En una época en la que nuestras vidas se ven a través del prisma de las redes sociales, la gente adora 'realities' como 'Insiders' y hemos sobrevivido a gobiernos que podrían estar gestados en el universo de la ciencia ficción, las líneas entre lo que es real e imaginario se diluyen más que nunca.
Al mismo tiempo, estafadores como Belle Gibson, Anna Delvey y Simon Leviev (de 'El timador de Tinder') siguen volviéndose virales y parece que en nuestros 'feeds' aparecen mentirosos cada semana (solo hay que ver la cuenta de 'Hazme una foto así'), cada uno tejiendo una red de mentiras más intrincadas que la anterior.
¿Tienes esa misma sensación?
Las historias de los mencionados anteriormente las conocemos porque han ocurrido a gran escala y se han hecho conocidas por la repercusión que han tenido, pero no son las únicas. No todos los engaños aparecen en los titulares, y solo un pequeño porcentaje de ellos se descubre alguna vez. Estudios han demostrado que las personas son mejores mintiendo 'online' que cara a cara, por lo que, teniendo en cuenta que al día se envían en todo el mundo una media de 65 mil millones de mensajes de WhatsApp, ¿cuántas mentiras se intercambian diariamente? Todos mentimos, pero existe una diferencia entre decirle diplomáticamente a una amiga que su nuevo corte de pelo es genial y fabricar con mentiras toda tu existencia. Entonces, ¿qué hace que una persona mienta hasta el extremo? Y con la tecnología para permitirlo ahora al alcance de la mano, ¿de repente se está volviendo más fácil que nunca?
Usando un 'disfraz' digital
Cuando Grace abre su portátil (Grace es alguien a quien hemos entrevistado, que ha forjado su identidad desde la mentira), se convierte en otra persona. Deja atrás su sencilla habitación azul, su existencia sin amigos y se convierte en lo que más desea: alguien popular. A los 18, empezó a mentir sobre quién era de manera habitual. "Puedo convertir mi personalidad en lo que quiera y eso es emocionante", me dice por teléfono (no pasa desapercibido que no tengo forma de confirmar si todo lo que me dice Grace es verdad).
Grace creció en una comunidad mormona en el medio oeste de Estados Unidos, una religión en la que "eres totalmente bueno o totalmente malo", me dice. Las "entrevistas de valía" en esa comunidad son el medio para determinar eso, y en la primera que tuvo, cometió un error: admitió haber robado chuches y fue castigada. Cuando llegó la siguiente entrevista, Grace mintió. Pero la idea de que era fundamentalmente una mala persona ya la había interiorizado, y pronto se dio cuenta de que podía aprovechar el arte de mentir para aumentar su autoestima.
Grace, que se describe a sí misma como introvertida y como que "nunca ha sido normal", tuvo problemas sociales y se consoló en los foros. Pero no bastaba con mezclarse en las conversaciones; quería atención y sabía cómo conseguirla. "Escribí una publicación en un blog detallando cómo había tenido un accidente de coche y había quedado paralizada de la cintura para abajo", confiesa. La publicación cumplió su propósito; estaba llena de mensajes. "Básicamente, me hizo muy popular. Me sentí bien porque nunca había sido popular en la vida real".
A partir de ahí, las mentiras se dispararon: su hermana había muerto de cáncer, ella provenía de una familia de 10 hijos, tenía un coeficiente intelectual de 140... e invirtió horas y horas de investigación para garantizar que sus historias fueran creíbles. Todo ello, intercalado con elementos de verdad. "Para que pareciera auténtico", dice.
Durante años, no sintió ningún remordimiento. "No hubo culpa. Solo quería perseguir ese sentimiento de gozo". Pero ahora dos personas de su foro le han sugerido quedar, y Grace está en un aprieto: no tiene otros amigos, así que quiere ir desesperadamente, pero no puede. Estas personas creen que está paralizada de cintura para abajo. Tiene que desviar constantemente las conversaciones sobre quedar (una táctica que solo durará un tiempo) o enfrentar sus mentiras y arriesgarse a perder a los únicos amigos que tiene. Todavía no ha decidido qué enfoque tomar.
Amigos falsos
Para los mentirosos, suele ser fácil pensar que su engaño no daña a nadie, pero para aquellos que caen presos de los encantos de un mentiroso compulsivo, especialmente cuando se trata de dinero, amor o estatus, hay mucho en juego. Y con una persona, las mentiras fueron tan fuertes que se convirtieron en la base de una exitosa serie de Netflix: '¿Quién es Anna?'.
La sonrisa en el rostro de Anna Delvey durante su 'enfrentamiento final' está grabada en la mente de la periodista Rachel DeLoache Williams, víctima que cayó en la trampa de Anna. "Yo le hacía muchas preguntas y la forma en la que tenía respuesta para todo... era simplemente un deporte para ella", me dice Rachel. La periodista y escritora se sintió atraída por Anna cuando la supuesta heredera hizo un esfuerzo para hacerse amiga de ella en Nueva York, en 2015. Y Rachel se sumergió en la vida de Anna, y en todos los aviones privados, las suites de cinco estrellas y el vino fresco que la acompañaba.
El problema era que nada de eso era real, como millones de espectadores ahora también saben después de ver la serie sobre sus intrigas. Anna Delvey (aquí puedes ver su Instagram real) no era la socialité emprendedora dispuesta a heredar millones que decía ser, era una estafadora (cuyo verdadero nombre era Anna Sorokin) de bancos, hoteles y amigos. Rachel fue una de sus bajas.
El "atractivo" de Anna resultó irresistible hasta el final, cuando la turbia verdad se volvió ineludible. Fue la naturaleza "discreta" de Anna, junto con los claros signos de riqueza, lo que hizo que Rachel, por ejemplo, pagara sin dudarlo una factura de alrededor de 60.000 euros en unas vacaciones de lujo en Marruecos, cuando Anna tuvo "problemas" con sus propias tarjetas (la realidad era que Anna no tenía los fondos para reembolsarla, y nunca tuvo la intención de hacerlo).
La estafadora fue sentenciada a 12 años por hurto mayor poco después, pero fue liberada antes de tiempo por buen comportamiento. Sin embargo, fue puesta de nuevo tras las rejas por problemas con su visado. Ha sido castigada (hasta cierto punto) por la índole financiera de sus crímenes, pero el verdadero naufragio de sus mentiras, el trauma emocional, no es algo que pueda corregirse con una temporada en la cárcel.
"Antes, te habría dicho que yo era una persona que sabía leer a la gente con antelación. Así que, el hecho de que me señalara, se acercara tanto a mí y luego me traicionara, fue profundamente doloroso", admite Rachel. "Anna dejó un rastro de ansiedad, dudas y vulnerabilidad a su paso mientras pisoteaba la vida de Rachel. ¿Dónde estaba el castigo por eso? No creo que cambie durante el tiempo que pase en la cárcel, excepto tal vez para adquirir algunas aterradoras habilidades de algunos nuevos amigos", me dice Rachel siniestramente.
"Generalmente, mentir tiene que ver con lo que creen que es una aspiración", me dice la psicóloga Dra. Jane McNeill, lo que sin duda tiene sentido en cuanto al estilo de vida de la alta sociedad a la que aspiraba Anna. "Una teoría alternativa", dice la psicóloga experimental Tali Sharot, "es que mentir es una pendiente resbaladiza donde la deshonestidad crece y crece". Su investigación sugiere que cuanto más mentimos, nuestros cerebros provocan una menor respuesta emocional. Explicaría por qué las falsedades a menudo comienzan con algo nimio, pero luego se convierten en otra cuestión, mucho más elaborada, y que puede doler aún más cuando hay un elemento romántico involucrado.
Mentir por amor
Cuando Julia comenzó a hablar con Stefan en Twitter, estaba emocionada. Él era un ciclista entusiasta, y quedó impresionada por sus historias de carreras en todo el mundo. Después de una cita, entablaron una relación a larga distancia que se sostenía entre la casa de Stefan en Escocia y la vida urbana de Julia en Londres. Antes de la cita número dos, Stefan llamó a Julia: "Haz las maletas. Te llevaré a París". Era justo el tipo de torbellino romántico con el que había soñado.
Sin embargo, cuando se encontró con Stefan para tomar el tren Eurostar más tarde, quedó claro que el viaje no iba a ser posible. "He olvidado mi pasaporte", maldijo Stefan. "Lo envié a la Embajada de la India para mi viaje en bicicleta y nunca me lo devolvieron". Julia estaba confundida. "¿Por qué iba a planear un viaje a París si no tenía su pasaporte?", pensó. Pero Stefan ya se estaba castigando a sí mismo por eso y, para no darle más vueltas, pasaron un fin de semana junto al mar y todo quedó en el olvido.
Seis meses después, Julia había hecho las maletas de su vida en Londres y se había mudado a Escocia para estar con Stefan. Se hicieron íntimos rápidamente: él habló sobre una hija de una breve relación que había terminado hace años, compartían el hecho de ser vegetarianos, el amor por el aire libre... Pero a las pocas semanas de mudarse, el verdadero Stefan comenzó a surgir. Su bicicleta estaba acumulando polvo en el garaje, pasaba los días viendo series antiguas en la televisión de su casa, una mañana, lo pilló comiendo un sandwich de tocino... De hecho, poco sobre Stefan era cierto. La 'breve aventura' con la madre de su hijo fue en realidad con su exmujer, de la que se había divorciado recientemente. Ah, y su nombre no era Stefan.
"Una vez, su madre me apartó y me dijo: '¿Por qué lo llamas Stefan? Su nombre es Steven'", recuerda Julia. "Estaba desconcertada. ¿Por qué mentiría sobre cosas tan básicas?".
El engaño de Stefan continuó creciendo, pero cada vez que Julia lo confrontaba, él hacía lo que mejor sabía hacer: mentir. Después de dos años de manipulación, Julia encontró la fuerza para irse. Pero el daño emocional ya estaba hecho. Luchó por sacudirse la sensación de que era una tonta y crédula. "Ya no sabía qué creer", admite. Cuando conoció a alguien más cuatro años después, luchó al principio con la creencia de que en realidad le estaba mintiendo. "Durante el primer año con este nuevo chico, estuve en alerta máxima. Estaba convencida de que de repente descubriría que era alguien diferente", concluye.
¿Cómo puede alguien mentir tanto, de una manera tan cruel y sin importarle? Es la primera pregunta que le viene a la mente a cualquier persona bendecida con el don de la empatía, pero la verdad es que nadie lo sabe realmente, y la investigación neurocientífica para probar esto es limitada. Un estudio sugirió que descubrió la primera evidencia de anomalías estructurales en los cerebros de personas mentirosas, al notar un patrón de más "materia blanca prefrontal" en aquellos que mienten con regularidad. Pero, ¿es esto algo con lo que una persona nace (la naturaleza)? ¿O es un cambio físico que se desarrolla como resultado de un entorno traumático (crianza)? Es casi imposible de decir. "Un mentiroso compulsivo no es una construcción científica", me dice el psiquiatra Dr. Neel Burton. "Es solo un término que usa la gente. No tenemos una definición para eso".
A Anna Sorokin, aparentemente, no le importaba a quién hacía daño como Anna Delvey, pero sabía lo que quería: estatus. Steven pudo haberse transformado en Stefan para convertirse en una versión más aspiracional de sí mismo. Grace admite claramente que sus ficciones fueron impulsadas por la necesidad de atención. Aunque cada escenario es diferente, un hilo une a cada mentiroso: baja autoestima. Todos los caminos conducen a un solo lugar: el deseo de ser más.
La única condición médicamente diagnosticable que existe para la mentira compulsiva es el síndrome de Munchausen, en el que una persona "finge estar enferma o deliberadamente produce síntomas de enfermedad en sí misma". ¿La causa clínica de esto? Baja autoestima. El Dr. Burton lo desarolla: "Por lo general, cuando las personas dicen una gran mentira, no es porque quieran engañar a las personas o porque sean 'malvados'. Es porque tienen una necesidad desesperada".
Internet hace que sea más fácil mentir. Con las aplicaciones de edición de fotos, podemos manipular toda nuestra apariencia en segundos, una búsqueda en Google de "referencias de trabajo falsas" arroja más de 55 millones de resultados y, hasta cierto punto, todos vivimos vidas dobles o incluso triples en la forma en que nos presentamos en las redes sociales, en casa y en el trabajo todos los días.
Este es el mundo en el que vivimos. La vida real va de la mano de una realidad virtual, las redes sociales, que sabemos y aceptamos que dañan la salud mental y la autoestima. Es una combinación preocupante, la receta perfecta para un caldo de cultivo de mentirosos que están por venir. Y cuando lo piensas, con un escudo permanente de píxeles entre nosotros, ¿cómo podemos estar seguros de que realmente conocemos a alguien?
Qué pasó con Grace...
Actualmente, Grace le ha dicho toda la verdad a un amigo del foro. No se enfadó tanto como ella esperaba, pero este pide pruebas cada vez que le cuenta algo. Saber que alguien quiere ser su amigo o amiga por quien realmente es, le ha dado confianza a Grace.
*Los nombres han sido cambiados. Este artículo pertenece originalmente al número de febrero de 2020 de Cosmopolitan UK.
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