¿Cómo sería habitar un mundo feminista en el que, por fin, la desigualdad fuera cosa del pasado? Si tuvieses la posibilidad fantasear con ese universo feminista en el que te gustaría vivir, sin límites ni cortapisas, ¿cómo sería? Este 8 de marzo, en COSMOPOLITAN hemos querido hacernos preguntas como estas para impulsar a nuestras lectoras a hacer uso de una de las herramientas políticas de transformación más poderosas de las que todas, absolutamente todas las mujeres disponemos: nuestra imaginación. Y para eso hemos contado con cuatro invitadas de lujo que nos acercarán a uno de los conceptos feministas clave del momento: las utopías.

Y es que, en los últimos tiempos, un contexto político global marcado por el auge de la reacción patriarcal en los gobiernos y las redes sociales parece abocar a un periodo de retrocesos respecto de los derechos feministas conquistados durante la última década. Desde algunos líderes mundiales hasta algunos 'youtubers', hay quienes hoy buscan convencer al grueso de la población de que todo está perdido; de que no merece la pena luchar por el derecho de las mujeres a decidir sobre sus propios cuerpos, por la libertad sexual o por los derechos de las mujeres migrantes y racializadas, de las mujeres trans y de todas aquellas que no se ajustan a sus normas. Paralelamente, en los últimos años la cultura popular -el cine, la literatura- ha sido invadida por multitud de historias de corte distópico que parecen desdibujar la posibilidad misma de imaginar otros presentes y futuros posibles, más feministas y felices.

Sin embargo, lejos de asumir que la batalla por un mundo más feminista haya de darse por perdida, y frente a esa reacción que busca expropiar a las mujeres la posibilidad de seguir soñando con el fin de desmovilizarlas y robarles la esperanza, es el momento de alimentar como nunca todas las fantasías feministas. Porque, como explica Sara Torres, escritora e investigadora, “la utopía tiene algo mágico”, porque aunque “siempre nos imaginamos que proyecta su energía hacia un mañana que todavía no está aquí”, cuando “el pensamiento es utópico y se permite pensar más allá de las restricciones materiales y políticas del presente, la energía que produce es también hacia un presente transformado”. “Es decir”, concreta, “que la ilusión de un mañana más deseable o más alegre ya actúa cambios en el día de hoy”.

"La ilusión de un mañana más deseable o más alegre ya actúa cambios en el día de hoy"

Utopías del deseo sáfico y la sororidad, con Sara Torres

Para Torres, que ha revolucionado la industria de la literatura haciendo que se consoliden casi como algo ‘mainstream’ sus historias sobre mujeres sáficas con las novelas ‘Lo que hay’ (Reservoir dogs, 2022) y ‘La seducción’ (Reservoir dogs, 2024), lo micro, los pequeños gestos y la interacción cotidiana son ya formas revolucionarias de empezar a transformar el mundo a nuestro alrededor. De hecho, a ella, que de pequeña ya escribía sobre islas idílicas habitadas enteramente por mujeres, le gusta pensar en su propia vida adulta como una forma de utopía soñada durante su niñez que, a día de hoy, ha logrado conquistar. “Hay una genealogía propia de las utopías sáficas en la literatura, en el cine y en las artes que es la historia de mujeres que vivieron generando mundos aparte dentro de mundos que ya existían; utopías radicalmente creativas, porque eran mujeres que en sus espacios privados construían un orden de las cosas completamente distinto”, celebra, inspirada también por dos de sus teóricas fetiche, la francesa Monique Wittig y la antirracista neoyorkina Audre Lorde.

Por eso, Torres aboga por que la intimidad entre mujeres en las existencias lesbianas “es un espacio utópico, porque no ha sido imaginado antes dentro de las representaciones oficiales de lo que es la vida y el mundo”. “Cuando tenemos esa conciencia, la propia práctica del amor se convierte en una práctica creativa y revolucionaria”, ya que “hay algo de la intimidad de las amantes que es una exploración de futuros políticos posibles” al margen de las normas impuestas en las relaciones heteronormativas del patriarcado. Y llevando por bandera una “ternura radical” a través de la que construir lo erótico y el deseo sin tener que renunciar a la tensión, el juego y la pasión propias del mismo. La clave, cuenta Torres, está en saber que “podemos atravesar los afectos humanos sin pensar que determinados afectos o determinadas realidades tienen que venir acompañadas de violencias, de rupturas o de jerarquías internas”.

“Hay una genealogía propia de las utopías sáficas en la literatura, en el cine y en las artes”

Además, esa manera de entender las relaciones entre mujeres escapa a las lógicas propias del mito machista del amor romántico y de la sexualidad definida tradicionalmente desde la mirada masculina hegemónica. Así, se extrapola también a una suerte de sororidad radical que tiene que ver con “las conversaciones interdisciplinares y constantes” que muchas mujeres feministas están manteniendo entre sí. “Nos leemos, nos vamos a ver, nos seguimos y deseamos el bien de la otra, porque somos conscientes de que sólo de esa manera habrá un bien colectivo, un mundo vivible”, cuenta Torres. “Y sentimos una especie de orgullo por la compañera desconocida completamente, y por sus logros, que es algo hermoso; un orgullo de mundo vivo bonito en el que yo quiero vivir”, reivindica la escritora.

Ecotopías y referentes feministas, con Laura Reboul

Pegando un salto de lo micro hasta lo macro, del gesto mínimo a la acción global, Laura Reboul, técnica y divulgadora ambiental, activista climática y ecofeminista, pone sobre la mesa un concepto de utopía específico capaz de vincular la lucha feminista con la lucha contra el colapso ecológico: la ecotopía. “Necesitamos ecotopías para imaginar más allá del futuro que ya está escrito”, afirma Reboul. “No somos capaces de imaginar más allá del colapso, de la realidad que nos imponen que tenemos que creer”, lamenta, “porque, precisamente, estamos constantemente oyendo que no se puede”. A ella, sin embargo, le gusta imaginar otro futuro posible en el que “el cuidado, la vida y la reciprocidad”, todo aquello que “nos sostiene” y que los sistemas actuales dejan apartado a un segundo plano frente a las cosas que se consideran importantes, se ponga “en el centro”.

Las ecofeministas, cuenta, “somos capaces de poner todas estas cosas en el eje donde va a transcurrir lo demás”, para que dejen de ser, simplemente, “lo otro”. Y es que Reboul hace años descubrió la respuesta que buscaba en el ecofeminismo porque este movimiento era capaz de “aunar dos mundos” cruciales para ella, dándoles un sentido común”: por un lado, el “ecologismo, la defensa de la naturaleza” y, por otro, “la defensa de la igualdad de las mujeres”. “Las mujeres y la naturaleza sufrimos bajo los mismos ejes del patriarcado y el capitalismo, que nos entienden como recursos que pueden explotar y que están a su mera disposición”, explica. Y “entender esto”, continúa, “nos hace ser más fuertes, porque aunamos luchas”, mientras que “cuando estamos separadas, perdemos fuerza”.

“Necesitamos ecotopías para imaginar más allá del futuro que ya está escrito”

Y para lograr dibujar en común esas ecotopías esperanzadoras, Reboul invita a tomar como referentes a mujeres que no necesariamente representan la imagen de ‘superwoman’ con éxito empresarial que muchas veces el sistema enarbola como el ejemplo a seguir. Apenas un día antes de llegar al plató de COSMOPOLITAN, la divulgadora aterrizaba en Madrid tras una intensa experiencia intercambiando perspectivas plurales entre mujeres de distintas partes del mundo en el Campamento Ecofeminista de Colombia. “He tenido el privilegio más absoluto de conocer a defensoras de la Tierra como Betty Vázquez, que pertenece al pueblo Lenca, en Honduras, y que está protegida por los organismos porque está judicializada, criminalizada y le han quitado la libertad”, relata Reboul. “Sin embargo, ella habla de que va a seguir defendiendo su territorio, porque es su identidad” y porque haciéndolo “está defendiendo también a su comunidad y a sí misma”, cuenta. Para Reboul, mujeres como Vázquez son “un referente al que mirar” para “poder seguir afrontando cosas”. Eso sí: insiste, durante la entrevista, en lo crucial de encontrar en ellas una inspiración transformadora sin caer en el riesgo de romantizar sus circunstancias y reconociendo el sistema colonial como responsable de las mismas.

Utopías y genealogías antirracistas, con Lucía Mbomio

Y para poder imaginar utopías capaces de delinear futuros feministas que merezcan la pena, no se puede dar la espalda a la memoria. De eso está convencida Lucía Mbomio, periodista y escritora, que recientemente ha publicado ‘Tierra de la Luz’ (Ediciones B, 2024), una novela sobre mujeres que migraron a España con el deseo de cumplir sus sueños y acabaron sufriendo la explotación laboral, machista y racista como temporeras en los campos del Sur del país. Mbomio, cuyo padre migró desde Guinea Ecuatorial y cuya madre es originaria de Segovia, nació a principios de los años 80 en Alcorcón, y cuenta que a veces le cuesta, como a muchas mujeres negras y racializadas, poder imaginar con facilidad utopías futuras, porque a ellas, sobre todo, lo que les ha sido sistemáticamente negada y borrada son su historia y su pasado. Actualmente, gran parte de sus esfuerzos los centra en poder recomponer esa genealogía silenciada a través del proyecto audiovisual Afromayores, para el que entrevista a mujeres y hombres afroespañoles de más de 65 años, y que comparte con el fotógrafo Laurent Leger Adame.

Así, lo que a Mbomio le inspira a la hora de imaginar utopías feministas posibles, es echar la mirada atrás. “Imaginarnos otros mundos posibles, a mí, en realidad, me parece una continuación de relatos y formas de vida previas”, manifiesta. Y remite como ejemplo ilustrativo de utopías de otro tiempo a los quilombos y palenques, “espacios de resistencia y de autodeterminación” construidos a modo de empalizada hecha con palos en países como Brasil o Colombia (entre muchos otros). Los erigían las personas negras esclavizadas que habían escapado de sus esclavizadores y en ellos, explica Mbomio, la gente cimarrona que se escapaba “encontraba sus espacios de libertad”, donde “no tenían que estar todo el tiempo luchando”. “A nivel simbólico”, los quilombos y palenques eran “resistencias” en un sentido creativo, ya que allí las cosas adoptaban “un significado diferente”. “Por ejemplo”, enuncia Mbomio, “las trenzas no tenían una finalidad estética, sino que eran granero -puesto que ahí se guardaban las semillas-, eran monedero -puesto que ahí escondían el oro y las monedas- y eran también mapas, ya que eran la forma de explicar dónde debían encontrarse o por qué ruta podían escapar”.

“Imaginarnos otros mundos posibles me parece una continuación de relatos y formas de vida previas"

Algo que sucedía con las trenzas, pero también con la Capoeira -que se trataba en realidad de un tipo de lucha y no de un baile-, pasando por una forma específica de lenguaje o por una imaginería genuina de las religiones afrodiaspóricas que resignificaba las imposiciones del catolicismo. Así, “remontarse a las utopías pasadas” es lo que a Mbomio realmente le inspira “a la hora de pensar en utopías posibles”. Porque, como ella misma insiste, “aunque no ganaran, aunque no acabaran con los esclavizadores, la lucha continúa. Y continúa desde esos parámetros de belleza y de creatividad”.

Utopías presentes, cuerpos intersex, con Mer Gómez

También hay quien podría pensar que determinadas cuestiones son una utopía cuando, en realidad, se erigen en conquistas ya logradas que demuestran que los avances feministas son posibles, alcanzables e imparables. Por ejemplo, Mer Gómez, escritora y activista intersex, autora de ensayos como ‘La rebelión de las hienas’ (Bellaterra, 2022) y ‘Las hermafroditas del siglo XXI’ (Bellaterra, 2024), habla de que a ella le “genera conflicto el término utopía” para referirse a la posibilidad de “incluir” a las mujeres intersex y a algunos colectivos de personas que se identifican como mujeres dentro de los feminismos. “Siempre hemos estado”, reivindica, y pone sobre la mesa que “no solo es que haya muchas formas de ser mujer, es que hay muchas corporalidades de mujeres”.

“A la mayoría de mujeres intersex, que hemos sido socializadas como mujeres o que tenemos una corporalidad leída en femenino, desde el momento en que nos han dado un diagnóstico, tu identidad como mujer, se tambalea”, relata. “Se pone en cuestión desde esos aparatos normativos, médicos, que tú seas una mujer, mujer”, describe. Sin embargo, Gómez celebra que “gracias a los estudios feministas y gracias al feminismo” ha conseguido “deconstruir y reconstruir la categoría mujer” y hoy la lee y la vive “de una manera muy diferente a como lo hacía mientras crecía”. “Precisamente por eso soy activista intersex, porque creo que, otros mundos posibles, podemos conquistarlos”, asegura.

“No solo es que haya muchas formas de ser mujer, es que hay muchas corporalidades de mujeres”

Para Gómez, todo esto solamente es posible lograrlo a través de un trabajo común. “Qué bueno que gracias a los discursos, a las narrativas y a las voces de todas esas personas feministas de distintos lugares, con diferentes intersecciones, a las intersex, a las trans, a las maricas, a las queer, a las racializadas, a las no binarias, hoy podamos tener debates tan amplios sobre el sujeto del feminismo”, celebra emocionada. “Nos tenemos que unir todas esas que nos consideramos feministas, tenemos que trabajar colectivamente y tenemos que escucharnos”, insiste. Y añade que “si algunas hemos conseguido ciertos privilegios, acordémonos de que hay otras que todavía no los tienen, porque eso es el feminismo”. Y porque, quizá, la utopía feminista imaginada en colectivo, con todas las mujeres, sea uno de los mundos más bellos y que más merezca la pena habitar.