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Mi primera vez en Suiza ha sido para ver la final de la Eurocopa femenina (y no se me ocurre mejor excusa). De la mano de Just Eat, volé el domingo –aunque en mi cabeza siguiese siendo sábado cuando sonó la alarma a las cuatro y media de la mañana– desde Madrid a Múnich. Dos horas de escala en la ciudad alemana que me permitieron disfrutar de un café enorme junto a un ‘bretzel’. Aclaración: cuando piso Alemania automáticamente tengo que pedirme uno (sí, aunque esté todavía en el aeropuerto).
Dicen que con el estómago lleno se piensa mejor. Yo no necesitaba reflexionar sobre nada en concreto, pero ese desayuno era todo lo que le hacía falta a mi cuerpo para afrontar el segundo vuelo del día (y sólo eran las once de la mañana).
Próximo destino: Basilea (capital cultural de Suiza). En menos de una hora –tiempo justo para verme un capítulo de ‘And just like that’–, aterrizamos en la ciudad suiza. Nos recibieron –a una compañera de un diario nacional y a mí– dos personas del equipo de Just Eat, que por supuesto iban perfectamente equipadas con un ‘outfit’ naranja de los pies a la cabeza. Había que familiarizarse con el color que nos iba a acompañar durante todo el viaje. Nos llevaron en transfer hasta el Radisson Blu Hotel (lugar donde nos hospedamos) y al llegar allí, al fondo de la entrada, había un espacio vestido de naranja: desde el sofá hasta los sillones, las lámparas e incluso un reloj de péndulo antiguo. Este color ya se sentía como casa.
Tras hacer el ‘check in’ y dejar la maleta en la habitación, nos fuimos directas a un coloquio presentado por Kelly Somers (periodista británica), en el que participaban Jill Scott (exfutbolista inglesa), Fara Williams (futbolista inglesa) y Terence Guiamo (director global de Inclusión, Diversidad, Pertenencia y Bienestar en Just Eat Takeaway).
Cuando terminó, disfrutamos de un piscolabis mientras alternábamos el uso del paraguas y las gafas de sol. El tiempo voló –puede que una copa de vino, un trozo de pizza, y una buena conversación fuesen los culpables–, y llegó el momento de desplazarse al St. Jakob-Park (el mayor estadio de fútbol suizo), situado en el corazón de Basilea.
Si todo lo que he contado hasta aquí ya me parece emocionante, no os imagináis cómo fue lo que viene ahora. El rojo en camisetas y banderas impregnaba las inmediaciones del estadio. Esto, junto a los cánticos y la agrupación de españoles, me hizo sentir como en casa. Además, pude saborear de primera mano la emoción cuando en nuestra labor de periodistas fuimos preguntando a diferentes grupos cómo creían que acabaría el partido y qué mensaje tenían para las chicas de la Selección. Hubo unanimidad en la apuesta: todos pensaban que las futbolistas españolas levantarían el trofeo horas después. Se respiraba un ímpetu colectivo y unos nervios que estaban a flor de piel.
La emoción no nos había quitado el hambre. El UEFA Club nos deleitó con diferentes quesos suizos, ‘bretzels’, hamburguesas de carne mechada y diferentes postres. Ahora sí era el momento de disfrutar el histórico partido que estaba a punto de empezar.
Más de 34.000 personas llenaron el estadio suizo, y yo me encontraba entre cientos de ingleses que gritaban con pasión. Con el pitido inicial, el St. Jakob-Park rugió. España salió con intensidad, la misma con la que escuchábamos cantar a miles de españoles situados en grupo en el lateral derecho del campo. La aportación de tres españolas rodeadas de ingleses no podía percibirse, pero nosotras no dejamos de chillar hasta el final.
En el minuto 25, el gol de Mariona Caldentey puso por delante a España en el marcador. La euforia se disparó. Ahora, los anglosajones –que tanto gritaban– dejaron que nuestras voces se escuchasen algo más. El primer tiempo acabó y se llevó consigo el júbilo español cuando en el minuto 57, Alessia Russo (máxima goleadora de la Women's Super League) metió el primer gol a favor de la Selección de Inglaterra. Yo no conocía a las jugadoras de la plantilla del equipo inglés, pero ese nombre me resultaba familiar. Automáticamente vino a mi mente el porqué. El culpable era un cartel que vi entre el público en el que se leía: No me gusta la paella, prefiero el Russoto. Al menos, era original.
Este empate aumentó las tensiones ya presentes. Yo sólo podía seguir el balón para intuir cuándo sería el momento exacto en el que “las nuestras” protagonizasen el desempate. España dominó el partido hasta el final: más posesión, más pases y más llegadas. La esperanza es lo último que se pierde y yo no me deshice de ella tampoco en la prórroga. Esos 30 minutos no fueron suficientes y la pesadilla de los penaltis se hizo realidad.
Llegados a este punto, yo no podía evitar taparme la cara con las manos para no ver lo que estaba pasando. Los gritos de los ingleses que me rodeaban me confirmaron lo que me negaba a afrontar: Inglaterra había ganado. Por parte de España sólo Patri Guijarro logró marcar, y aunque Cata Coll (portera del equipo) detuvo dos lanzamientos a las inglesas, Alex Greenwood, Niamh Charles y Khloe Kelly anotaron desde los once metros.
El fútbol, a veces, no entiende de lógica, y en apenas segundos la emoción de un país se convirtió en desolación. España rozó el cielo, pero el sueño de la triple corona (Mundial 2023, Nations League y Eurocopa 2025) se esfumó en el último momento. La Roja, que había sido la mejor selección del torneo, perdió ante Inglaterra en una tanda de penaltis desafortunada tras 120 minutos en los que lo dejó todo sobre el campo.
La transición emocional fue bestial. De la ilusión desbordante a la angustia absoluta. Se notaba en cada gesto, cada abrazo y cada jugadora. Pero, a pesar de tener que presenciar la jovialidad de los contrarios, prefiero quedarme con algunas imágenes que pude ver en el campo; como el gesto de Leah Williamson. La capitana inglesa, antes de celebrar el título con su equipo, se acercó a consolar a varias jugadoras españolas con un abrazo. Esto alivió el sabor tan amargo que sentía –junto al resto de españoles– en ese momento, dando paso a que palabras como unión, empatía y respeto viniesen a mi mente.
Aun así, creo que la Selección ha vuelto a conseguirlo. Se trataba de seguir siendo referentes, de volver a romper techos. Y eso, lo han logrado. Esta Eurocopa ha sido, de nuevo, una declaración de intenciones. El impacto ha sido transversal: audiencias récord, estadios llenos, seguimiento mediático y una ola social volcada con el fútbol femenino. En una palabra: visibilidad. Este deporte ya no ocupa el faldón de un periódico, sino que protagoniza portadas. La UEFA confirmó el dato histórico: 657.291 personas asistieron a los partidos, convirtiéndola en la Euro femenina con mayor asistencia de la historia.
Tenemos a unas grandes subcampeonas de Europa, que han trabajado mucho para conseguirlo. Estamos (y me permito la licencia de hablar en nombre de todos) muy orgullosas de ellas, del gran partido que han jugado y de la enorme competición que han liderado desde el principio. Eso, también es muy importante.
El trayecto de vuelta al hotel fue liderado por una absoluta aflicción. Sin embargo, eso no eclipsó el día histórico que pude vivir y que nunca olvidaré.
Raquel Ortega es experta en estilo de vida y le apasiona escribir sobre los temas que más interesan (y afectan) a su generación: relaciones, psicología, bienestar, cultura, viajes, gastronomía y autocuidado. En pocas palabras, adora todo lo que le ayuda a entenderse mejor y, sobre todo, aquello que tiene que ver con el placer (el físico, pero también el de comer bien, descubrir una historia que te remueve o hacer un viaje de esos que te recoloca por dentro). Raquel es esa amiga que escucha tus audios de cinco minutos hablando sobre tu ex y, además, lo analiza y te responde con referencias de series, libros y estudios sobre apego.
Graduada en Periodismo y Comunicación Audiovisual por la Universidad Carlos III de Madrid, ha trabajado como videoperiodista en EL PAÍS y colaborado con medios como El Generacional. Su especialidad son las entrevistas a cantantes, escritoras y deportistas. Cuando no la encuentres escribiendo, probablemente esté probando un nuevo WOD de ‘crossfit’ o, simplemente, en un bar entre unas copas de vino con sus amigos.
P.D.: ¿Recuerdas lo del audio de cinco minutos? Podría ser ella perfectamente. Raquel no manda audios, manda podcasts (y sueña con, algún día, tener uno de verdad).
















