los meses en los que vivió en París los dedicó a impregnarse de ese ‘je ne sais quoi’ de una de las capitales mundiales de la moda.
Comenzó como periodista en la revista El Duende, donde redactaba sobre eventos culturales. Lleva escribiendo desde que tiene uso de razón, y cuando tenía dieciséis años nació su novela ‘Contando estrellas apagadas’. Actualmente cursa el diploma de Marketing y Comunicación de Moda y Lujo, organizado por la revista Elle junto a Mindway y la Universidad Complutense.












