Todo empezó el día en que se me ocurrió comprobar en las estadísticas de mi cuenta de Instagram cuánto tiempo permanecía conectada al día: 30 minutos. No me lo podía creer. "¿Y qué hacía con esa media hora cuando no existía Instagram?, ¿de dónde me había robado a mi misma ese tiempo?". Fue cuando decidí incorporar esta red al plan "30 días sin...".

No me asustaba el reto, es más, sentía muchísima curiosidad por descubrir qué iba a sentir y a pensar al prescindir de tantos momentos de mi vida en los que recurro a 'Insta'. Básicamente todos aquellos en los que no tengo nada mejor que hacer. O sí, porque en ese deambular siempre descubro cosas interesantísimas. Es el primer icono que toca mi dedo pulgar cuando abro el ojo por la mañana. ¿El vuestro también?

En un mundo en el que estamos hiperconectados, cada vez nos encontramos más incómodos sin un megabyte que llevarnos a los ojos. Y no solo eso, es que además, a la red social favorita de las 'millennials' se le puede sacar partido ecónomico, y mucho. Pero a lo que vamos: así fueron, en formato diario, mis cuatro semanas sin Instagram.

Primera semana sin Instagram: la tentación

El primer día 'desenchufada', sin ir más lejos, y como si fuera una venganza del algoritmo, doy positivo en Covid. Me esperaban 8 días por delante con la incertidumbre (como la de todo el mundo) de no saber cómo iba a evolucionar el bicho dentro de mi organismo. Lo que más me sorprendió fue la exclamación de todos los allegados con los que compartí el positivo: "¡y encima sin 'Insta'!". Porque hoy, Instagram, más que otra cosa, se ha convertido en un entretenimiento: el 'voyeurismo' hecho pantalla (¿me volveré ahora adicta a la última tendencia de puzzles online?).

Instagram es el primer icono que toca mi dedo pulgar cuando abro el ojo por la mañana. ¿El vuestro también?

Estos primeros días he tenido muchísimas tentaciones de entrar a mi cuenta, sobre todo para ver los comentarios a mi último post, en el que me despedía por 30 días informando del experimento. Pero pensé que también esos apuntes tendrían otro sentido pasadas más de cuatro semanas. Así que decido aguantar.

No sé si habrá tenido que ver con el Covid, pero la verdad es que en esta primera semana de reclusión vírica y ayuno digital me he visto 8 películas y una serie de 13 capítulos. Confieso que la última vez que vi una película del tirón fue en el cine, hace ya más de un mes. Y una temporada entera de una serie, más de medio año. Es como si mi cerebro necesitara atención plena en una sola historia, y un interés algo desvaído por 500 microhistorias que se escrolean con el dedo pulgar.

Segunda semana: la tranquilidad

Hoy me he levantado con una nítida sensación de no haber tenido jamás una cuenta de Instagram, y de que se puede vivir perfectamente sin ella (aunque no sé aún si mejor o peor). Me pregunto cómo hemos llegado hasta aquí, y cuál es el verdadero impulso que nos llevó a formar parte de esta comunidad: ¿vanidad?, ¿más oportunidades profesionales?, ¿una manera de reivindicar lo que nos importa? Probablemente imperó, más que el deseo de estar, el de evitar por todos los medios 'no estar' y alejarse al máximo de eso que al individuo del siglo XXI le aterra: ser invisible.

En diferentes reuniones de trabajo estos días se mencionan cuentas de Instagram dignas de visita, y yo explico mi situación y la razón por la que no me es posible darme una vuelta por sus recomendaciones. Seguro que dentro de quince días, eso que yo me he perdido, a mis compañeras ya se les ha olvidado. Al final, creo que esto de las redes sociales va de 'formar parte', de pertenencia al grupo, de no perderte nada, de no quedarte fuera y evitar hacerte invisible.

Tercera semana: la curiosidad por los míos

Supongo que la periodicidad de las publicaciones de las personas más allegadas a las que sigo hace saltar la alarma de mi reloj de rutinas. Porque estos días echo de menos saber de la vida 'instagrameada' de mis amigos, aunque hable con ellos día sí y día también, las publicaciones de mis compañeras, tan inspiradoras, o darme un paseo por el muro de fulana o mengano.

Extraño conocer sus destinos, los libros que acaban de terminar, esas brillantes ideas que adornan mi primer café del día, las frases que se quedan a vivir conmigo para siempre, la expo que no me puedo perder o el amanecer más bonito del mundo en la conchinchina. Pero también me pregunto si alguien me echará de menos, y cuántos seguidores habré perdido, aunque sea en términos de porcentaje. Y me empieza a preocupar si de verdad estamos preparados para sufrir el famoso apagón mundial del que tanto se habla.

Cuarta semana: la pereza de volver

Puff... Me encuentro de maravilla, y no me acuerdo del logotipo fucsia. Quizá tenga que ver con que esta semana no he parado de asistir a presentaciones, reuniones, desayunos de trabajo, y más vídeo reuniones (la nueva pandemia). Soy feliz caminando por la calle con el móvil en las profundidades del bolso, y tengo nuevos amigos: algunos podcasts que me parecen de diez, y hábitos que duran más en cada sentada: la prensa diaria.

El después...

Hace ya una semana que he vuelto al mundo instagram, y reconozco que aún no he sido capaz de subir nada. En este mes muteada, he ganado diez seguidores, curiosamente el mismo número de ellos que se ha sumado a mi perfil en mis primeras 48 horas en activo sin hacer nada (¿Mr. algoritmo se alegra de que vuelva y me premia?). Pero sigue sin apetecerme; tengo una alarma que me notifica cuando llevo 15 minutos en la red, y me siento aliviada cuando suena. Noto la misma responsabilidad escénica que antes de mi primer post, hace unos años.

Es como si nada me pareciera lo suficientemente importante como para ser contado. Nada que supere la realidad, desde luego. ¿Me habré acostumbrado a tener tres horas y media más a la semana solo para mi? Aún no lo puedo saber, es como un síndrome postvacacional, pero al revés, y pienso que quizá sí sería buena idea preparar un détox cada cierto tiempo. Porque la posición de 'outsider' 3.0 te baja los pies a la tierra, te permite informarte y ver el mundo con otras gafas (sin cristal), te acerca a los demás de otra manera, y sientes más necesidad de ver, oler y tocar su versión 3D.

Espera, ¿quién me escribe por Instagram? Es una gran amiga a la que había perdido la pista hace años. Y no me puede alegrar más. Me despido, ¡que voy a ver su 'feed'! Y cuando acabe, me voy a ir de compras por el metaverso...

Headshot of Amelia Larrañaga

Periodista especializada en belleza, bienestar y estilo de vida desde hace más de 25 años. Desde que se licenció en Periodismo en la Facultad de Ciencias de la Información de la Universidad Complutense, ha escrito para medios como Elle, Vogue, Woman, Yo Dona, Mujer Hoy, Elle Gourmet o Harper’s Bazaar.  Dentro del mundo de la belleza, es experta en peinados, cortes de pelo y cabello en general (en una alfombra roja, no se le escapa el más discreto de los postizos ni el más escondido de los trucos) y lo sabe todo acerca de color y las últimas tendencias capilares, gracias a que se tituló en Peluquería en la Academia Guallar de San Sebastián mucho antes de estudiar periodismo.  Si no hubiera sido reportera, le hubiera gustado ser antropóloga o socióloga, por eso disfruta como una niña con ensayos que le ayuden a entender mejor al ser humano y su conducta, individual y en masa, o entrevistando a los expertos para sus artículos sobre psicología y tendencias sociales. Probadora profesional de experiencias, es capaz de sumarse a cualquiera de sus valientes retos “30 días sin…” para luego contar cómo es transitar durante un mes fuera de su zona de confort.