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A estas alturas, ¿quién podría imaginar una vida sin redes sociales? Un espacio que, en sólo unas décadas, se ha convertido en una utilísima herramienta para conectarnos no sólo a la información y al entretenimiento, sino también a personas de todo el planeta casi al instante. TikTok, Facebook, Instagram, X, Snapchat, WhatsApp y tantas otras plataformas son una manera más que cotidiana para mantenernos al día de cuanto pasa y nos interesa; un atractivo (y atrayente) escaparate que, sin embargo, también es vehículo de desinformación y 'fake news' que pueden ocasionar un peligro real a quienes las consumen, a veces, sin demasiados filtros ni criterio. Y el ámbito de la nutrición no escapa a estos riesgos.
¿Pero, qué es esto del TCA?
Ahora bien, ¿de qué hablamos cuando utilizamos la expresión Trastorno de la Conducta Alimentaria (TCA)? Según la Consejería de Sanidad de la Comunidad de Madrid, nos referimos a “un conjunto de alteraciones graves relacionadas con la ingesta de alimentos (restricción prolongada de comida, atracones, obsesión por el peso y la imagen corporal, pérdida de peso…) asociadas a determinadas anomalías psicológicas (elevado nivel de perfeccionismo, impulsividad, baja autoestima, insatisfacción con la imagen corporal, etc.)”.
Anorexia, bulimia, trastorno de atracones y dismorfia muscular (más conocida como vigorexia) son las principales formas en las que estos TCA se manifiestan. “Se trata de un problema de salud mental que aparece con más frecuencia en la adolescencia debido a la mayor vulnerabilidad que presentamos las personas en esta etapa de la vida, en la que se está formando nuestra identidad y se producen cambios corporales importantes”.
La incidencia de este problema es mucho mayor en mujeres: de hecho, las estadísticas consultadas aseguran que, en España, afecta a un 90% de ellas. Y si revisamos los estudios en torno a la edad en la que comienza a dar la cara, un 30% de las adolescentes ya muestran signos de este trastorno, frente al 17% de los chicos en esa misma franja de edad, según el Informe Mujeres Jóvenes y Trastorno de la Conducta Alimentaria, elaborado por el Instituto de las Mujeres.
Detrás de esta patología, no hay una única causa. El último Congreso de la Asociación Española para el Estudio de los Trastornos de la Conducta Alimentaria, afirmó que el origen podría ser un 60% genético, mientras que el restante 40% podía deberse a múltiples factores: desde la interacción de aspectos psicológicos hasta cuestiones socioculturales, entre ellas, el canon de belleza que nuestra sociedad se empeña en dar como único y válido, así como la tremenda presión social para ajustarse a ese modelo.
Redes y nutrición. Una pareja (no tan) bien avenida
Las redes sociales, como también apunta Esther Sainz Soto, directora del área de nutrición de Arbore TCA en el encuentro 'Nutrición y TCA en las redes sociales: del plato al algoritmo', “también ejercen un papel clave en el desarrollo y el mantenimiento de los Trastornos de la Conducta Alimentaria, siendo en muchos casos un desencadenante; sobre todo, en las personas más vulnerables”. Sin olvidar que pueden influir negativamente en cómo viven esta patología quienes ya la padecen, normalizando conductas vistas en aplicaciones y webs que nada tienen de saludables.
Según el estudio del Instituto de las Mujeres antes mencionado, las usuarias de redes encuestadas dicen pasar entre una y dos horas al día en WhatsApp e Instagram, seguidas por TikTok, Youtube y X, con menos de 60 minutos diarios de exposición. Durante ese tiempo, infinidad de imágenes y comentarios están taladrando nuestro cerebro con mensajes aparentemente reales pero que, en el fondo, transmiten una visión distorsionada de nuestro aspecto físico.
“Si nos paramos a pensar, veremos que en su gran mayoría ofrecen estereotipos simplistas, con imágenes retocadas y manipuladas por los más diversos filtros, algo que se ha acrecentado con el uso de la Inteligencia Artificial”, asegura Carla Cotterli, CEO de la agencia de comunicación Cotterli y experta en márketing y redes sociales. De las redes extraemos reglas o creencias de lo que se espera de nosotros, según manifiesta Denisa Praje (@psidenisa), psicóloga especializada en TCA y autora del libro 'Tu cuerpo es para vivir' (Editorial Montena): “En ellas se refuerzan y se castigan conductas que tienen que ver con acercarse a un ideal de belleza o alejarse de él. Y no solo con los 'likes' o los comentarios que recibimos directamente de los seguidores, sino también de una forma vicaria, es decir, cuando vemos qué personas tienen éxito o qué personas son objeto de violencia por parte de sus 'followers' y 'haters'. De algún modo, pensamos que eso también nos puede pasar a nosotros”.
¡Atención!: 'Infoxicación' al acecho
Las redes tienen un inmenso poder en el ámbito de la alimentación y la salud, entre otras cuestiones, porque en ellas nos comparamos con aquellos ideales impuestos por la sociedad de consumo, tal como apunta Laura Villanueva (@nutrisindramas), dietista, nutricionista y autora del libro 'Nutrición sin dramas'(Editorial RBA): “Cualquiera se puede abrir un canal de YouTube, un perfil en Instagram y dar consejos de salud, lo que supone un problema ya que, en cuestiones de nutrición, la mayor parte de los discursos que llegan a más personas son los más simplistas y reduccionistas. También porque el algoritmo premia esos mensajes controversiales: esto es malo, esto es bueno; esto inflama, esto no; esto es tóxico, esto es comida real. Quien recibe esa consigna, de una fuente que consume a diario, acaba interiorizándola”.
Como añade Carla Cotterli, hay un concepto en redes que no debemos perder de vista, 'infoxicación': “Un exceso de información donde da igual la fuente, que publica sin filtros de ningún tipo. La gente puede decir lo que quiera en redes porque parece que nadie los va a frenar. Eso es un riesgo tremendo (más si tenemos en cuenta que el uso de redes se inicia cada vez a edades más tempranas) porque, al final, no sabes qué información es más veraz o cuál está validada por expertos capacitados”.
Desmitificar esa 'infoxicación' que corre por el ciberespacio sobre nuestro cuerpo, sobre nuestra salud nutricional, es una tarea urgente. “Creo que hay que lucharlo desde el campo de batalla, desde las propias redes. Es realmente importante que los profesionales cualificados den información concisa, veraz y válida en ellas, enseñar a valorar las fuentes correctas”, afirma Carla Cotterli.
La psicóloga Denisa Praje también cree que hay que plantar cara en las propias redes, aunque piensa que resulta difícil hablar desde la evidencia y lo complejo cuando realmente lo que se va a mostrar te obliga a condensar la información: “No hay más que ver Tik Tok o Instagram, donde el modelo que se premia son los mensajes rápidos, basados en muchos estímulos visuales e incluso de sonidos, como en los 'Reels', que no duran más de tres minutos… En redes se lanzan guías o reglas que no lo son, pero que el público toma como verdades absolutas, sin detenerse a mirar cómo funcionan en su propia experiencia”.
Lo sabe bien la nutricionista Esther Sainz, que cada día en su consulta atiende a pacientes “que llegan a nosotros como si fueran pequeños expertos en alimentación. Quieren fórmulas rápidas: cuántas calorías tiene tal cosa, esto es bueno o es malo… Los profesionales intentamos trabajar su identidad alimentaria, pero la cultura de la dieta, del culto al cuerpo y de ir restringiendo alimentos, ha calado hondo y las redes son un altavoz que va creciendo y cuesta parar para ahondar en un tema fundamental, quién soy yo y qué es para mí la comida, en vez de construir esa identidad a través de los mensajes que me llegan por el teléfono”.
De las redes al cerebro... y a tu plato
Esos ideales de belleza (prácticamente inalcanzables) que nos revelan las redes ocasionan un desajuste psicológico entre la realidad y el mundo virtual. La comparación continua con ellos implica que nunca nos sintamos a la altura del canon estético imperante. Al final, vamos interiorizando que nuestro valor como personas pasa por acercarnos a esa apariencia, y empezamos a conectar con un vacío interno que nos lleva a una baja autoestima, a una tristeza, a una sensación de que sin el cuerpo perfecto no somos nadie.
Algo que acrecientan los dichosos 'likes', de los que parece depender nuestra valía, generando mucha ansiedad por ese refuerzo que esperamos de los demás. “Si en los adolescentes esto está a la orden del día, en adultos se presenta de manera similar. Se tiene, eso sí, más conciencia de lo que es real o no, pero esa exposición diaria a tener el cuerpo perfecto, de tener esas rutinas de autocuidado, a ese canon de belleza saludable y antiedad que la sociedad impone como válido, al final alimenta esa frustración continua de que parece que nunca es suficiente para vernos mejor, para controlar más”, explica Míriam Blanco, psicóloga y directora asistencial de Arbore TCA.
“Hay una sensación de desconexión interna entre lo que uno necesita y lo que tiene que mostrar a los demás, aumenta una autocrítica y autoexigencia constante y sentimos que tenemos que ejercer un control sobre nuestra propia imagen. A eso puede añadirse que haya heridas psicológicas no sanadas (muchas de ellas referidas a nuestra relación con la comida) que empiezan a reactivarse con este querer mostrar la mejor versión de una misma”.
Confiar tu alimentación a lo que dictan las redes no es una buena idea. Así que mucho cuidado con llevar a la mesa dietas sin el aval de los profesionales de la salud, “ya que pueden acarrear efectos físicos nocivos para la salud”, tal como enumera la nutricionista Esther Sainz. “Entre ellos, desequilibrios nutricionales con alteraciones de vitaminas o minerales que conllevan anemia, uñas frágiles, caída del cabello, mareos o desmayos; cambios hormonales que, en algunos casos, ocasionan pérdida de la menstruación; alteración del tiroides, el cortisol (estrés) y la leptina (que ayuda a la regulación del hambre y la saciedad), y también problemas digestivos como dolor, estreñimiento, distensión abdominal o gases, que son frecuentes en las dietas restrictivas”.
Tus referentes, ¿tus mayores enemigos?
La democratización de las redes sociales es un hecho positivo: todos tenemos derecho a expresarnos, informarnos y también a entretenernos con ellas. Sin embargo, no todo el mundo está cualificado para opinar con criterio sobre cualquier asunto e influir en las vidas de quienes son sus 'followers'. Por eso, como usuarios de redes sociales, debemos preguntarnos si aquellos perfiles a los que seguimos merecen que lo hagamos. “En consulta, algo que me ayuda mucho a entender mejor el contexto de la paciente es preguntar a qué personas sigue, a quién admira o qué contenido consume activamente. Después, intento hacerle de espejo y cuestionarle qué tal le funciona ese contenido: si le ayuda realmente, si le aporta algo positivo o si le devuelve aún más dudas y más inseguridad”, explica la psicóloga Denisa Praje.
Cuestionar a 'influencers' y otros líderes de opinión es una tarea fundamental porque, hablando de salud, no podemos depositar nuestra confianza y bienestar en cualquiera. “Incluso buscando un referente que encaje con nuestros valores y que parezca aparentemente saludable, puede no funcionar en nosotros. Lo ideal sería convertirnos en nuestro propio gurú porque somos los únicos que conocemos de primera mano nuestra historia, que nos indica qué nos ha funcionado y qué no”, concluye Praje. “Es nuestra experiencia la que debería guiarnos, eso es a lo que deberíamos aspirar”.
Por supuesto, también debemos acudir a los especialistas en caso de notar alguna alteración con la ingesta de alimentos, la obsesión por el peso, así como nuestra propia imagen corporal. Porque, como manifiesta la nutricionista Laura Villanueva, “de un trastorno en la conducta alimentaria o de una mala relación con la comida, por supuesto se puede salir”.
Un uso saludable de las redes sociales es posible
Con todo, un uso saludable de las redes es posible. “Antes consumíamos publicidad en la tele, en las revistas; ahora, en especial los más jóvenes, vemos sus perfiles en redes... No podemos quedarnos obsoletos, las tendencias digitales son las que son, aunque lo más importante es que la información veraz llegue a los usuarios. Es un reto difícil, pero no imposible”, dice la experta en redes sociales Carla Cotterli. ¿Soluciones? “En los soportes donde manda un ritmo rápido, quizá haya que hacer impactos con 'claims' que llamen la atención para redirigirnos después a medios más pausados, como un canal de YouTube o una 'newsletter', que sirven para tratar estos temas de manera más profunda. Hay que estar ahí para poder llegar a todo el mundo, en especial, a los más jóvenes, que son los más vulnerables. Y hacerlo con un lenguaje adaptado al público general cercano y eliminando tecnicismos”.
Quienes siguen las redes también deben hacer el esfuerzo de aprender a manejarlas. Es fundamental tener un pensamiento crítico para discernir lo que se publica en ellas: no creerse todo lo que ven, no quedarse con la información rápida sin contrastar su veracidad”. Con Cotterli coinciden las nutricionistas y las psicólogas entrevistadas en que no hay que demonizar las redes, sino darles un buen uso. “Y recordar que el contacto social no debe ser solo virtual, sino que hay que relacionarse en el mundo real con la gente a la que quieres. Que su uso no interfiera en tu vida profesional, familiar o interpersonal. Que no te quiten horas de sueño, que controles su tiempo de uso, y también su calidad: es preciso rastrear contenidos saludables y variados, y que tus búsquedas no se limiten solo a dietas, nutrición o ejercicio”.
Todo esto es básico para que nada de lo que encuentres en ellas afecte a tu valor personal, para construir una autoestima que vaya más allá de lo que piensen los demás, del cuerpo, del peso o de la estética que desde ese escaparate parecen querer imponerte. En definitiva, que tu autoestima esté conformada por un montón de factores, pero no solo por el físico.












