Ya han pasado 15 años desde la primera vez que entrevisté a Scarlett Johansson. En aquel momento ella era la desconocida que protagonizaba Ghost World y su madre era su manager y me dio enseguida su número de móvil alegremente. «¿Por qué hacía eso mi madre? Creo que era más o menos la época en que salieron los móviles, y no nos dábamos cuenta de lo vulnerables que todos íbamos a ser llegado un momento», comenta hoy la megaestrella, que sufrió un hackeo en 2011, cuando sus fotos íntimas fueron filtradas al mundo entero. Por aquel entonces, Johansson tenía dieciséis años y estuvimos hablando de tíos –es decir, de Patrick Swayze, que era, y sigue siendo, su máxima obsesión en lo tocante a famosos.

Hoy se muestra igual de divertida y espontánea en un café de Manhattan, donde nuestra conversación vuelve a adentrarse en territorio tíos. Cuando ya nos sentimos a gusto, le confío que un tipo con el que salí sigue enviándome mensajes a las tantas. Yo siempre le respondo y luego siempre me odio por ello. Blindada en unos ajustados vaqueros negros y una chaqueta de cuero, Scarlett da un sorbo a su té con hielo. «Lo mejor que puedes hacer es cortar», me aconseja. «Hace mucho, mucho tiempo, hubo alguien en mi vida que nunca estaba disponible… pero era un no estar disponible muy atractivo» (no revela si se refiere a alguno de sus presuntos compañeros sentimentales, entre ellos Jared Leto, Benicio del Toro, Justin Timberlake y Sean Penn, pero yo apuesto por Leto, el eterno soltero).

Me apunta con el índice, igual que haría con sus amigas. «Tienes que llegar a tu límite, tocar fondo». ¿Y no será que estoy rebotando ya? «No», me asegura, «tocas fondo en el momento en que te dices: ‘Ya no sé dónde estoy. ¿Qué hago aquí, a la puerta de este bar a la una y media de la mañana, escribiendo mensajes mientras mis amigas están dentro? ¿O cogiendo un taxi para ir a verlo a estas horas? No me reconozco’. Ese es el momento de cortar. Si no lo haces, volverá todo el rato, te chupará la sangre». Se encoge de hombros y me dice en tono comprensivo: «Una sigue cometiendo los mismos errores hasta que deja de cometerlos, ¿sabes?».

Ahora, a los treinta y un años, Scarlett habla con la comodidad de quien ha rebasado la veintena. Su matrimonio con Ryan Reynolds en 2008 y su posterior divorcio pocos años después no pudieron ser fáciles. Pero al menos ha salido de todo ello sabiendo que quizá una estrella masculina no sea el mejor compañero para ella. «La logística que conlleva estar con otro actor es muy complicada», dice. «Tiene que haber un verdadero acuerdo sobre cómo va acompartirse el tiempo, sobre todo si la carrera de los dos va al mismo ritmo. O incluso si uno de los dos tiene más éxito que el otro, también es muy complicado: puede establecerse cierta competencia».

En 2014 se casó con un prototipo de príncipe de Disney: Romain Dauriac, el guapo marchante y comisario de arte contemporáneo de treinta y cuatro años con quien tiene una hija de veinte meses, Rose. Ajeno a Hollywood, Scarlett lo conoció a través de unos amigos. «Es curioso, no creo que él hubiera visto mucho de mi trabajo», recuerda de sus primeros tiempos. «Sí sabía quién era, pero digamos que no era esa famosa de la que estaba locamente enamorado». La pareja ahora reparte el tiempo entre Manhattan, donde nació ella, y París, donde nació él.«Ambos somos muy urbanitas. Nueva York forma parte de la personalidad de los que somos de aquí y él creció en el centro de París. Solo sobrevivir a la jungla urbana ya forja el carácter».

Mientras que su ex, Ryan, se ha instalado con su actual mujer Blake Lively en el idílico pueblo de Bedford, en el estado de Nueva York, a Scarlett no la verás en el campo en un futuro próximo. «Crecer en un entorno natural tiene que ser maravilloso, pero yo no sabría hacerlo. La gran ciudad no dejaría de llamarme».

También están sus ideas políticas a favor de las mujeres. «Hay países en guerra, hay terrorismo, calentamiento global y empezamos a oír: ‘Hay que reducir el presupuesto para planificación familiar. ¡Fuera las iniciativas por la salud de las mujeres!’ ¿Es que es esa la prioridad número uno?», pregunta. «Es de locos. Estamos hablando de prevenir el cáncer cervical y de mama.

Cuando era muy joven, acudía a los servicios de planificación familiar. Todas mis amigas lo hacían: no solo por los anticonceptivos, sino por las citologías y las revisiones de mama. Sabemos del aumento de los abortos clandestinos, de mujeres que tienen que mutilarse y adolescentes obligadas a buscar ayuda en condiciones poco seguras, ¿y para qué? Estamos retrocediendo cuando deberíamos avanzar».

Hollywood presenta su propio cóctel de problemas varios. «Género, edad, paga. ¡Madre mía, estamos fatal!», bromea Scarlett ante la enormidad de todo ello. Empecemos por el género. Entre bastidores, es muy consciente de lo pocas que son las mujeres que escriben o dirigen películas de alto presupuesto. «Es un desequilibrio enorme, delirante», dice. Frente a la cámara, hay un problema de discriminación por edad que no va a desaparecer. Señalo que Scarlett nunca ha dado la réplica a un protagonista masculino de su misma edad. «Muchas veces se trata a las mujeres como esa flor tan bonita que se marchita, y los hombres son como un gran pino que se hace más formidable con cada año que pasa.
Las cosas adquieren más matices cuando abordamos el asunto de la igualdad salarial. «Me repele un poco hablar de eso, salvo que lo estemos aplicando al conjunto de las mujeres», me dice. «Yo soy muy afortunada, vivo realmente bien con lo que me pagan, y estoy orgullosa de ser una actriz que en esta etapa gana tanto como muchos de mis colegas hombres». Sí reconoce que seguramente le pagaron menos que a ellos en el pasado. «Creo que a todas las mujeres les ha pasado, pero a no ser que lo abordemos como un problema que va más allá de mi persona, creo que hablar de mi propia experiencia de esto es un poco odioso. Más bien se encuadra en el discurso feminista general». ¿Otra parte de ese discurso? Las películas con secuelas y una mujer como personaje central. Si se trata de encarnar a la Viuda Negra en éxitos de taquilla como Vengadores, Iron Man y Capitán América, Scarlett es una elección obvia como cabeza de reparto. Pero aunque para ella sería genial que el personaje tuviera su propia película «aparte, separada de este universo más amplio», no hay nada previsto… todavía. Aun así, la experiencia Marvel ha sido buena. Nos revela que muchas veces son más delicados sus coprotagonistas. «Quieren que les diga lo masculinos que son, pero están en contacto con su lado femenino… algunos pasan más tiempo en el sillón de la peluquería que yo. No voy a decir nombres, pero… ¡Hermsworth!» Echa una mirada circular, como para saber quién lo ha dicho.

Haber encajado tan bien en películas de superhéroes rebosantes de acción le sorprende. Pero es que también Ghost World se basaba en un cómic (aunque de un tipo mucho menos explosivo). Actualmente está entrenándose para el thriller de ciencia ficción, Ghost in the Shell, basado en los manga japoneses, en el que interpreta a una policía androide. Se ríe al pensar en su actual rutina diaria. «Me levanto, echo los cereales en el cuenco, cuido a la bebé, compruebo que todo está organizado y entonces me voy a pelear: hacemos kick boxing, lucha con palos filipinos y entrenamiento táctico en armas, me doy unas palizas que no veas y al final es de noche y me vuelvo a casa, hago la cena, baño a la bebé, la pongo en su cunita y me voy a dormir».

Hablando de casa, Scarlett mira la hora. Tiene que ir a echarle un ojo a Rose y «prepararme para otro día de machacarme» en el entrenamiento. A la pregunta de qué le sigue atrayendo de proyectos que exigen tanto físicamente, responde: «son personajes ricos. Son potentes, vulnerables, de muchas facetas. Tienen fuerza. Por supuesto, son de lo que no hay, pero para mí la emoción está en dar profundidad anpersonajes de un género que puede ser muy plano. Me da una sensación de capacidad, de valía». Y además, seamos realistas, el cheque debe de ser de lo más interesante.

Y entonces, ¿tu marido ha visto finalmente toda tu obra? «La mayor parte», me dice. «Porque yo me empeñé». Pero no es que vaya a necesitarlo; por gigantesco que sea el universo Marvel, el de Scarlett –actriz, activista, esposa, madre, amiga– contiene emoción suficiente para toda una vida.