Es una tarea peliaguda. Hacerse selfies no es fácil. Con un movimiento del pulgar puedes arruinarte el cuello o la reputación. El arte de la autofoto requiere el equilibrio del funambulista.
Y cuando se logra, puede traer la felicidad. O eso asegura un estudio llevado a cabo por un grupo de psicólogos de la Universidad de California que, durante cuatro semanas, estudió las fotografías de 41 voluntarios.
Dividieron a los estudiantes en tres grupos: el primero debía tomarse un selfie con sonrisa; el segundo, hacer una foto a un sitio o un objeto que les hiciera sentirse afortunados; el último, mandar una imagen con un significado especial a un amigo. Todos los días. Durante la primera semana tuvieron que completar cinco encuestas diarias. Una al despertar, ¡tres! por la tarde, una por la noche. Para el resto del mes, el método cambiaba. Cada vez que sintieran flaquear su estado de ánimo, debían hacer una fotografía.
Cuando finalizó el experimento, los participantes se sometieron a una entrevista que mediría sus niveles de autopercepción, autoeficacia y prosociabilidad. El objetivo era comprobar el efecto que forzar la sonrisa, reflexionar sobre uno mismo y pensar en los demás había causado en los estudiantes. Pretendían descubrir cómo el uso consciente de la tecnología podía influir en su bienestar psicológico.
Resultó que, después de cuatro semanas de selfies, pantallazos y fotos, todos los voluntarios declararon sentirse más felices y relajados. Los lazos emocionales con familiares y amigos se habían reforzado, eran capaces de apreciar lo positivo sobre lo negativo y la sonrisa forzada del comienzo de la investigación ahora se les escapaba de manera natural.
¿El secreto para la felicidad?, te preguntará dentro de unos años un periodista tras recoger tu primer Óscar. Dos litros de agua, dormir ocho horas, algo de chocolate, un poco de ejercicio y siempre, siempre, siempre, que no falte nunca jamás, tres fotos al día.












