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Las fanáticas de la saga ‘Culpables’ todavía están celebrando la gran noticia que Mercedes Ron, su creadora, acaba de compartir: tras ‘Culpa mía’, ‘Culpa tuya’ y ‘Culpa nuestra’ llegará un nuevo y cuarto título de la historia protagonizada por Nick y Noah. Su título será ‘Culpa vuestra’, y lo mejor de todo es que no tendrás que esperar hasta su lanzamiento para disfrutar de las nuevas páginas de la autora argentina.

Este será el 5 de mayo, pero para amenizar la espera Mercedes Ron ha querido que puedas disfrutar de manera exclusiva en COSMOPOLITAN del primer capítulo de lo que será ‘Culpa vuestra’. Te adelantamos que la trama se inicia donde la dejamos en el último título: con la boda de Nick y Noah, que ahora se han ido de luna de miel.

Con este libro parece que Mercedes Ron cerrará la saga ‘Culpables’, por lo que nuestra recomendación es que te acomodes en tu lugar favorito de lectura, estés abierta a conocer la nueva manera en la que se relacionarán Nick y Noah ahora que son padres de Andrew, y te prepares para mucha pasión y saltos temporales que te harán querer y entender más a los personajes. Y recuerda: ‘Culpa vuestra’ llegará el 5 de mayo a librerías.

Capítulo 1

NICK

Llevábamos unas ocho horas de vuelo. A mí me habría gustado viajar en el avión privado de la empresa, pero Robert lo necesitaba porque tenía una reunión urgente en Shanghái, así que tuve que joderme y me compré dos vuelos en primera. A Noah, en cambio, le seguía ilusionando que comprase billetes en business, como si yo hubiese viajado alguna vez en turista. Me costaba hacerle entender que nuestros fondos bancarios ya daban para mantener incluso a un país. No a uno muy grande, pero sí a uno pequeño. La empresa había mejorado tanto en los dos últimos años que sabía que mi hijo, los hijos de este e incluso los hijos de sus hijos iban a poder tener un fondo de seguridad para vivir tranquilos sin pasar por penurias económicas. Noah no se había acostumbrado todavía. Es más, cuando quería ponerle al día sobre cuál era el estado de nuestros fondos, me decía que no quería saberlo, que la ponía muy nerviosa.

Mi dulce Noah... En ese instante estaba dormida a mi lado, con la cabeza recostada en mi hombro, y tenía los labios ligeramente hinchados debido a la presión del avión. Me habría encantado inclinarme y morderle el labio inferior, pero sabía que eso la despertaría y entonces empezaría con su perorata sobre si habíamos hecho bien dejando a nuestro hijo Andrew solo en Los Ángeles. Yo le respondería que no estaba solo, sino con sus abuelos, que nos habían hecho un favor para que ambos pudiésemos disfrutar de unas semanas juntos.

No me malinterpretéis: adoro a mi hijo, pero un niño de dos años puede llegar a ser bastante... ¿Cómo lo diría? Absorbente.

***

Desde que Andy llegó a nuestras vidas, todo cambió. No para mal, pero sí diferente. Un bebé requiere de todo tu tiempo, incluso del que ni siquiera tienes. Noah, además, era muy reacia a cederle la educación o el cuidado a ninguna niñera, por lo que nuestro tiempo a solas era bastante escaso. Cuando Andy empezó a hablar a media lengua y a andar sin problemas, se convirtió en un terremoto sin fin; no paraba, literalmente.

Cuando llegábamos a la cama, Noah se dormía casi al instante y yo me quedaba observándola, deseando poder tenerla solo para mí. Además, también estaban sus estudios, que no había querido dejar de lado y que había terminado con muchísimo esfuerzo. Esto, por supuesto, le había absorbido casi el mismo tiempo que nuestro hijo.

Todo explotó por los aires cuando me preguntó si nos llevábamos a Andy a la luna de miel. Mi negativa fue tan rotunda que tuvimos una discusión de las gordas, de esas que no teníamos desde hacía años, de esas que ya creía que habíamos dejado atrás... Aunque el ambiente venía caldeándose desde hacía tiempo y el echarnos de menos cada vez se hacía más y más insoportable...

Todo empezó cuando llegué de trabajar, después de tener un día bastante de mierda, todo hay que decirlo. No estaba yo de humor como para tener aquella conversación.

Recuerdo que lo primero que oí al abrir la puerta de entrada fueron los gritos histéricos de un bebé que tal vez estuviésemos malcriando demasiado. Cerré la puerta y me dirigí a la cocina. Noah estaba sentada delante de la trona de Andy. La pobre estaba toda manchada con aquella papilla asquerosa que yo insistía en que no le diera más al pobre crío, intentando que dejase de llorar y se comiese la comida.

Andy se retorcía en la silla, rojo como la grana.

Cuando vi que cogía el plato para tirarlo, tuve que intervenir.

—¡Ey! —dije más fuerte de lo que pretendía.

Andrew se bloqueó, me buscó con la mirada y sus grandes ojos azules me miraron; primero con susto, después con ilusión. Casi me derrito allí mismo, pero supongo que me llevé a casa los problemas del trabajo.

—¡Eso NO se hace! —le dije acercándome a él y quitándole el plato.

Andy pasó de la sonrisa por verme llegar a hacer pucheros que derivaron... Ya os lo podéis imaginar.

Sus gritos se me metieron en el tímpano y no pude evitar maldecir entre dientes.

Noah se alejó del bebé, cogió un trapo y se limpió la cara antes de acercarse a él, cogerlo en brazos y empezar a mecerlo para que se calmara.

—Gracias, Nick. Has sido de gran ayuda.

Cuanto más intentaba Noah calmar al niño, más histérico parecía ponerse.

Nunca lo había visto así, no entendía qué demonios le ocurría. Normalmente era un bebé adorable. También era inquieto, sí, y bastante hiperactivo, pero en ese momento era como si estuviese poseído o algo parecido.

Me acerqué a Noah y fui a cogérselo de los brazos.

—Dámelo —dije con seriedad, cabreándome más a cada segundo que pasaba.

—Estás de mal humor, déjame a mí —me respondió Noah dándome la espalda.

Andrew me observó por encima del hombro de su madre, como si lo hubiese traicionado y no entendiese por qué.

Seguí a Noah al salón, nuestro pequeño saloncito que habíamos decorado con mucha ilusión por parte de ella y muchas ganas de acabar por la mía. No se me daban muy bien esas cosas, yo quería contratar a una decoradora profesional, pero Noah insistió en que quería que esa casa fuese nuestro hogar y no un catálogo de muebles de revista.

Cuando los gritos de Andrew pasaron a preocuparme y cabrearme, no dudé. Me acerqué a Noah y le cogí el crío cuando vi que este le agarraba un mechón de pelo y tiraba con fuerza.

Por ahí no pasaba. Era mi hijo y lo adoraba, pero no podía permitir que tratara mal a su madre.

Cuando se lo cogí, sus llantos se volvieron desgarradores. Igual que le había tirado del pelo a su madre, ahora estiraba los bracitos hacia ella para que lo cogiera.

—Ma-mamiiiiii —decía con la voz cortada y de una forma tan lastimera que me preocupé por si estaba enfermo y no nos habíamos dado cuenta.

—¡Nicholas, dámelo!

La fulminé con la mirada. A veces podía ser tan posesiva con el crío que me enfadaba; no porque me molestase su obsesión con el bebé, sino porque me ponía celoso el amor incondicional que le profesaba. No era racional, lo sé. Esto que os estoy explicando es una parte de mi cerebro totalmente incoherente, un sentimiento nacido del más profundo miedo de sentirme menos para ella que cualquier otra persona.

—Ve a ducharte, yo lo calmo. — le dije.

—¡Ma-miiiiii! —seguía lamentándose Andy.

—No quiere estar contigo, Nick, lo has asustado cuando le has gritado. Dámelo, por favor.

Me sentí culpable cuando me dijo aquello. Adoraba a mi bebé y no había querido asustarlo, pero la manera desesperada en la que se retorcía contra mi pecho, estirando los brazos hacia ella, me hizo sentir como una mierda.

Al final cedí y se lo tendí.

Cuando Andy enterró la cabecita en el hombro de su madre, con la respiración entrecortada por los sollozos y aferrándose a la camiseta de Noah con toda la fuerza de su manita, me sentí incluso peor.

Noah no me quitó los ojos de encima mientras lo acunaba y le susurraba cosas al oído.

No quería que viese lo abatido que me sentía, así que le di la espalda, subí a nuestra habitación y me metí en la ducha.

Cuando salí, con la toalla anudada en las caderas y el agua chorreándome por la espalda, me la encontré sentada en el sofá del dormitorio. No había ni rastro de Andy por ninguna parte.

Ignoré su presencia y me acerqué hasta la cómoda. Cogí mis pantalones grises de pijama, dejé caer la toalla y me los puse sin ni siquiera echarle un vistazo. No sabía qué me ocurría, pero estaba muy cabreado con ella.

—¿Qué te pasa? —dijo desde el sofá.

La ignoré mientras me pasaba la toalla por la cabeza y la tiraba al suelo de cualquier manera.

Fui a salir del cuarto, pero se interpuso entre la puerta y yo.

—Nick... —dijo colocando su pequeña mano sobre mi pecho desnudo. Sentí un escalofrío cuando su piel rozó la mía.

A veces, podían pasar días sin que nos tocáramos. Cuando yo llegaba a casa, ella estaba ocupada con Andy y, después, agotada. Además, por las mañanas se marchaba temprano a la facultad sin que me diera tiempo a darle siquiera los buenos días.

Bajé la mirada hasta que nuestros ojos se encontraron. Yo furioso, ella calmada.

—No me gusta cuando se pone así. — dije al fin.

—Es un bebé, es normal.

Subí la mano hasta su nuca y le aferré la cabellera despacio.

—Solo yo te tiro del pelo, Pecas... Nadie más.

Noah sonrió, divertida por mis palabras.

Headshot of Redacción Cosmopolitan

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