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Hace más de sesenta años que Betty Friedan describió en 'La Mística de la Feminidad' aquel "malestar sin nombre" que asolaba sigilosa y masivamente a las jóvenes amas de casa norteamericanas de la década de los 50. Malestar, analizaba Friedan, que se manifestaba en enfermedades prematuras, somatizaciones en forma de llagas, nerviosismo, cansancio crónico, falta de autoestima, depresiones posparto y otras tantas afecciones que acabaron llamando la atención de los psiquiatras y psicoanalistas de la época. Pero también de feministas críticas que, con sospecha, se lanzaron a indagar qué se escondía detrás de este inusual y preocupante fenómeno tan ampliamente extendido.
La respuesta que hallaron, 'grosso modo', fue que la vida extremadamente monótona, solitaria y entregada a la que el sistema patriarcal las había condenado había terminado por expropiarlas de su propia identidad, sumiéndolas en un agujero de despersonalización, tristeza y desesperanza. Así, consiguió arrojar algo de luz sobre la evidencia de que aquel malestar parecía estar relacionado con causas eminentemente sociopolíticas y que no se trataba de una cuestión individual, sino colectiva.
Seis décadas después, la Organización Mundial de la Salud –a pesar de reconocer la dimensión social como uno de los factores clave que subyacen a los problemas de salud mental– todavía enuncia que "las mujeres son más propensas a la depresión que los hombres", algo que, sin la profundización pertinente, podría inducir a error. “Hablar de que son propensas puede interpretarse como si fuera algo que viene ya predeterminado, como si se tratase de una cuestión esencialista: si eres mujer, esto es lo que te ha tocado”, valora Helena Cortina, psicóloga forense e investigadora psicosocial. Entonces, ¿por qué según los datos ofrecidos por la propia OMS las mujeres tienen hasta un 50% más de probabilidad de sufrir depresión que los hombres y por qué, según la Encuesta Europea de Salud 2020, en España más del triple de mujeres que de hombres padecen de una sintomatología grave?
“La depresión no es un virus que se te mete en el cuerpo y de repente hace que estés deprimido, sino que se trata de un patrón conductual, una forma de interacción de la persona con su entorno, por lo que siempre hay que entenderla en relación con el contexto: por ejemplo, si tu entorno es más desfavorable, es más probable que puedas desarrollarla”, profundiza Cortina. Y es que, como expone la psicóloga clínica Claudia Pradas, “no es que exista el gen de la depresión en las mujeres, sino que un malestar de este tipo se desarrolla a partir de tres factores: biológico, psicológico y social. Desde esa perspectiva biopsicosocial, hay que entender que nuestra posición en el mundo, en una sociedad patriarcal, afecta a nuestra salud mental”.
Las mujeres, a causa de la violencia sexual, la violencia machista, los discursos del terror sexual, las triples jornadas, la extenuante carga mental del trabajo de cuidados o la discriminación laboral, “tendemos a vivir más experiencias traumáticas que, en la edad adulta, pueden resultar en una mayor probabilidad de sufrir depresión”, señala Pradas.
Fátima Masoud, portavoz de 'Orgullo Loco Madrid', advierte sobre el peligro de los “enfoques biologicistas que dan por hecho que las mujeres sufren más depresión, sin tener en cuenta por qué se les diagnostica y qué hay detrás”, los cuales se suman a las definiciones “productivistas” de salud mental que consideran que quien goza de una buena salud mental es quien puede trabajar, ser productivo o productiva conforme a los parámetros que marca el sistema capitalista. Lo que desde la economía feminista la autora Amaia Pérez Orozco denominó “el hombre champiñón”, ese sujeto ideal que puede dedicar su vida por entero a ser eficiente para el mercado porque no arrastra carga familiares, no tiene niños, niñas, mayores ni enfermos a quienes cuidar, no tiene que perder tiempo en limpiar la casa o plancharse las camisas, ni padece jamás ninguna afección emocional ni física que le impida o le distraiga de existir para producir.
¿Hay emociones más patologizadas que otras?
Por otro lado, es importante atender también a lo que tiene que ver con la sintomatología asociada a la depresión (aquí puedes encontrar los síntomas más asociados a la depresión). Y es que las conductas o la expresión de sentimientos comúnmente asociados a ella, como la tristeza, el cansancio o el llanto suelen ser los clásicamente atribuidos a lo femenino. “Tampoco existe el gen de la emoción femenina, hay emociones que se asocian cultural y socialmente a lo femenino, pero no es que lo sean”, apunta Pradas. Emociones que, además, contravienen esa funcionalidad productivista en un sistema que, como afirma Pradas, “nos obliga a ser felices para que seamos productivas todo el rato”. Y mientras que los hombres son socializados para limitar la expresión de dichas emociones en favor de la ira o el enfado, a las mujeres sí se les permite manifestarlas de manera más explícita, lo que a la larga desemboca en una trampa paradójica: acaban siendo, por ello, más fácilmente patologizadas.
Cortina ahonda en que los síntomas que, en general, “han sido elegidos como identificadores de la depresión” son los llamados síntomas internalizantes, “precisamente los que más presentan las mujeres: bajo ánimo, cambios de peso, pérdida o aumento de apetito, trastornos del sueño… No es que los hombres no experimenten depresión, sino que suelen presentar síntomas externalizantes, mejor vistos en la masculinidad que el mostrarse vulnerable, como realizar actividades de riesgo, el abuso de sustancias, una mayor impulsividad, la ira…”, enumera la experta.
De hecho, también existe un sesgo de género a la hora de determinar qué se considera “un hombre saludable o una mujer saludable”, según remarca Masoud. “Por ejemplo, a las mujeres se nos patologiza con frecuencia que mostremos nuestra rabia, llamándonos histéricas, locas, diciendo que estamos fuera de control; en cambio, un hombre que se muestra su enfado es porque 'los tiene bien puestos'”, desagrega.
El problema del hiperdiagnóstico
Otra de las razones que esgrimen expertas y activistas es que las mujeres ejercitan más el autocuidado que los hombres y, por tanto, acuden con mayor frecuencia a consulta que ellos. “Es verdad que las mujeres acuden más a los servicios de salud mental, por lo que pueden tener una mayor tendencia a ser diagnosticadas”, afirma Pradas. En ello influye que “se les señalen más frecuentemente las conductas disruptivas, porque enseguida se las tilda de locas. Cuando un hombre tiene una conducta disruptiva, no se le señala tanto, lo que dificulta que él sea consciente del problema”, expone. Echa un vistazo aquí a los 11 diagnósticos de salud mental más frecuentes.
Todo ello acaba derivando, por un lado, en un infradiagnóstico de depresión en hombres y, por otro, en un hiperdiagnóstico en mujeres. “Es más fácil pensar que a una mujer que no para de llorar es que está deprimida, aunque luego lo que le esté pasando sea que cada día al llegar a su casa viva violencia machista”, subraya Masoud. Además, cuenta que, cuando las mujeres acuden a los servicios médicos porque no se encuentran bien o porque están agotadas, muy frecuentemente “se les recetan directamente antidepresivos o ansiolíticos, mientras que a los hombres se les hacen más pruebas médicas para detectar si hay algo más”, de forma que muchas mujeres acaban por no ser correctamente diagnosticadas.
¿Deprimidas, histéricas y locas?
El problema también reside en que a esa tendencia a “patologizar muchísimo la expresión emocional de las mujeres”, según señala Cortina, “se suma a la moda que hay últimamente de que a todo hay que ponerle una etiqueta diagnóstica para considerar que tu sufrimiento sea válido, para que se le dé importancia y se le pueda prestar atención, tratamiento o apoyo”. “Muchas veces sí es adecuado hacer un diagnóstico para poder guiar mejor el tratamiento, indistintamente del género, pero teniendo en cuenta la importancia de validar de dónde viene”, apuntala Pradas.
En mujeres, por ejemplo, también es muy frecuente encontrar el considerado Trastorno Límite de la Personalidad (TLP), cuyos criterios diagnósticos son “las emociones muy intensas, el miedo al abandono, la desregulación emocional, etcétera, que casi coinciden con lo que en los años 20 se consideraba ‘histeria femenina’ y que se utilizaba para controlar a las mujeres que no se sometían al sistema patriarcal”, desarrolla la psicóloga clínica. “No digo que el TPL no exista, pero en demasiadas ocasiones se utiliza el concepto de patología como un cajón desastre para invalidar las emociones de una mujer ante una situación injusta”, advierte. Masoud, como parte del movimiento que desde el activismo denuncia las prácticas psiquiátricas violentas, denuncia que “la psiquiatría siempre se ha utilizado como una herramienta de control sobre las mujeres”. “Hace menos de cien años tu marido todavía te podía meter en un psiquiátrico de por vida porque quería vivir con su amante, o porque se quería quedar con tu dinero; y el 'electroshock' se sigue aplicando todavía hoy en España, sobre todo en mujeres, cuando consideran que no estás respondiendo a los antidepresivos”, denuncia Masoud.
La dimensión política de la depresión
Después de Friedan, fueron muchas las mujeres y feministas que alzaron la voz contra el sufrimiento derivado de las desigualdades del sistema patriarcal y que, simultáneamente, fueron diagnosticadas con enfermedades mentales. Algunas, como Kate Millet, se convertirían en activistas antipsiquiatría declaradas tras sufrir múltiples internamientos y diagnósticos que las consideraban maníaco-depresivas; otras, como Sylvia Plath, serían víctimas de esas terapias de 'electroshock' y terminarían, finalmente, quitándose la vida.
Hoy en día conocemos la importancia de la intervención social, no solo individual, para abordar este tipo de problemáticas. Aquí, explica Cortina, entra directamente en juego la cuestión de la interseccionalidad: si, además de mujer, sufres racismo, transfobia o tienes bajos recursos, entre otros, el nivel de violencia con el que convives y, por tanto, el riesgo de que se traduzca en una depresión, es aún mayor. “Además, la pobreza está muy feminizada”, remarca.
Por eso “es muy importante politizar ese sufrimiento”, afirma por su parte Pradas, que pone de ejemplo la epidemia masiva de Trastornos de Conducta Alimentaria (TCA) que muchas mujeres sufrieron a raíz de la tiranía de los cánones de belleza que celebraban la hiperdelgadez del ‘heroin chic’ en la década de los 90 y los primeros 2000s. “Entonces no se hablaba tanto de feminismo ni de gordofobia, así que lo que estaba pasando era mucho más difícil de identificar y abordar”, apuntala.
Politización que se hace especialmente necesaria en el ámbito cotidiano y que exhorta a las instituciones, pero también a toda a la sociedad, a que seamos conscientes de que la salud mental es algo que se construye día a día y entre todos y todas. Buena cuenta de ello da el elevado número de mujeres que parecen sufrir depresión perinatal, algo demasiado extendido como para pensar que se trate de una excepción y que suele estar muy relacionado con experiencias de violencia obstétrica, pero también con otros factores de tipo social. “Obviamente, dar a luz es una bomba hormonal, pero la crianza hoy en día es muy solitaria y muy aterradora, porque te ves sola con un bebé, casi sin redes, en un momento que tienes el cuerpo agotado y en una sociedad donde todavía la paridad es casi imposible”, remarca Masoud.
Por eso, para ella es esencial “volver a construir redes de apoyo”, lo que se ha vuelto cada vez “más difícil, sobre todo en ciudades grandes”, a través de las que poder “compartirlo todo, desde la crianza hasta que, si te encuentras mal, una amiga pueda ir para ayudarte a hacer la comida o la compra”. Así, la activista remarca que el acompañamiento no solamente debe ir enfocado a que puedas “hablar de las cosas”, sino que también tiene que ver con los asuntos “materiales”. Y concluye dejando sobre la mesa una reflexión crucial: “A mí me ayuda mucho estar en un grupo de apoyo con perspectiva feminista, porque es vital cambiar el enfoque. Pasar de pensar ‘es que estoy enferma’ a reconocer que estamos en un sistema con el que muchas veces no podemos lidiar”.
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