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Cuando uno de nuestros escritores favoritos anuncia la publicación de una nueva novela, parece que adoptamos un ritual que ya tenemos más que interiorizado: señalamos la fecha en el calendario, iniciamos la cuenta atrás y reservamos el día para ir a nuestra librería de confianza y ser de las primeras personas en comprarla. Paramos el mundo para ir en busca de la próxima lectura que nos enganchará y que no podremos parar de recomendar.
Algo así precisamente suele ocurrir cada vez que Elísabet Benavent publica un nuevo libro. Con una legión de lectoras fieles que no se pierden ninguna novedad y millones de ejemplares vendidos, la autora valenciana se ha convertido en uno de esos nombres imprescindibles de nuestra literatura, especialmente dentro de la romántica contemporánea. Títulos como ‘En los zapatos de Valeria’, ‘Fuimos canciones’ o ‘Toda la verdad de mis mentiras’ continúan acumulando lecturas y dejando marca en todas aquellas personas que los descubren.
Dos años después de su última publicación, Elísabet Benavent regresa este próximo 14 de abril a las librerías con ‘Una niña buena’ (ed. SUMA) y tú puedes leer en exclusiva los dos primeros capítulos en COSMOPOLITAN (de momento, porque en unos días lanzaremos el tercer capítulo. Apúntate aquí a la 'newsletter' del Club de lectura COSMOPOLITAN para ser la primera en enterarte). ¿Cómo lo puedes hacer? Sólo tienes que registrarte en nuestra web a través del formulario que podrás encontrar en esta misma página. ¡Y voilà! Serás de las primeras en descubrir cómo empieza la historia de Júlia Casanovas.
De hecho, déjanos ponerte en situación. Júlia Casanovas es una actriz que lo tuvo todo, pero que ahora trabaja en un bar de tapas de Barcelona después de que un papel arruinara su carrera y su pasión por la interpretación. La aparición de un misterioso desconocido con un mensaje inesperado –“Creo que te necesito”– la empuja a replantearse su vida y a tomar una decisión arriesgada. Sin embargo, ese salto al vacío no sólo podría devolverla al lugar del que huyó, sino también reabrir viejas historias y amores que creía enterrados.
Así que, si ya te ha picado el gusanillo de la curiosidad por conocer qué supondrá ese misterioso mensaje en la vida de la protagonista de ‘Una niña buena’, continúa leyendo y sumérgete en las primeras páginas. No pierdas esta oportunidad exclusiva.
Capítulo 1: Empezar por el final
2027
Notaba el corazón latiéndome en el cuello, en el pecho, en el estómago, en las muñecas y detrás de los ojos. Una parte de mí, la voz de la mala de Disney que vive en mi interior sin pagar alquiler y que me odia visceralmente, me decía que estar nerviosa era una tontería, porque no tenía la más mínima oportunidad.
Me miré el regazo, donde reposaban nuestras manos y vi que mis nudillos estaban blancos; no era consciente de estar agarrándole con tanta fuerza. Él, sin embargo, no se quejaba. No creo que sus manazas sintieran la más mínima molestia. Me observaba de reojo, sin buscar protagonismo, como si le interesase muchísimo algo que había descubierto posado sobre mi hombro, pero atento al ritmo de mi respiración.
–Pase lo que pase, para mí siempre serás la mejor –murmuró.
–Gracias –le respondí con una sonrisa temblorosa–, pero tengo la leve sospecha de que no eres objetivo.
–Te quiero, pero independientemente de ello, eres la mejor.
Abrí la boca para responder, con la ilusión burbujeando en el estómago como una pócima en el caldero de una bruja, pero entonces, desde el escenario, emergió una voz:
—Y el Goya a la Mejor Actriz Protagonista es para…
Siempre había pensado que la literatura exageraba cuando hablaba de lo elástico que puede llegar a ser el tiempo, pero el segundo que precedió al nombre de la ganadora duró, para mí, un par de años. Dentro cupieron la ansiedad con la que había enfrentado mis primeros rodajes de niña; las discusiones con mi madre, cuando me acusaba de no esforzarme lo bastante y la eterna creencia de no ser suficientemente buena. En ese segundo, mi cuerpo revivió la desagradable sensación de fracaso que me invadió cuando mi carrera empezó a ir de mal en peor. El miedo al rechazo, la inseguridad, la culpa, la autoexigencia dañina… todo daba volteretas dentro de mi estómago, a pesar de que ahora tenía todo aquello muchísimo más asumido y trabajado.
–Júlia Casanovas.
Levanté la barbilla y miré a mi alrededor con los ojos llenos de sorpresa. ¿Habían dicho mi nombre? ¿Había sido una alucinación auditiva?
–¡Tú! ¡Eres tú! –gritó él bajo el estruendo de los aplausos–. ¡Has ganado!
En su rostro encontré orgullo, felicidad y alegría. No había celos, competitividad ni miedo. Sólo amor y admiración. Ese tipo de emoción que sólo es capaz de trasladarte quien te ama de verdad.
Nos levantamos ambos, él para dejarme pasar, yo para ir a recoger algo que creí que jamás sostendría entre mis manos. Antes de irme, le besé con fuerza. Se escucharon silbidos a nuestro alrededor, seguramente del equipo repartido por toda la sala, que nos jaleaba. Nos sonreímos el uno al otro, como si en ese instante no hubiera nadie más en aquel anfiteatro y, tras ese momento de calma, puse rumbo al escenario, preocupada por no tropezarme y, a la vez, propulsada por una energía que me hacía sentir caminando sobre nubes.
Aproveché el paseíllo para alisar la tela de mi precioso vestido negro de Cherubina, con cuello y puños blancos y mangas y escote con transparencias. Me sentía muy cómoda con aquel vestido discreto, elegante, con un toque tan Chanel… y que mi madre nunca hubiera escogido. Se adaptaba a mis curvas de chica normal, el largo favorecía a mi metro sesenta y ocho y era cómodo. Confieso que dudé de mi elección cuando vi a otras actrices pasar por la alfombra roja; me dio miedo haberme fiado de mi criterio. Es una pena que tengamos que ser casi adultas para aprender a confiar en nosotras mismas.
Al llegar al escenario sonreí a Susi Sánchez y a Karra Elejalde, que me tendían la estatuilla (o debería decir "el cabezón") y me lancé a abrazarles, para la sorpresa de ambos y del público, que aplaudió aquel gesto espontáneo.
Agarré el Goya, sorprendida por su peso y lo alcé como si hubiera ganado la Copa en un Mundial de fútbol. Me reía nerviosa, sin saber si aquellas carcajadas terminarían siendo sollozos, porque era compatible sentirse tan sobrepasada y, a la vez, tan feliz. Frente al micro, observada por cientos de personas de la profesión a las que ni siquiera podía ver debido a los focos, temblorosa, sin tener preparado ningún discurso, sólo sentí emoción de la buena. La página en blanco no siempre da miedo.
–Gracias. Muchísimas gracias –exclamé con un toque de histeria en la voz–. ¡Ni siquiera sé qué decir! Muchos entenderán que no tenga nada preparado para la ocasión; sobre todo, aquellas personas que pusieron el grito en el cielo cuando se enteraron de que yo iba a interpretar a María. Aquellos que señalaron que yo había sido una pésima actriz adolescente, que sólo había hecho series y películas de mierda, que llevaba años sin trabajar, y que ni siquiera era lo suficientemente sexi o guapa para merecerme una segunda oportunidad. En esta industria, a los prejuicios se les suma que, cuando una mujer cumple los treinta, parece que empieza a desaparecer; y yo me niego a creer que sólo seamos un cuerpo que moldear al gusto del consumidor. Qué suerte la mía: ponerme en la piel de María ha supuesto mucho más que un papel para mi cuerpo y para mi alma. Pero ¡no quiero dedicar el momento más importante de mi vida profesional a esa gente! Aunque no lo parezca, no soy rencorosa –me reí nerviosa.
Miré el rostro del famoso pintor español de la estatuilla y protagonicé un segundo de silencio. Buscaba, en un suspiro, que el oxígeno llegara hasta ese punto del estómago donde se me concentraba el miedo. Y supe lo que quería decir. No lo que debía. No lo que esperaban que dijera. Sólo lo que, en el futuro, me enorgullecería haber dicho.
–Me gustaría dedicar este Goya a todas las niñas buenas. A todas aquellas mujeres a las que educaron para asentir, obedecer, sonreír y callar, pero no para ser felices. Ni para escoger su camino. Para las que no saben decir que no y sufren por ello. Las que aprenden a reprimir su ira, su tristeza y su vacío. Las que buscan la aprobación del otro, aunque para ello tengan que olvidar su propio bienestar, porque el mundo les ha dicho que esa es la única manera de que las quieran. Para las que se infravaloran y creen que no tienen criterio ni valen la pena; para las que están seguras de que sólo merecerán amor si son obedientes, discretas y complacientes. A todas vosotras, a las que sólo os valoraron cuando actuabais según los deseos de otros, os dedico este premio. Y lo hago para daros fuerza, porque soy una de vosotras. Dejadme deciros que si algo me ha enseñado este rodaje, este papel, este último año de mi vida es que lo contrario de una niña buena no es una niña mala: es una que se quiere lo suficiente como para escucharse a sí misma y tomar el control de su vida. Esto es por y para vosotras, niñas buenas, por nuestra revolución.
Capítulo 2: Juguete roto
2019
Dicen que todo el mundo tiene un momento "humilde" en el que, visto desde fuera, asume que su vida se está yendo a la mierda. A pesar de lo que pude pensar en su momento, el mío no fue cuando puse todas mis esperanzas e ilusiones en mi relación con Mateo y terminé, como un pasmarote, viéndolo traspasar el control de seguridad del aeropuerto para no volver jamás. El momento que me mantendría siempre humilde fue cuando, con veinticuatro años, el primer día de rodaje de la que sería mi última serie, me vi a mí misma en el camerino vestida como una bailarina erótica de los noventa, pasando el texto de un guión que podría haber escrito con caca un 'golden retriever'. No es que yo hubiera sido una actriz revelación aspirante al Oscar, pero hasta ese momento mi carrera había ido bien; podríamos decir que había levantado el vuelo y planeó a cierta y buena distancia del suelo, al menos durante un tiempo. Aquella miniserie iba a ser mi fin, pero empezaban a escasear los papeles y tener de representante a tu madre –que ha hecho gala de una avaricia sin igual durante toda su vida– no es buena idea.
Aunque era mayorcita para tomar mis propias decisiones, siempre pensé que si hacía caso a los consejos me iría bien. Creía que los demás sabían mucho mejor que yo lo que se hacían.
Estaba sola en el camerino, esperando a que nos llamasen para rodar mientras me bebía la enésima infusión para "matar los nervios" que me suministraba mi madre. Me había dejado con la palabra en la boca y se había marchado para hacer unas llamadas cuando trataba de explicarle por qué aquel papel no me daba buena espina. Mi madre solía actuar así. Me hice adulta sabiendo que en casa siempre habría cosas mucho más importantes que mis sentimientos. Cuando la puerta se abrió y vi la cara de pocos amigos de mi madre, deduje que la conversación estaba zanjada. Mi mejor amiga Judith la apoda la Dolly Parton de Lloret de Mar y entiendo muy bien por qué: ojo a su melena platino rematada en tirabuzones; ríete tú de la performance de Jolene en los setenta. Los jeans ajustados, la camisa entallada, su cuerpo de veinteañera y el perfilador de labios siempre más oscuro que el labial son marca de la casa. Aunque en aquel momento su rostro ya empezase a mostrar signos de su verdadera edad –a pesar del bótox, los hilos tensores y las cremas de mil euros el bote–, siempre lucía una belleza que parecía completamente natural. Cuando alguien la piropeaba, mi madre solía responder, con fingido pudor, que su único mérito era tener la suerte de ser de las que "envejecen bien", como si hubiera una manera de envejecer mal. La muy perra; el dinero que me costó su coquetería.
Tras cerrar la puerta con más fuerza de la necesaria, se retiró la melena rubia hacia un lado y, con un gesto de fastidio, se sentó en una de las sillas del camerino.
–No has pasado el casting para la peli de Los Javis. Te lo dije.
En aquel momento, la peli de Los Javis me la sudaba lo más grande. Estaba ahogándome en un ataque silencioso de ansiedad por ver cómo uno de mis labios de abajo pugnaba por liberarse del pequeño bodi de lentejuelas que me habían puesto.
–Mamá, por favor –pedí con un hilo de voz que pareció sorprenderla.
–Mamá, por favor, ¿qué? De verdad, Júlia, te lo digo de verdad. ¿Otra vez con eso? –Se desesperó, como una madre a la que su hija no deja de hacerle berrinches en cualquier lado y situación–. No sé a qué viene esa cara de sufrimiento. Ya querrían muchas estar en tu situación. Hay gente que mataría por tener esta oportunidad. ¿Desde cuándo eres una niña tan caprichosa?
–Tengo veinticuatro años. Ya no soy una niña.
–Pues deja de comportarte como una. Ya tenemos suficiente con que no te hayan cogido en el casting. A ver ahora qué hacemos.
Cruzó las piernas y estudió sus uñas, dejando que su pie se columpiara vagamente. Lanzaba aquí y allá la sombra de sus tacones altos, casi imposibles. Si me callé fue porque de sobra sabía que con ese humor no iba a escuchar ninguna queja; sin embargo, mi silencio también pareció molestarla.
–Pagaban muy pero que muy bien, Júlia. ¿No podrías haberte esforzado un poquito más? El vestido que te pusiste no te hizo ningún favor, pero si hubieras sonreído más, quizá…
Chasqueé la lengua y miré hacia el techo. Era verdad que pagaban muy bien por aquel papel perdido, pero tenía un problema mucho más inmediato: estaba a punto de protagonizar la mayor mierda jamás rodada en España y, además, no quería llorar. Por más ganas que tuviera, hasta yo sabía que deshacerme en lágrimas en aquel momento complicaría el inicio del rodaje. Ella pareció percatarse de que estaba a punto de perder la batalla contra el llanto y, endulzando la voz, intentó calmarme a su manera.
–¿Quieres repasar la separata?
Asentí. Era mejor ocupar la cabeza en algo mecánico, como recitar unos diálogos ya memorizados.
Mi madre cogió de dentro de su bolso la manoseada copia del guión y localizó la separata del día, que tenía subrayada en dos colores.
–Vale, tira. Yo te doy la réplica.
Me cerré el albornoz y tragué saliva. Intenté olvidar el vestuario de la escena que llevaba debajo y, después, me puse en pie.
–Lo supe en cuanto te vi; juro que tuve la certeza de que se me iba la vida a la mierda –murmuré entre dientes, agarrándome el cinturón de la bata, a la altura del estómago–. Pero confié en ti… ¿por qué? ¿Por qué tuve que confiar en ti?
–Estás haciendo una montaña de un grano de arena –respondió mi madre, metidísima en el papel.
–Me estás arruinando la vida.
–Sólo tienes que salir ahí fuera y bailar. Es por lo que te pago: para bailar. Para ponerles la polla dura a esos viejos de ahí fuera; no es tan difícil.
Me tapé la cara con las dos manos, muerta de vergüenza. Me sabía aquel guión al dedillo, pero no me acostumbraba ni a lo malo que era, ni a lo mucho que se parecía a mi vida en aquel momento. Se notaba a kilómetros que sería un fracaso y el hazmerreír del sector. ¿Qué iba a pensar Mateo si me veía? Que, en vez de cumplir años, estos me pasaban por encima. Iba a protagonizar una serie sobre bailarinas al más puro estilo 'Showgirls', pero a la española y ambientado en los dos mil. ¿Por qué mi madre y representante, la señora Dolly de Lloret, me había presionado tantísimo para aceptarlo? Bueno, la pasta, supongo. Todo entre nosotras parecía reducirse siempre al dinero.
–¡¿Y ahora qué te pasa?! –estalló arrojando el guión contra la mesa.
–Mamá, ¡es horrible!
–¿Qué es horrible?
–El guión, la producción, el elenco…
–El elenco del que formas parte, quieres decir…
Me abrí la bata, esperando que su instinto de protección saltase al verme vestida con aquella especie de "nada" de pedrería y transparencias que me dejaba el culo al aire.
–¡Ni siquiera han consentido que me pusiera unas medias debajo!
–Y ¿qué tiene de malo? Para algo nos matamos en el gimnasio, ¿no?
¿Nos matamos? Ella hacía su media horita de pesas y elíptica y pasaba su ratito en el spa, mientras a mí un entrenador sádico, como sólo puede serlo alguien que tiene una tuerca suelta ahí arriba, me hacía sudar y gemir de dolor durante dos horas. Preferí no decir nada al respecto. Tenía que guardar energías para defender lo más importante.
–Seguro que aún estamos a tiempo de dejarlo y de decir que sí a esa película de bajo presupuesto con aquel guión tan bueno que…
–¿Dejarlo? ¿Película de bajo presupuesto? –se tocó la sien de manera repetitiva–. Pero ¿te has vuelto loca? ¿Y de qué vivimos? A ver si te vas a creer que te voy a tener en casa mantenida, como una nini, que ni estudia ni trabaja. Júlia, del "arte y ensayo" no se vive.
–Habrá otros guiones.
–Ah, ¿sí? ¿Como el de Los Javis?
–Eso es cruel.
–La vida es cruel. Yo sólo quiero protegerte, que hagas callo y seas fuerte y tengas capacidad de sacrificio. Es lo único que va a garantizarte el éxito.
–Este papel va a hacerme daño, mamá. Se ve venir. Este papel va a hacerme caer en desgracia.
–Escúchame bien, Júlia. Sólo te lo voy a decir una vez. –Se puso en pie y se me acercó, señalándome con el dedo–. Desde que se terminó 'Susurro', ya no eres una estrella. Cinco temporadas no te convierten en una actriz consagrada. Hiciste anuncios de Pantene, saliste en la portada de 'Cosmopolitan', te invitaron a desfiles, te regalaron ropa y maquillaje, pero eso ya pasó. Fuiste una moda. Y la prueba es que los papeles escasean.
–Pero coger lo primero que aparezca no me parece una estrategia inteligente para el futuro –me quejé.
–¿Tienes una idea mejor? Porque el dinero que ganamos no dura eternamente.
Cerré los ojos, respiré hondo e intenté olvidar que mis padres habían "gestionado" el dinero que gané desde mis primeros papeles, aunque se podría sustituir la palabra entrecomillada por "dilapidado". El resultado es el mismo.
–Quizá podría tomarme un tiempo, hasta que salga algo bueno, y estudiar.
–¿Estudiar? ¿Estudiar qué?
–Pues podría retomar la idea de estudiar Magisterio…
El silencio que siguió a mi propuesta fue muy elocuente, pero mi madre quiso remarcar lo que opinaba al respecto sin racanear vehemencia:
–¿Magisterio?
–Sí, mamá. Probar con una vida… normal. Aún no es tan tarde para mí…, ¿no?
–Tú quieres que a mí me dé algo. Tú quieres que yo me ponga enferma de los nervios, que no viva, que no haga más que preocuparme por ti. ¿Por qué me haces esto, Júlia? ¿Es que no he hecho siempre lo que era mejor para ti? ¿No me he sacrificado por tu carrera? ¿Quién te llevaba y te recogía de tus clases de ballet, de interpretación, de canto…? ¿Quién te ha acompañado en todos tus rodajes, aunque fueran de madrugada? ¿Quién te ha buscado y ha peleado todos los contratos?
–Pero ¿qué he dicho yo para que ahora salgas con eso? –me quejé.
–¿Qué quieres que hagamos? ¿Quieres que salga ahí fuera, busque al productor y le diga que tiene que encontrar otra protagonista, porque no te dejan ponerte unas medias?
–No es eso.
–Entonces ¿qué es?
–¿No me escuchas? –me desesperé.
–Yo pensaba que ya habías pasado esta fase a los quince –murmuró–. De verdad que me pone muy triste esto. Muy triste. No esperaba esto de ti, es muy decepcionante.
El pellizco en el estómago, las palabras mágicas. Ella siguió.
–Es una miniserie, serán como mucho seis semanas de producción, mes y medio, ¿tanto te cuesta? ¿Sabes lo que van a pensar de nosotras si les dejamos ahora en la estacada? Me vas a hacer quedar terriblemente mal y en este mundo todo se sabe, Júlia. Todo se sabe. Hasta los lloriqueos en el camerino.
Me volví a sentar y me hice un ovillo, apoyando la frente en mis rodillas. Si pensaba en salir, ponerme frente a los focos, frente a las cámaras, frente a todo aquel equipo, vestida con aquello, recitando aquel texto… me asfixiaba, se me salía el corazón por la boca y lo único que repetía mi cerebro era "me quiero ir a casa". Sin embargo, no encontraba las palabras para explicarlo. No sabía cómo hacérselo entender a mi madre. Necesitaba salir de allí, abandonar aquel rodaje, aquel proyecto, buscar otras cosas y… si no aparecían, estudiar. Matricularme en la universidad a distancia, usar algunos ahorros para buscar un piso de alquiler y salir del piso familiar que, claramente, había financiado mi carrera. Necesitaba tener una vida normal o, al menos, intentarlo.
Cogí una bocanada de aire exagerada, pero el oxígeno no pareció llegar a mis pulmones. Sentí que me temblaban las manos, las piernas, el estómago. Iba a vomitar. Miré hacia arriba de nuevo, esperando que así se abrieran mis vías respiratorias.
–Pero ¿qué te pasa? –preguntó como lo haría alguien que te ve abofetear a tu jefe sin previo aviso.
–No puedo respirar.
–Se te está corriendo el maquillaje. Y, por favor, no montes un espectáculo.
–No puedo respirar –repetí.
Mi madre se acercó hasta donde yo había dejado la taza con la infusión y se sentó a mi lado en el sofá.
–Toma. Bebe un poco.
–No –sollocé–. No quiero beber. Quiero irme a casa.
Pensé que me iba a abofetear, pero, por el contrario, me frotó la espalda con su mano de uñas largas llena de anillos.
–Estás siendo irreflexiva –sentenció con calma.
–De verdad, mamá… por favor…
–Si no hay papel, no hay dinero; si no hay dinero, no hay casa. ¿Es lo que quieres? ¿Que tengamos que vender las propiedades y vivamos de la miseria que cobra de jubilación tu padre?
Negué.
–Te enseñamos a ser responsable. Te inculcamos el trabajo duro, la amabilidad y ser una mujer de palabra…
Lloré un poco más.
–¿Vas a echar por tierra todo lo que hemos conseguido? ¿Quieres terminar sirviendo croquetas en un bar cutre? –Seguía frotándome la espalda con suavidad, pero yo notaba la dureza de sus anillos a través de la tela–. Venga, voy a pedir a la gente de maquillaje que te retoque. Diremos que estás nerviosa. Eso lo entenderán. Es el primer día de rodaje. Los nervios están a flor de piel. Piénsalo. Es eso lo que te pasa. Estás nerviosa porque temes no dar la talla y no superar las expectativas; eso es muy humano. Bebe un poco. Un sorbito. Hazlo por mí, por mamá.
Le di un trago.
–Eso es. –Se levantó y fue hacia la puerta–. Ahora vengo a por ti para que te retoquen. Mientras tanto, relájate un poco. Va a ir todo bien. Hazme caso, ¿sí?
Asentí, tragándome las lágrimas.
–Esa es mi chica –sentenció antes de salir.
No. Nada iba a ir bien. Todo estaba a punto de desmoronarse. Iba a perder lo poco que tenía, pero ¿qué tenía? Una carrera a medias como actriz y la responsabilidad de sacar adelante a mi familia. Por no tener no tenía ni un grupo de amigas en el que guarecerme, sólo a Judith, la única que soportaba a mamá y se había quedado a mi lado cuando las cosas empezaron a ir mal. ¿Qué más tenía? Nada. Si Mateo no se hubiera marchado años atrás, ¿qué tendría? Quizá una vida propia, como cualquier chica de mi edad. Pero no, no tenía casi nada. Ni a Mateo.
Cerré los ojos e imaginé los brazos de Mateo rodeándome. Estaba segura de que, si fuera él quien me dijese que todo iba a ir bien, las cosas no tendrían más narices que ir bien. Pero Mateo ya no estaba a mi lado.
Mateo. Aunque hacía ya seis años que se había marchado, pensar en su abrazo seguía siendo lo único que me reconfortaba. Esperaba que Mateo estuviera tan tan tan lejos, que jamás tuviera la oportunidad de verme hacer el ridículo en aquella serie.
Sé que mi madre no tuvo la culpa de que, en 2020, una pandemia mundial paralizase todo lo que conocíamos y lo dejase hecho un desastre, pero no puedo evitar cargarle la culpa de lo que pasó con mi carrera a partir de aquel trabajo. Ojalá, cuando me dijo "todo va a ir bien", hubiera sabido contestarle lo que se merecía: "Y una mierda bien gorda para ti, payasa".
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