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Que las mujeres tienen mayor conciencia sobre la crisis climática que los hombres es una realidad fácilmente comprobable. En una encuesta realizada por el Centro de Investigaciones Sociológicas en 2023, el 56,3% de las mujeres, hasta siete puntos por encima de los hombres, afirmaba que le “preocupaban mucho” los temas relativos al medioambiente y otro 10% más de mujeres que de hombres reconocía estar de acuerdo o muy de acuerdo con la idea de que “casi todo lo que hacemos en la época actual perjudica al medioambiente”. Y es que casi un 6% más de las mujeres creía que “el clima del planeta había ido cambiando debido, sobre todo, a la actividad humana”, mientras que prácticamente el doble de hombres (6,3%) que de mujeres llegaba a afirmar que, en su opinión, este cambio se debía, por el contrario, a “procesos naturales”.
Pero una mirada al mundo ecofeminista ayuda a entender que los números, reflejo de una brecha de sensibilización, no son más que la punta del iceberg. El colapso climático y el hecho de que todavía las mujeres dediquen el doble de tiempo cada día al cuidado de sus hijos e hijas que los hombres (según datos del Centro de Investigaciones Sociológicas) tienen en común mucho más de lo que a primera vista pudiese parecer. Igual sucede con los altos niveles de violencia sexual ejercida contra las mujeres y el extractivismo como forma de obtención de los recursos naturales que los países del Norte global perpetran sobre los territorios de África o de América Latina.
Yayo Herrero, una de las principales intelectuales referente del ecofeminismo en España, sintetizaba así en el artículo ‘Lo personal es político: ecofeminismos en los territorios del Norte Global’ el objetivo de estos movimientos: “Los ecofeminismos (plurales y diversos) desarrollan una mirada crítica sobre el actual modelo social, económico y cultural y proponen una mirada diferente que politiza la vida cotidiana, los territorios y los cuerpos, aspectos que en la cultura occidental fueron tratados como inferiores e instrumentales”. Y, añadía Herrero, los ecofeminismos “denuncian cómo la economía y la política se consolidaron en contra y por fuera de las bases materiales que sostienen la vida, como si los ciclos vitales humanos y los límites ecológicos no tuvieran que ver con ellas”.
Por eso, como explica la ecofeminista y ecodivulgadora Laura Reboul, lo primero es reconocer “que la explotación que se ha hecho tradicionalmente de las mujeres y, en los últimos años, también a la tierra, parten del mismo punto de origen: el patriarcado y el capitalismo, de esa visión del hombre como un ser súper poderoso que está por encima” de todo y de todos, y que además es “la medida universal con la que deben compararse el resto de las cosas”. Reboul apunta a este fenómeno como análogo al hecho de que nuestras sociedades consideren que “el ser humano está por encima del resto de seres vivos”. Y todo esto termina por dar lugar a una estructura erigida sobre la condición necesaria de que “la naturaleza y las mujeres nos encontremos bajo el mismo eje de opresión, como si fuésemos recursos que se pueden explotar, desposeídas de una identidad propia”.
Ahondando en esta perspectiva, para Reboul, resulta especialmente problemático el individualismo que nos define en la actualidad. Nos movemos bajo el paraguas de esa perspectiva masculina universal según la cual “tienes que ser fuerte, heroico, demostrar que puedes hacerlo todo solo, sin mostrarte vulnerable ni pedir ayuda a nadie, a través de una serie de mandatos que nos impiden ser conscientes de cuánto necesitamos también a la naturaleza”, lamenta. “Nos permitimos el lujo de contaminar el agua y los suelos, de talar los bosques… porque no estamos siendo conscientes de que nosotros y nosotras también formamos parte de ese conjunto”, diagnostica.
Para ilustrar cómo este paradigma destructivo de producción repercute directamente sobre el planeta y sobre las vidas de las mujeres, la ecodivulgadora recurre a una anécdota sencilla (que nada tiene de anecdótica) y habla de cómo en las oficinas, la temperatura ideal para estar a gusto tradicionalmente se ha definido tomando como medida el frío o calor que estén pasando los hombres que acuden a trabajar con traje, camisa, chaqueta y corbata. “Cuando llega el verano, normalmente se enciende el aire acondicionado por encima de lo que realmente sería necesario y las mujeres, que no llevamos entonces ropa tan abrigada como ellos, pasamos frío; esto hace que algunas tengan que llegar a encender un calefactor dentro de la oficina, con lo cual se acaba consumiendo el doble de recursos energéticos”, detalla Reboul.
Como este, son muchos los ejemplos que ponen de manifiesto el modo en que toda dicha problemática se materializa. “Los residuos de la menstruación también tienen un impacto gravísimo sobre el medioambiente, pero es que además, los tampones y compresas contienen productos tóxicos que pueden ser peligrosos y generar problemas de salud. Como es algo que afecta a las mujeres y al planeta, apenas se ha considerado un problema ni se han tomado las suficientes molestias para buscar alternativas”, continúa Reboul.
A todo esto se añade que muchos discursos de concienciación, sobre todo los que provienen de las estrategias discursivas del ‘greenwashing’, acaban responsabilizando y criminalizando a las mujeres como consumidoras e individuas al hablar del ahorro energético y de los mecanismos para la reducción de los impactos. Se aplica una doble vara de medir al señalar el gasto energético que se hace en el ámbito privado, muchas veces vinculado a los cuidados, y el que se corresponde con el ámbito público, en relación a las grandes industrias. La cuestión es que en la sociedad actual, apuntala Reboul “se le da valor a lo que produce un valor económico, a lo que se puede vender, pero el gasto que tú realizas en tu casa no genera beneficios en ese sentido”.
En un contexto en el que todavía estamos lejos de poder alcanzar la plena corresponsabilidad, las mujeres son aún quienes más tiempo pasan dentro de los hogares y las que más sufren, por tanto, las consecuencias de la pobreza energética si no pueden encender la luz o poner la calefacción. Pero también son a quienes más se bombardea con que no hay que abusar de determinadas prácticas de consumo: por ejemplo, de ir a hacer la compra y, sobre todo, de decidir qué se compra (eso de la carga mental) también se siguen encargando abrumadoramente más las mujeres que los hombres y la incesante obligación de tener que ser la que toma las decisiones genera en ellas un mayor sentimiento de culpabilidad en caso de no estar escogiendo los productos ‘eco’ más perfectos del mercado.
Ciudades ecofeministas
El ecofeminismo es una corriente transversal a todos los aspectos de la realidad. Y, quizá, una de sus ramas más potentes de los últimos años sea la que tiene que ver con el urbanismo, con cómo queremos que sean las ciudades que habitamos, en el seno del planeta que nos acoge. Blanca Valdivia, socióloga urbana y una de las fundadoras del Col·lectiu Punt 6, señala que “más de la mitad de la población del mundo vive en ciudades -en el Estado Español o América Latina, más del 80% de la población es urbana-, a la vez que esos territorios urbanos ocupan únicamente el 2% de la superficie terrestre y son los responsables de la inmensa mayoría de la emisión de gases de efecto invernadero y de la generación de residuos”.
“La manera de construir nuestros territorios ha estado siempre muy centrada en un modelo productivista que prioriza el beneficio económico por encima de la sostenibilidad de las vidas; de la diversidad de vidas humanas, pero también de la de los ecosistemas y de todo lo que hay más allá de la especie humana”, desarrolla Valdivia. “Ahora, con la crisis climática que tenemos, habría que empezar a pensar en otros modelos que sean más respetuosos y que estén mejor preparados, porque sabemos también que, justamente, la población urbana es la que va a estar más expuesta a las consecuencias inmediatas de la crisis climática, como el impacto de las olas de calor”, reivindica.
En este sentido, la perspectiva de género es absolutamente fundamental. Frente a un paradigma en el que “el espacio público sigue estando claramente dominado por las actividades productivas, con los vehículos privados y motorizados como protagonistas”, en unas ciudades “diseñadas para consumir y no para vivir”, como denuncia Valdivia, cosas en apariencia tan simples como disponer de un parque o una plaza a la salida de un colegio, o que el patio se quede abierto durante unas horas tras la jornada escolar, pueden llegar a marcar la diferencia.
Y es que este tipo de elementos urbanos que funcionan como puntos de encuentro proporcionan lugares en los que tejer redes colectivas, sobre todo para las mujeres, a las que tradicionalmente se las ha expulsado de la mayoría de los espacios públicos. Además, se puede acceder a ellos cotidianamente sin necesidad de tener que recurrir a un viaje extra en coche para llegar a otro espacio de ocio más desconectado de las actividades relacionadas con los cuidados y el día a día. Por no hablar de que, si los niños y niñas tienen la oportunidad de jugar cara a cara, pasan más tiempo alejados de las pantallas, con los beneficios que eso acarrea para su propio bienestar y también para el planeta.
Otro ejemplo al que se refiere Valdivia concierne a los espacios urbanos de ocio que se piensan para las chicas adolescentes, a quienes muchas veces se acaba empujando a los centros comerciales ante la falta de alternativas. Una apuesta por el consumismo más voraz en un momento en el que, según datos de la Agencia Europea de Medioambiente, el consumo anual por persona en la Unión Europea es de 391 kilos de materias primas destinadas a la producción textil, una verdadera tragedia ecológica. “En los espacios públicos, a los chicos jóvenes les suelen poner canchas destinadas a jugar al baloncesto, campos de fútbol, skateparks o máquinas de calistenia, que son deportes que practican más ellos; pero, ¿por qué a nadie se le ocurre ponerles a las chicas un espacio donde puedan bailar, que es lo que a muchas les gusta, lo suficientemente cubierto como para que no se expongan y no les dé vergüenza ni sufran acoso, pero que esté al aire libre?”, reflexiona la socióloga sobre la falta de opciones que se les facilita a las adolescentes desde una mirada propositiva.
El ecofeminismo decolonial
Con todo, nada de lo anterior tiene verdadero sentido sin plantearnos en profundidad cómo funciona el mundo y el sistema productivo a escala global. Por eso, la punta de lanza del ecofeminismo desde hace mucho tiempo son los movimientos ecoterritoriales, el feminismo de la tierra y de los pueblos que muchas mujeres impulsan desde distintos países de América Latina. La antropóloga Francisca Fernández Droguett, del Movimiento por el Agua y los Territorios y de la Escuela Popular Campesina de Curaco de Vélez, en Chile, habla de un “feminismo con los pies en la tierra” que asume “un legado histórico de las ancestras en la lucha contra el extractivismo” y que entiende como principal eje de problematización el vínculo entre el extractivismo y el patriarcado al que se añade como “horizonte” “la superación de todas las formas de opresión para los pueblos”.
En consonancia con lo que al comienzo planteaba Laura Reboul, pero desde una perspectiva decolonial, Fernández denuncia que “el sistema extractivista e hiperneoliberal” se sostienen estructuralmente en “un capitalismo basado en colonizar la naturaleza, el género, el poder y el saber” que cosifica los recursos naturales y los cuerpos feminizados y que separa y enfrenta lo natural y lo humano. Y en este sentido, “el extractivismo también es violencia política sexual”, explica Fernández, porque en el marco de la explotación de la megaminería o los agronegocios, son alarmantemente comunes “las violaciones, los tocamientos y los abusos”.
Pero frente a los discursos “colapsistas” que mandan el mensaje de que “no podemos salir de esta crisis climática”, Fernández reivindica que ellas, “con fuerza y énfasis”, insisten en que sí existe alternativa y que ya hay “pueblos que habitan esa otra posibilidad de mundos”. “No estamos en contra de la energía eólica o de la energía solar, que son, de hecho, el tipo de energías posibles para superar el extractivismo; estamos en contra de los complejos eólicos, los complejos fotovoltaicos, que operan bajo la falsa ganancia”, se explaya. Ellas defienden, en cambio, “una energía controlada por los pueblos, administrada por los pueblos, a escala humana, cotidiana y para el barrio”, siendo ellas mismas “parte de esa gestión”, de forma que la energía la recuperen los pueblos al tiempo que acontece “la recuperación de nuestros cuerpos como campos energéticos también”.
Así, el principal aprendizaje que podemos hacer desde países como España, tiene que ver con cómo ese capitalismo verde o ‘greenwashing’ que hace de los discursos ecologistas poco más que un mero lavado de cara, perpetúa “la misma lógica de los privilegios, de las ganancias y de un modelo imperial con lógicas de consumo sobredimensionadas”, señala Fernández. “A nosotras, en Chile, nos han empujado a desarrollarnos por la vía de la industrialización, en un engranaje donde en realidad nuestros territorios colocan los elementos naturales necesarios para el desarrollo de otros”, relata. Y por eso, incide la activista, son tan importantes estos “feminismos con estos pies en la tierra” que aspiran a “transformarlo todo”.












