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Vas corriendo a todas partes, no llegas a nada, te cuesta dormir y comer, tienes la agenda llena de tareas que no paran de aumentar. Es bastante probable que te identifiques con estas situaciones porque son reales y tienen un nombre: ‘pobreza de tiempo’. ¿Sus consecuencias sobre la salud mental? Fatales. Según datos de una encuesta ómnibus, realizada el pasado año por la Dirección de Feminismos y LGTBI del Ayuntamiento de Barcelona, casi un 60% de las mujeres reconoce sensación de angustia por no llegar a todo, frente al 50% de los hombres. Mientras que un 32,2% de ellas asegura disponer de menos de tres horas al día libres, después de realizar los trabajos remunerados y no remunerados, frente al 24,6 % de ellos. Con estos datos sobre la mesa, y sabiendo que el tiempo es la medida de la vida, la cruda realidad es que la pobreza de tiempo nos afecta y lo peor de todo es que nos puede enfermar. A nivel mental, pero también a nivel físico.
Disponer hoy de tiempo para una misma parece haberse convertido en un lujo al alcance de pocas. Laura Camps de Agorreta, activista digital y redactora creativa, además de autora del libro 'No nos da la vida' (Ed. Bruguera), lo explica así: “Las personas nacemos sólo con tiempo, aunque no sepamos cuánto. Si perteneces en una familia del 2% más rico, dispones de tu tiempo, más el que vas a ir comprando a los demás. Si formas parte de la gran mayoría de esas personas que para llegar a fin de mes tienen que trabajar, deberás vender tu tiempo a cambio de dinero”.
'Pobreza de tiempo': el móvil y las redes sociales pueden ser tus peores enemigos
Tal y como está organizado todo en la actualidad, las personas trabajadoras sufrimos pobreza del tiempo y las mujeres, más. Lucía Gili, psicóloga clínica colaboradora del gabinete UPAD Psicología y Coaching, aclara que no se trata tanto de no tener tiempo, sino de querer abarcar demasiadas tareas: “Si nuestro día tuviera 35 horas, ocurriría exactamente lo mismo, pues no llegaríamos a todo. Queremos comprimir demasiadas cosas en un determinado tiempo. Hay que ponerse objetivos más reales”. Y señala a los ‘ladrones de tiempo’ como el móvil o las redes sociales. Atención a ellos porque no nos damos cuenta (o no queremos hacerlo), pero la realidad es que nos impiden dedicarnos a cosas mucho más beneficiosas. “He llegado a ver gente en consulta que utiliza el móvil más de 8 horas diarias. Es más que una jornada laboral. Podríamos pensar lo siguiente: 15 minutos de móvil podríamos dedicarlos a llamar a una amiga, hacer estiramientos, leer un libro, pasear, meditar o limpiar tu casa”.
Un problema que afecta más a las mujeres
“Las exigencias académicas o laborales que nos imponemos, y que nos imponen a nivel cultural, pueden exponernos a más riesgos”, afirma Lucía Gili. “Nos enfrentamos a la comparación social constante y nos ponemos muchas más tareas. Y como no llegamos, la situación nos genera culpa y castigo y nos lleva a la procrastinación. ‘Como no llego, no hago nada’”, explica. También alerta de que es una situación que puede ir “devaluando la propia imagen personal, lo que puede desembocar en problemas de depresión o de autoimagen. Para compensar nos ponemos cada vez más actividades y es un círculo vicioso”, asegura.
Además, la psicóloga explica que en muchas mujeres, “el comer emocional o impulsivamente” puede ser una de las preocupantes respuestas. “No podemos ser perfectas en la gestión de nuestro tiempo, y proyectamos esa autoexigencia sobre nuestro propio cuerpo y se generan esos ‘juegos’ con la comida”, puntualiza.
Por su parte, Diego Emilia Redolar-Ripoll, Doctor en Neurociencia y docente e investigadora en la Universidad Oberta de Catalunya (UOC), explica esta realidad desde su perspectiva: “El hecho de ser mujer es un factor que genera mayor vulnerabilidad genética ante los efectos del estrés”. Y añade que, si bien la sociedad avanza en temas de igualdad, las mujeres siguen asumiendo más cargas que los hombres.
Los estudios confirman que apenas existen diferencias cerebrales entre hombres y mujeres cuando nacemos, pero la experta confirma que “la plasticidad del cerebro hace que el entorno social lo moldee. En el caso de las mujeres lo configura más vulnerable ante situaciones como el estrés”.
Laura Camps de Agorreta se refiere así a los menores de 30 años, una Generación Z que valora mucho su tiempo: “Han estado hipermedicados desde pequeños. Por un lado, han verbalizado mucho más sus problemas de salud mental, pero, como no existen terapeutas suficientes en el sistema, buscan una solución inmediata. Además, como queremos que la gente siga siendo productiva y la medicina es patriarcal, la realidad es que hay muchas mujeres de esta edad que han estado o están medicadas”. Además, asegura que todo esto “tiene que ver con esa autoexigencia, esa sensación de tener que ser muy buena en todo y con la cultura del ajetreo y el 'multitasking'”.
Por otro lado, la experta confirma que “la Generación Z tiene una cosa fantástica: nunca se creyó lo del ascensor social porque ya vieron que estaba estropeado. No han comprado el discurso de la cultura del esfuerzo, el hacer horas extra no remuneradas o prácticas no pagadas. Valoran más su tiempo. Además, como tienen poco que perder porque viven en una precariedad enorme, su acceso al mercado de trabajo es catastrófica y no suelen tener ni personas menores ni mayores a su cargo, pueden irse de un trabajo cuando lo consideren”.
La falta de tiempo y sus consecuencias en la salud mental
Redolar-Ripoll cuenta de qué manera afecta la sensación de falta de control sobre nuestro cerebro: “Cuando la percepción es que no podemos controlar las diferentes cargas y presiones que vamos acumulando, generamos más cortisol del recomendable y es muy difícil para esa respuesta. Si esa respuesta se activa durante un tiempo prolongado y no tenemos la capacidad de pararla llega el problema”. El cortisol actúa sobre tres partes de nuestro cerebro: la corteza prefrontal, la amígdala y el hipocampo. “El hipocampo es muy importante para la memoria y para regular las emociones. El cortisol disminuye la activación del hipocampo e inhibe la formación de nuevas neuronas, lo que afecta deteriorando nuestra capacidad de memoria y la regulación de emociones. Esto puede producir un estado de ánimo bajo y hasta depresión”, afirma la experta.
En relación a cómo afecta el estrés sobre la corteza prefrontal, afirma que “es muy importante para la toma de decisiones y funciones ejecutivas, buscar soluciones a problemas. Con respecto a la amígdala, que es una estructura que busca señales de peligro, el cortisol hace que sea más reactiva y veamos peligro de tipo cognitivo donde no lo hay”. Dicho de otro modo: que cualquier problema se nos haga un mundo.
Saber aparcar el trabajo y poner el foco en el ocio
Cuando la percepción de descontrol de nuestro propio tiempo y de nuestra propia vida nos acecha, es (casi) imposible no sentirse mal o fatal. Pero está demostrado científicamente que ante dos personas sometidas a la misma cantidad de estrés y con una historia de vida parecida, la mayor percepción de falta de control se da en aquellas cuyo foco es el trabajo. “Sin embargo, las personas que trabajan igual pero que, cuando salen de la oficina, participan en otras actividades colectivas, como unas clases de teatro o un club de lectura, evitan que el foco principal sea el trabajo. Aunque tengan más tareas, sienten que tiene el control sobre ellas. y, además, sobre cosas que les motivan. No es sólo tener percepción de control sobre los estresores en sí, también sobre otras dimensiones de tu vida y se nota muchísimo cómo baja el cortisol. Es una cuestión fisiológica”, argumenta Redolar.
En este aspecto también coincide Laura Camps. La autora de 'No nos da la vida' aconseja la participación en espacios colectivos y autogestionados:“Ya sea una asamblea de vecinos o en un huerto urbano. Cualquier lugar donde entremos en contacto con gente distinta, que piense diferente a nosotros. Es bueno para salir del aislamiento que a veces produce el estrés, pero también las redes sociales”, puntualiza. “Participando te das cuenta de que hay parcelas en tu vida que funcionan, que puedes conseguir cosas, y que ese tiempo que le dediques, aunque sea solo un día a la semana, puede volverse a tu favor”, añade.
Una sociedad enferma
Vivimos en una sociedad ‘enferma’. Según datos de la Organización Mundial de la Salud (OMS), en el año 2030 más del 50% de las bajas laborales serán por salud mental. “Será oficialmente, porque la realidad es que ya hemos alcanzado esa cantidad”, afirma Laura Camps. “La mitad de las personas que están enfermas, van al médico y les dan ansiolíticos o antidepresivos para que sigan trabajando. Hay mucha sobrecarga de trabajo, mala gestión de las bajas y en trabajos de tipo creativo, como la publicidad o el periodismo es bestial”, afirma. “La hiperexigencia, pedir siempre una excelencia permanente que es imposible de mantener, unido a la falta prevención de riesgos laborales, hace que el problema sea realmente preocupante. Además, las empresas no los quieren abordar”.
La experta añade que “muchas empresas no quieren invertir en prevención de riesgos porque tienen miedo. Si descubres que tus trabajadores tienen algún tipo de malestar temes que eso te genere mala fama y dejas ahí un problema que no sólo no se resuelve, sino que también se hace bola”.
La importancia de poner límites
Ante una situación de malestar emocional derivado de la sensación de falta de control sobre nuestro propio tiempo, no podemos pensar que es normal o que no hay solución porque sí la hay. “Yo en terapia recurro al 'mindfulness', una herramienta estupenda. Necesitamos centrarnos en hacer una única cosa al mismo tiempo y ser plenamente conscientes”, reconoce Lucía Gili. “Tenemos que aprender a parar, hacer una tarea cada vez, ser conscientes de lo que nos pasa. También sería bueno reestructurar toda esa cultura de la inmediatez, de la validación constante, de la importancia que le das a las redes sociales e ir rompiendo con la procrastinación: marcarnos objetivos realistas y que la persona se sienta bien por ella misma y no por la validación externa”, detalla.
Su consejo es clave: “Rescatar las agendas, ya sean en papel o en el móvil y distribuir las tareas según sean urgentes o no”. Y se reafirma en una idea fundamental: “Tenemos que aceptar que no llegamos a todo. No somos perfectas y está bien ponerse límites a una misma y también a los demás”.












