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Cuando leemos “Continuará” al terminar un episodio de una serie o ese libro que nos ha enganchado sin remedio, sabemos que la historia aún tiene mucho que ofrecernos y que no podemos quedarnos ahí. Es ese instante en el que todo lo demás pasa a un segundo plano porque sólo importa descubrir qué ocurre después. Así que, si probablemente has entrado a este artículo, es porque estamos seguras de que te quedaste con ganas de más al leer los dos primeros capítulos del nuevo libro de Elísabet Benavent, ‘Una niña buena’.
Si es así y nos das la razón, tenemos una sorpresa. Para seguir amenizándote la espera hasta que la novela vea la luz el próximo 14 de abril –vamos, dentro de 14 días–, también te traemos en exclusiva el tercer capítulo de esta historia protagonizada por Júlia Casanova, una antigua actriz de éxito que está a punto de vivir un cambio en su nueva.
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Capítulo 3: La aventura que vivía entre las páginas de un libro
2025
Querida mamá: profecía cumplida. Terminé trabajando en un bar. Gracias por los buenos consejos.
Es fácil adivinar que si, de entre todos los trabajos precarios a los que pude acceder, escogí dedicarme a servir croquetas, fue por fastidiar a mis padres. Además, necesitaba desesperadamente un sueldo que me permitiera, al menos, compartir piso y salir de casa. No estaba tan mal. ¿No dicen que es en los bares donde ocurren las cosas que nos cambian la vida?
El leve parpadeo de una de las lámparas que colgaban sobre la barra y el tufo a fritanga que rezumaba la blusa holgada que llevaba puesta me estaban dando la noche. Lo mismo pasaba con mi pelo: siempre terminaba más aceitoso que los platos que servíamos en el bar, sin importar qué champú usase.
–Júlia, apúntame una de bravas y otra de puntilla para la quince. —Escuché graznar a voz en grito a Olga, mi compañera camarera.
–Oído.
Me acerqué el ordenador y lo marqué para que la comanda llegase a cocina. De todas formas, me volví para asegurarme de que Vilma, la cocinera, sacaba el papelito y lo colocaba en su lista de pendientes. A veces, la tecnología falla y un cliente sin sus bravas no deja propinas. Todos sabíamos que el jefe no se había gastado lo suficiente en aquella caja con pantalla táctil como para que no diese problemas.
Olga entró como un tornado y se puso a servir unos dobles para la pandilla de guiris que llenaba la mesa junto a la ventana, pero entre cerveza y cerveza se dedicó a analizarme mientras yo descargaba el lavavajillas.
–¿Qué te pasa que estás mohína? –Me preguntó.
–Mi madre.
–Tu madre es una bruja –sentenció entre dientes.
–Bueno, pero es mi madre.
–Sorpréndeme. Ahora ¿qué te ha hecho?
–Nada. En realidad, lo de siempre: contarme el bochorno que pasa en la peluquería cada vez que alguien le pregunta por mí y ella tiene que esconder que trabajo en un bar porque no supe mantener mi carrera a flote.
–Tu madre tiene unos ovarios que no sé cómo le caben en el cuerpo ese estrecho de anguila que tiene.
–Le caben porque duerme con unos corsés que le han debido desplazar las vísceras de sitio.
Olga me pegó un latigazo con un paño de cocina e intentó animarme.
–Que le den a tu madre. Cambio de tema: ¿has visto al tío de la mesa tres?
–¿Hay un tío en la mesa tres? –respondí, volviendo a prestar atención a unos vasos que habían salido demasiado mojados del lavavajillas.
–Está para meterlo en la freidora y comérselo a cachitos.
–Lo que te gusta la fritanga.
–¡Que lo mires, coño! Al final va a tener razón Judith y se te va a cerrar el chocho de no usarlo.
Bufé y rogué al patrón de las camareras que me dejasen en paz con el temita de que tenía que echar un polvo, porque bien lo sabía yo. Mi cuerpo se dedicaba a recordármelo todos los días de manera bastante insistente. Hasta había empezado a verle un puntillo al quiosquero de mi barrio al que apodaban El Gollum.
Olga dejó las cervezas sobre la barra, me cogió los hombros y me obligó a volverme hacia la mesa tres, la que estaba en el rincón, junto a la puerta, con tan mala suerte que mi mirada y la de su ocupante se cruzaron.
Me zafé de los brazos de Olga y me giré deprisa, como una niña.
–Para, idiota, que me ha pillado –me quejé, riéndome.
–Pero ¿te ha dado tiempo a verlo?
Le di un empujón cariñoso y con un gesto me insistió para que lo observara mientras se iba con las cervezas hacia la mesa de los guiris. Me escondí detrás de la columna de madera aceitosa que partía la barra en dos y le eché un vistazo. Tanta insistencia había conseguido despertar mi curiosidad.
Me dediqué a estudiarlo durante unos segundos, aprovechando que estaba inmerso en la lectura de un cuaderno. Llevaba el pelo, ni largo ni corto, con ondas naturales y aspecto de sen fada do, incluso despeinado; tenía una maraña de cabellos castaños ondulada, agradecida, bien tupida. Pelazo, sin duda. ¿Qué champú usaría? El rostro era ovalado, pero anguloso y destacaban en él unas cejas pobladas que enmarcaban unos ojos que, desde donde estaba, parecían más o menos claros. Le cubría las mejillas y el mentón una cuidada barba castaña.
–¿Qué? –me preguntó Olga de vuelta al descubrir que lo estaba analizando con disimulo.
–Bueno, no está mal, pero tampoco como para tanto revuelo, ¿no?
Olga me contempló como si quisiera averiguar si me estaba dando un ictus.
–No ha entrado un tío así en el bar desde que abrió sus puertas, posiblemente a principios del siglo pasado.
–Así, sin exagerar –me burlé.
–¡¡Está buenísimo!!
–Pues a por él –la animé.
–¡Yo tengo novio!
–Ese novio no te va a durar y lo sabe todo el mundo –murmuré. Olga solía tener novio todos los meses y rara vez era el mismo.
–Esta vez estoy enamorada de verdad.
Conseguí no reírme. Olga estaba enamorada del subidón de enamorarse.
–Qué tiene de malo ese chico, en serio.
–Nada. –Me encogí de hombros–. Supongo que en términos heteronormativos es guapo.
–Cuando te pones así, te metería la cabeza en el congelador del pescado –gruñó.
La entendí. Me ponía insoportable hasta para mí misma. Pero ¿me dejarían en paz alguna vez con el tema de los tíos? Venga a intentar meterme a chicos por los ojos. ¿Para qué? Si después todos por hache o por be salían ranas (hache: a los tíos de ahora sólo les molan las tías durante tres semanas; be: ninguno de ellos era Mateo). Aun así, volví a echarle una miradita.
–Es guapo –admití.
–Deberían pedirle semen para preservarlo, por si algún día mueren todos los hombres del mundo.
–Dices cosas rarísimas –murmuré, analizando al desconocido.
Objetivamente, tenía muy buen aspecto. Guapo sin estridencias. También combinaba un toque macarra escondido bajo capas de una elegancia de ir por casa e incluso se apreciaba un buen cuerpo bajo su ropa. Todo junto, revuelto y sin fisuras.
–Está bueno –terminé sentenciando.
Llevaba unos vaqueros viejos de tío bueno, de los que marcan el culo. Nada en su ropa era extravagante ni demasiado cuidado, pero todo combinaba a la perfección; eran ese tipo de prendas que te pones para una cita que quieres que salga bien. En Barcelona, por esas fechas, aún hacía un poco de calor, pero él había sabido vestirse sencillo, elegante y atemporal. Le quedaban de maravilla aquellos vaqueros Levi’s y aquella camiseta de algodón con el cuello redondo, lisa y con pinta de ser tan suave. Aquel desconocido tenía las manos grandes y una mirada penetrante que, de pronto, levantó y clavó en mí.
–¿Es posible que me esté mirando? –farfullé desviando mis ojos hacia el suelo, mientras me recolocaba el pelo detrás de las orejas en un gesto que mi madre siempre reprendía con un manotazo.
–Hostias. Sí. –Olga respiró hondo, como si tuviera que asumir que me había pasado lo más fuerte que le puede pasar a una camarera–. Tía, que sí, ¡que te está mirando! Dile con los ojos "quiero que me folles como un potro salvaje".
Iba a burlarme de ella, pero me acordé de que ella chingaba cada vez que quería y yo llevaba una temporadita… Quizá era hora de aprender algo de Olga.
–¿Eso cómo se hace?
–Así, de soslayo. Tú deja que los ojos se comuniquen. Los ojos se entienden entre ellos, hazme caso.
Me estaba preparando para dedicarle mi mejor sonrisa de "ven y pídeme otra de lo que sea que estés tomando", cuando la puerta del bar se abrió y entró la peor de las compañías.
–Ay, mierda. Ahí viene el jefe.
El dueño del local, después de tirar la colilla de su cigarro al suelo de mala manera, entró por la puerta a la izquierda del desconocido. Era el perfecto estereotipo del putero español, con pinta de ser pringoso, con su bigote manchado de nicotina y una camisa tan sucia y deslavada que, sin duda, había sobrevivido al franquismo e iba adquiriendo cuerpo con los años y la roña.
–Se le marcan los pectorales en la camiseta –musitó Olga.
–¿Al jefe? –respondí horrorizada.
–¡Al de la esquina, gilipollas!
Las dos nos desternillamos de risa y llamamos la atención tanto del desconocido como, lamentablemente, del jefe.
–Julita –me saludó.
A Olga la ignoró por completo, seguramente porque no tenía mucho pecho y a él, que no tenía educación alguna, le gustaban más las tetas que a un tonto una piruleta.
–Buenas noches, don Ramón.
Me lanzó una mirada de arriba abajo, no sólo sin disimulo, sino con la intención de que me diera por observada, como si aquello fuera a alegrarme la noche; yo, aunque tendría que haberle llamado so asqueroso, esbocé una sonrisa correcta.
–Sonríe con un poquito más de gracia, reina, que estás más guapa.
Se giró hacia la cocina para llegar a su despacho y se perdió en su interior. Estaba claro que, a pesar de que nos decía que entraba para "poner en orden el papeleo", se dedicaba a jugar al bingo online. Cuando cerró la puerta, tanto nosotras, las camareras, como la cocinera, erguimos el dedo corazón en su dirección evitando que nos vieran los clientes, al parecer, con muy mal resultado.
Escuchamos un carraspeo a nuestras espaldas y cuando ambas nos dimos la vuelta, el tío del que habíamos estado cotilleando estaba acodado en la barra, con una copa de vino casi terminada y una sonrisa en los labios.
–Está como un puto tren –musitó Olga entre dientes–. Como no te lo folles esta noche, le digo al jefe que robas salchichón y hago que te echen del bar.
Me empujó levemente con el codo en su dirección y yo me acerqué actuando como lo haría en el papel de la chica protagonista. Me eché toda chulita el paño que llevaba en las manos sobre el hombro, pero me arrepentí al instante: olía a perro mojado. Disimuladamente, me lo quité y lo retiré hacia un lado.
–Hola, ¿te pongo algo más?
En un primer momento no respondió, pero me mantuvo la mirada. Había en su gesto cierto reconocimiento, como si hubiéramos coincidido hacía muchísimo tiempo y el destino nos hubiera juntado de nuevo en un bar. Me acordé de Mateo, como siempre, del que el destino me separó hacía años. Como cada vez que conocía a un hombre, miraba a un hombre, hablaba con un hombre o me acostaba con un hombre: me acordé de Mateo. Con todo esto, se puede entender el «éxito» de mis relaciones posteriores a él.
–Perdona –dijo por fin, con un tono de voz que sólo puede describirse con cualquier derivado de la palabra terciopelo–, ¿me decías?
–Te decía que si te pongo algo más.
Dudó. Dudó como si estuviera estirando el tiempo, evitando darme la peor de las noticias. ¿Estaría ante un héroe ligeramente torturado en su interior? Eso ¿le sumaba o le restaba atractivo?
Finalmente, asintió.
–Otra copa de tinto, por favor.
–¿Del mismo? ¿Qué estabas tomando? ¿Ribera? ¿Rioja?
–No sé… ¿lejía? –sonrió.
Eso había tenido gracia.
–Ya, es horrible –me reí–. He aliñado ensaladas con vinagres más untuosos.
–Esto se avisa –respondió con una sonrisa canalla.
–Lo primero es que no te la he servido yo y lo segundo es que… te tendrás que ganar la confianza del servicio, ¿no?
–¿Y cómo hago eso?
–Pues, no sé. Qué menos que venir un par de veces, dejar buena propina, ser superamable. No vamos a compartir contigo todos los secretos de este bar a la primera de cambio.
–Es que no soy de por aquí.
–Me imagino.
–¿Y eso?
–Pues porque en este sitio, como habrás podido comprobar, sólo entran guiris y los alcohólicos del barrio y tú no tienes pinta de pertenecer a ninguno de los dos grupos.
–Gracias… creo.
–De nada –sonreí–. Entonces ¿qué te pongo?
–¿Hay algún vino que no sepa a culo?
Se me escapó una carcajada que provocó que varios clientes se volvieran hacia mí, que a Olga se le escuchase una risita socarrona y que al desconocido le aparecieran dos atisbos de hoyuelos en las mejillas.
–Perdón –murmuré avergonzada–. Perdón, es que me ha hecho gracia lo del culo.
–Todo el mundo sabe que cualquier chiste que se precie debe llevar algo escatológico para seducir al público.
–Muy efectista, aunque supongo que sabrás que también da a entender que has hecho una buena cata de culos en tu vida.
–Oh, sí. Como cuando vas a una bodega en La Rioja, pero sin el queso.
Ambos nos partimos de risa y, joder, qué simpático. Qué sonrisa tan bonita. Escuché a Olga trajinar más rápido de lo habitual, seguramente trabajando a destajo para que yo pudiera seguir con mis coqueteos. Porque estaba coqueteando, ¿no? Le sonreí.
–Te lo has ganado. Voy a ponerte una copa del vino bueno y hasta una tapita.
–Eso es muy amable por tu parte, Júlia.
Ya me estaba girando hacia la zona de la que colgaban las copas limpias cuando escuché mi nombre salir de entre sus labios. Me quedé congelada durante tres o cuatro segundos. Puede parecer poco, pero a tu interlocutor le da tiempo para darse cuenta de que te has puesto en guardia. Al volver a mirarlo de frente, me pareció que su expresión lo confirmaba.
–¿Cómo sabes mi nombre? No recuerdo habértelo dicho.
–Ya, es que…
Me sentí como cuando le mandas un pantallazo de una conversación de WhatsApp a la persona equivocada. Ese "tierra trágame", ese escalofrío que te recorre la espalda y las tripas. Poca cosa en comparación a si eres una actriz caída en desgracia y alguien te reconoce.
Me volví de espaldas, serví una copa del primer vino tinto que tuve a mano y contuve un suspiro. Tenía que atajar la situación de manera discreta si no quería que la sensación de querer desaparecer me sobrepasase. Cuando volví a mirarlo, esbozaba una sonrisa triste.
–Esta corre de parte de la casa –cerré los ojos y supliqué en tono quedo–, pero, por favor, no me pidas ni una foto ni un autógrafo ni menciones 'Susurro'. Han pasado diez años y, no sé si te has dado cuenta, pero de aquello ya no queda nada.
Me había pasado un par de veces que algún nostálgico de la serie, casi siempre borracho, me reconocía en el bar y, desinhibido como estaba, trataba de conseguir una foto para su Instagram o para enseñar a sus amigos, armando jaleo y haciéndome sentir terriblemente avergonzada. Terriblemente avergonzada es un eufemismo: queriéndome morir, más bien. No sé por qué, de inmediato pensé que aquel chico era un periodista al que se le había ocurrido rescatarme del olvido para un reportajillo moralizante sobre los peligros del éxito y la juventud. También me habían buscado en alguna ocasión con esa intención. Yo quería salir adelante y me bastaba como lastre seguir anclada al recuerdo de Mateo.
Él deslizó un billete de diez euros sobre la barra y, con cara de circunstancias, negó suavemente con la cabeza.
–No quiero ni una foto ni hablarte de 'Susurro' y mucho menos hacerte sentir incómoda. Pero tienes razón. Cóbrame, por favor. Me bebo el vino y me marcho sin molestarte más.
Apreté los labios uno contra el otro un poco arrepentida por mi reacción, pero convencida de que ya no podía echarme atrás. Agarré el billete, metí el importe en la caja, saqué el cambio y se lo ofrecí en un platillo plateado.
–De verdad que no quería molestarte —suspiró con educación.
–No me has molestado, perdona, es sólo que… estoy intentando seguir con mi vida y…
–No te preocupes. Debes de estar muy harta de estas cosas.
–Un poco. No quiero parecer una maleducada, pero…
–Ni mucho menos. El error ha sido mío.
Dio un sorbo al vino, disimuló la mueca de disgusto y después de dejar la copa sobre la barra, se alejó un paso hacia atrás, agarrado a la bandolera de piel que llevaba cruzada al pecho y de la que no me había percatado. Entonces, la abrió, sacó un libro de su interior y lo colocó junto al platillo con el cambio.
–Buenas noches, Júlia. Ha sido un placer conocerte y perdóname: en mi cabeza todo esto salía muchísimo mejor. –Dio un par de golpecitos sobre la cubierta del libro–. No lo tires, ¿vale? Dale una oportunidad. Creo que te necesito.
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