Instagram está ahora mismo inundado de fotos en blanco y negro de mujeres, con los hashtags #challengeaccepted y #womensupportingwomen. Todo empieza con un mensaje privado: una seguidora te elige alegando que eres amazing (el texto está en inglés) y te pide que subas tu foto; se supone que el objetivo es que nos apoyemos las unas a las otras para difundir una corriente de empoderamiento femenino.

Yo he recibido ese mensaje cinco veces (gracias, amigas), así que ayer subí mi foto. Al principio me hice un selfie sobre la marcha, pero salía horrible: hacía mucho calor y estaba sudada, y además había trabajado un montón de horas y tenía ojeras, y por supuesto no me había maquillado en todo el día. Vamos, el aspecto que una suele tener cuando teletrabaja en Madrid a 40 grados y no es una top model. Así que descarté el selfie y busqué en el carrete de mi teléfono hasta dar con un retrato en el que apareciera más favorecida.

Al repasar las fotos de mi timeline etiquetadas como #challengeaccepted, me da la sensación de que todas las que se han unido al reto han hecho lo mismo que yo, porque las veo guapas y sonrientes. Creo que no me equivoco al afirmar que absolutamente todas han buscado la mejor versión de sí mismas para compartirla. Eso –ofrecer la imagen estéticamente más favorable de sí misma– es justo lo que ha hecho Pilar Rubio al subir a su cuenta una imagen en la que aparece junto a su marido, Sergio Ramos, y su recién nacido. Claro que este caso es distinto, porque ella contaba con una desventaja (estaba recién parida) y con una ventaja (incluso recién parida, Pilar es más guapa que nosotras). Hay otra diferencia: a ella le han puesto a caldo.

Todo empezó con un tuit de una concejala en el que interpretaba que la perfección de la presentadora era fruto del “mandato patriarcal”.

También he leído opiniones que argumentan que quienes acaban de dar a luz y no tienen tan buen aspecto como Pilar pueden sentirse frustradas al ver su foto.

Pilar está en su derecho de sonreír y pintarse los labios para la foto aunque le tiren los puntos.

No lo sé, porque nunca he parido, pero es como si yo me frustro al leer Elle Decor porque las casas que aparecen en esa revista son objetivamente más bonitas y están más ordenadas que la mía (ahora me criticarán por comparar a una mujer con una casa). Lo que quiero decir es que a las mujeres se nos debería presuponer un poco más de madurez, del mismo modo que nadie piensa que los hombres van a andar llorando por las esquinas cuando en la portada de Men’s Health sale un tío más cachas que ellos. No me gustaría que se me malinterpretase: a mí me parece fantástico y valiente el testimonio de, por ejemplo, Tania Llasera cuando muestra su barriga hinchada después de los embarazos. Soy la primera en aplaudirle por ello, pero el mensaje que difunde Tania es una opción, no una obligación. Igual que ella está en su derecho de mostrar las cosas como realmente son, Pilar está en el suyo de sonreír y pintarse los labios para la foto aunque le tiren los puntos.

La verdad, todo esto del #womensupportingwomen empieza a parecerme una gigantesca hipocresía. Creo que el reto verdaderamente importante que tenemos ahora mismo las mujeres por delante es el de dejar de compararnos. Yo, al menos, voy a intentarlo.