Como asegura el sociólogo Jorge Galindo en su libro 'Tres millones de viviendas, tener una casa en la que habitar se ha convertido en el principal freno del progreso de millones de personas en España. En nuestro país faltarían, precisamente, tres millones de viviendas para que se resolviera el grave problema existente para acceder a un hogar estable. Mientras, cada vez más personas, jóvenes incluidos, pero no sólo, sufren a diario ansiedad, estrés o angustia por motivos relacionados con la inseguridad habitacional. ¿Y si me suben el alquiler y no lo puedo asumir? ¿Y si me echan de mi casa? En muchos de los casos en los que estas amenazas se hacen realidad, la vuelta a casa de los padres aparece como única solución y eso, para muchos, representa el fracaso de un deseo más que legítimo, además de necesario: el de la independencia y la construcción de un proyecto de vida.

En España, y según los datos más recientes del informe 'Jóvenes, vivienda y Futuro', realizado por la plataforma Talento para el Futuro, el 43 % de los menores de 35 años sufre problemas de estrés a consecuencia de su situación con la vivienda. Una realidad que también provoca ansiedad (35%), sensación de frustración (30%) y de fracaso personal (26%), además de insomnio (25%). Esto también significa que dos de cada tres jóvenes, un 62%, padece problemas de salud mental claramente relacionados con el complicado acceso a una vivienda.

La vivienda es la primera y necesaria condición para cualquier trayectoria vital. Si falla en cualquiera de los momentos vitales –irse a estudiar la carrera a otra ciudad, formar una familia de más de dos personas o separarse, por ejemplo–, todo lo demás se ve afectado.”, explica Jorge Galindo, Doctor en Sociología por la Universidad de Ginebra.

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Más allá de que también suponga un activo patrimonial, la vivienda es hogar y es un derecho. Sin ella, las oportunidades a las que pueda aspirar una persona se ven mermadas. “La vivienda es una plataforma de oportunidades, un lugar donde te apoyas para poder ir a más después”, asegura Galindo. “Existe un debate sobre si debe considerarse un activo o un refugio (derecho). Yo creo que es que ambas cosas: un activo patrimonial legítimo que quieres dejar a tus hijos, pero también es un refugio o necesidad de la que sales para hacer cosas y al que regresas cada día”, añade.

En este sentido, la psicóloga clínica Esther Boada, CEO del Centre Sukha, afirma que para gozar de una buena salud mental “es importante tener unos mínimos cubiertos y una vivienda aporta seguridad e identidad al principio de la vida adulta. Cuando esta base no está cubierta, aparece malestar emocional y, muchas veces, puede ser un factor que predispone a ciertos trastornos”.

Las mujeres, más vulnerables que ellos

De nuevo, las mujeres, cuyos sueldos suelen ser más bajos que los hombres, son las peor paradas, pues según el estudio ya mencionado, un 64% de las mujeres jóvenes ha experimentado problemas de salud mental por su situación de vivienda, frente al 59% de ellos. Si nos vamos a una franja de edad mayor, de los 25 a los 35 años, hasta un 67% de mujeres padecen malestares mentales provocados por su situación habitacional.

Esther Boada explica que las mujeres sufrimos más las consecuencias de estos problemas porque “se mezclan con otros factores como la precariedad laboral, mayor presión social respecto a la organización de la vida y, en muchos casos, autoexigencia elevada”, afirma.

Montserrat Sanz, psicóloga clínica del gabinete MSG, redunda en esta idea: “El proyecto de maternidad no lo tiene un hombre, ellos piensan que pueden tener hijos en cualquier momento, pero una mujer no. Existen chicas de entre 29 y 35 años que sienten esa urgencia de ser madres y el no tener dónde poder hacerlo intensifica más ese problema de adaptación”.

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Un problema individual, pero también social

Es cierto que la inseguridad habitacional se padece, y mucho, a nivel individual. Sanz entiende estos problemas como un “trastorno de adaptación. Es un problema social nuevo, pero los jóvenes de ahora poseen menos herramientas emocionales que permitan afrontar realidades complejas. Si partimos de esa base, la situación no debería ser el problema sino cómo las afronta cada uno”.

Pero su origen es eminentemente social y recae en la existencia de una demanda superior a la oferta. Jorge Galindo, desde su libro 'Tres millones de viviendas', aporta unos inquietantes datos y es que según la encuesta anual sobre las condiciones de vida que se replica en todos los países a nivel europeo, en España, un 67,2% de jóvenes, de entre 18 y 34, años vive con o depende económicamente de sus padres.

Si en nuestro país existen 9.2 millones de personas en esa franja de edad, significa que menos de 3 millones viven dependientes. Y si lo comparamos con la media europea, en nuestro país existen 1.6 millones de trayectorias vitales que se están retrasando o, lo que es lo mismo, 800.000 hogares que no se están creando. Además, la edad media de emancipación en España son los 30 años frente a los 22 años en Dinamarca o Finlandia.

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Desesperanza y vuelta a casa de los padres

Los jóvenes de hoy son la generación mejor preparada a nivel académico de nuestra historia. Sin embargo, son los que más están sufriendo los problemas derivados del complicado acceso a la vivienda. “Esto genera sensación de desesperanza, ya no sabes ni qué hacer para conseguir tus objetivos. Produce mucha impotencia porque se supone que están haciendo el recorrido que se espera de ellos, pero no da resultado”, opina la psicóloga Montserrat Sanz . Esto, además, produce una baja autoestima, lo que dificulta aún más la toma de decisiones.

Ante una subida de un alquiler inasumible o cuando se tiene que abandonar la vivienda, en muchos casos, la única solución es la vuelta a casa de los padres. Regresas ‘a la casilla de salida’ con la experiencia frustrada de haber fracasado en tu intento de independencia. Una realidad que suele potenciar la sensación de fracaso. “La vuelta con los padres genera muchas rupturas familiares”, afirma Sanz. “Piensas que no tienes posibilidad de tener un proyecto de vida. Una casa es un espacio de seguridad y de confort”, sentencia.

Jorge Galindo también añade otra variable que complica más la ecuación del acceso a una vivienda: la de las personas que quieren vivir solas. “Hay mucha gente que no tiene pareja y se plantea vivir sola de alquiler y es imposible, así que deben compartir casa o seguir con sus padres”. Una dificultad que también afecta a aquellos que se separan o divorcian y sólo encuentran como solución la vuelta a la casa de los progenitores, incluso teniendo hijos.

¿Qué puedo hacer?

Montserrat Sanz alerta de que mucha gente no es consciente de que empieza a tener un problema de salud mental por este asunto. “Tendemos a atribuir las cosas que nos pasan a lo que ocurre fuera y es verdad que son situaciones problemáticas. Pero si consideramos que sólo lo que hay fuera es lo que hay que resolver, no vamos a hacer nada por cambiarlo”.

La psicóloga detalla que los síntomas que producen estas preocupaciones pueden ser de tipo psicofisiológicos como los trastornos de sueño y apetito, ataques de pánico, sensación de quedarme sin respiración, corazón que late muy rápido, problemas de digestión. Ansiedad y estrés”.

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Además, el uso de las redes sociales tampoco ayuda. “Se nos vende un ideal de vida perfecta que parece alcanzable de manera rápida y sin esfuerzo: desde cuerpos irreales hasta promesas de ganar miles de euros trabajando desde casa. Esto genera una enorme distorsión psicológica porque acentúa la brecha entre dónde estoy y dónde debería estar supuestamente”, explica la psicóloga Esther Boada. “El no conseguir ese estilo de vida, que parece tan fácil ,provoca frustración, sentimientos de incompetencia y mucha culpa. Al final, no sólo hablamos de síntomas individuales, sino también de un contexto social que favorece la inseguridad y la comparación constante”, añade.

Montserrat Sanz también afirma que muchas veces nos dejamos llevar por las comparaciones, incluso con tiempos pasados. “Hay que ser creativo y pensar de qué manera se puede mejorar y no ser cuadriculados con los objetivos que nos marcamos. No ayuda pensar cosas como: ‘A mi edad, tal persona ya tenía un piso'. Es que a lo mejor tu situación no es la misma. La flexibilidad es necesaria, y eso lo da la seguridad en uno mismo. Por eso, el tema de la autoestima es fundamental”, puntualiza. Para Sanz, también habría que incluir más psicólogos dentro del sistema de salud pública. “Ahorraría mucho dinero al Estado y mucho sufrimiento a la gente”, asegura.

Sus efectos sobre nuestro cuerpo

“Lo que más observo es ansiedad en diferentes formas, síntomas depresivos, problemas de autoestima y autoexigencia. A esto se le suma la relación conflictiva con la comida y el cuerpo, que cada vez está más presente en mujeres más jóvenes. También detecto mucha soledad emocional y sensación de no tener un proyecto estable desde el que construir”, explica Boada. Esta, además, confiesa que ha constatado en consulta “cómo muchas mujeres canalizan este malestar a través de su relación con la comida y el cuerpo. Existe la creencia, muy extendida y reforzada socialmente, de que un cuerpo delgado es sinónimo de éxito o de aceptación. Esa exigencia corporal a veces se convierte en una vía inconsciente de gestionar la inseguridad que genera no tener una base vital sólida”. Porque, como ya expresamos, una casa es refugio proyecto vital y todos tenemos derecho a ello.