Primero, definición: la leptina es una hormona producida por las células grasas y encargada de mantener el equilibrio y el control del apetito. Lo hace enviando mensajes al hipotálamo, informándole de que el cuerpo ya ha recibido la suficiente cantidad de grasa como para recuperar los niveles adecuados. En definitiva: le dice al cerebro que ya hemos comido suficiente, que ya no tenemos hambre, borrando así la sensación de apetito.

A priori, todo claro. Y parece sencillo. Tras el gasto de energía y la consecuente necesidad de recuperarla, y llegado el momento de la recarga de baterías, es el cuerpo quien se encarga de decir ‘basta’. Por eso, las dietas milagro han visto en la alteración de esta hormona la clave para controlar el apetito. A más leptina, menos hambre. Entonces, quizá haya que enchufar leptina al cuerpo de manera artificial, en forma de complemento. 1 + 1 = 2. Pero, ¿realmente es tan sencillo? Algunos entienden que la leptina puede convertirse en un arma infalible contra la obesidad. ¿Seguro? ¿Realmente esta hormona va a ayudarte a adelgazar?

Pues no. Al menos, no hay ningún estudio o prueba científica que lo haya constatado. Un reciente informe de la Organización de Consumidores y Usuarios afirma que “no hay pruebas concluyentes de la eficacia de estos suplementos” y que “la seguridad de esta sustancia aún no se ha determinado, existiendo muchos interrogantes que la ciencia debe resolver”. Pretenden así poner el foco sobre los medicamentos o complementos dietéticos, muchos de ellos vendidos por Internet, y alertar de que la forma en la que se publicitan es “bastante irregular”.

Otros análisis van incluso más allá, avanzando un posible efecto rebote. La hiperleptinemia, es decir, el exceso de leptina en el organismo, trae consigo la consecuencia de la que precisamente se está tratando de huir: el hipotálamo llega a dejar de responder a los mensajes de esta hormona, desarrollando una resistencia a la misma y alterando así su relación con ella. El cerebro comienza a entender entonces que, lejos de haber desaparecido el apetito, el cuerpo le está demandando unas mayores reservar de energía, y ordena al organismo que queme menos calorías y que ralentice el metabolismo, volviéndonos incluso menos activos.

El juego debe hacerse, según los expertos, de forma natural. Porque el apetito es fruto de la combinación de varios factores físicos y también emocionales. Por eso, y de nuevo, la dieta equilibrada, el ejercicio y los hábitos de vida saludables se revelan como los mecanismos clave. Así, evitar las comidas procesadas, ricas en grasas saturadas y en azúcares, y aumentar la presencia de fibra en la dieta –presente en legumbres, frutos secos y algunas frutas–, será una buena manera de comenzar. Además, convendrá realizar actividades físicas y mantener un ritmo de descanso adecuado para fomentar la buena marcha del metabolismo.

También habrá que huir de las dietas demasiado estrictas y restrictivas, por su efecto en la reducción de los niveles adecuados de leptina –a bajo aporte calórico, más sensación de apetito–, y tampoco buscar la pérdida rápida de peso. Por otro lado, habrá que tratar de mantener controlado el estrés, que conduce a un estado de ansiedad que terminará por empujar, en muchas ocasiones, a vincular la comida al placer y a la recompensa, haciendo flaco favor al equilibrio.

Y todo ello, para bien ser, con ayuda profesional. Cada cuerpo es un mundo y, en vista de que el apetito está marcado por varios factores que responden a distintos planos, será necesario controlarlo con el apoyo de un especialista, más cuando la relación con la comida y sus consecuencias –como la obesidad– se convierten o pueden convertirse en el desencadenante de problemas más graves. Pero sobre todo: de milagros, nada, y menos comprados por Internet.